 
(Parlaphone, 1990)
|

No sé si por falta
de información, amplitud de miras, prejuicios directamente relacionados
con la vergüenza de asumir tal o cual gusto o, vaya usted a saber,
qué extraño fenómeno paranormal, para algunos individuos,
el dúo británico que encabeza este artículo no es
que ya haya dejado de hacer música (desidia, peleas, problemas
con las drogas), sino que directamente uno de los dos ha muerto, o bien
solo sacaron uno... o dos... o tres... o, en el mejor de los casos, cuatro
discos olvidables.
Y la verdad de las cosas
es que, en el hipotético caso de que su carrera se hubiese limitado
a reflejar cuatro discos, este par de genios de las melodías apabullantes,
los estribillos perfectos y las letras cargadas de mala baba e ironía
(las que se perciben si no nos acomodamos en la facilidad de sus aparentes
ritmillos de radiofórmula) habrían ya escrito una página
importante en la historia de la música pop más íntima,
perfecta, confesional y aparentemente frívola e inofensiva.
Éste que nos ocupa
hubiese sido su último disco. Un disco que rompería con
la tonalidad de efervescencia rítmica de sus tres anteriores obras
(salpicadas, eso sí, por ráfagas de sobriedad sentimental,
ritmos pausados e hirientes, sin dejar de ser tratados puntuales en un
todo festivo y bailable), un trabajo incomprendido en su época,
pero que ahora se nos revela como su trabajo más complejo, adulto,
difícil y singular, tanto por el momento elegido para ser publicado
(efervescencia europea del dance, principios de los noventa) como por
la repercusión en sus posteriores trabajos.
El viaje comienza con
“Being Boring” y qué manera
de empezar. La canción explora la monotonía de las relaciones
personales con un uso de la percusión quebrada delicioso, irreconocible
al segundo, al igual que el riff de teclado inicial y los oníricos
momentos con el arpa. Neil desgrana con su característica voz “...Cause
we were never being boring/ We had too much time to find for ourselves/
And we were never being boring/ We dressed up and fought then thought
make amends/ And we were never holding back or worried that/ Time would
come to an end…”
Prosigue con la extrañamente
bella “This Must Be The Place I Waited Years To leave”,
venganza personal de Tennant hacia el colegio dónde pasó
su infancia, con la guitarra de Johnny Marr (amigo personal
del dúo) tomando un particular protagonismo junto a los lamentos
que expele el vocalista: “...living a law just short of delusión/When
we fall in love there´s confusión/This must be the place
I waited years to leave”. Los arreglos de cuerda de Angelo
Badalamenti, artífice de los artefactos sonoros que embellecen
las obras del singular David Lynch, no hacen sino darle
un tono aún más solemne y sombrío a uno de los temas
que le dieron la fama de “difícil y extraño”
a este cautivador disco.
“To
Face The Truth” con ese cálido piano y esa
voz aguda, delicadamente masculina, nos cuenta una típica historia
de ruptura amorosa, pero con pasajes de impronta desgarrada: “…but
all those sleepless nights in bed/ When you´ve been out somewhere
instead/ I wonder if you care/ and cannot bear the prof/ It hurts too
much to face the truth…to face the truth…” Sin
palabras.
A estas alturas del disco
el oyente se habrá despojado de toda escucha de los trabajos precedentes
del dúo, tomándose este disco como la obra de sentimientos
libérrimos que es. Y que continúa con uno de los cortes
más bailables de todos: “How Can You Expect To
Be Taken Seriously” declaración de principios
y la demostración de que, cuanto más empeño le ponen
a parecer livianos, nimios e insignificantes, más puyas más
hirientes y políticamente incorrectas sueltan. Bajo este disimulado
artefacto comercial se esconde una sangrante crítica hacia todas
esas “estrellonas” del rock que, conciertos benéficos
mediante, pretenden envolverse en un halo de mesianismo.
Por su parte, a “It´s
so hard” le corresponde la menos afortunada porción
del pastel, al no ser coherente con el resto. Tremendo hit de la época
y canción perfecta sin discusión, su único defecto
es ese, el no haberla dispuesto en un contexto similar (en “Very”
no desentonaría para nada) Por lo demás, arreglos electrónicos
pomposos, estribillo impecable y una historia sutil llena de matices:
un chico llega a su casa, encuentra a su novio sólo, menos mal,
en la cama, pero un cenicero corona la mesita de noche; ninguno de los
dos fuma.
“Nervously”
es una vuelta de tuerca más sobre el tan traído tema del
amor, al igual que “Jealousy” con
ese final orquestal a lo musical de Broadway, género tan caro al
grupo (en su currículo cuenta un musical escrito por ellos, “Closer
To Heaven”) y ese toque tropical del comienzo.
“It´s
just a boy or a girl/ It´s not the end of the world”
desgrana Neil Tennant ante unas bases reconocibles para
conformar una de las piezas más encantadoras del disco, “The
End Of The World” tanto por la belleza de su melodía
como por la falsa inocencia que desprende su trama lírica que versa
sobre el trauma del adolescente que jamás recibe la llamada que
le prometió su amado.
Y el díptico
de oro, dos canciones para detenerse hondamente en ellas, dos puñaladas
emocionales transformadas en canciones: “Only The Wind”
comienza como sin querer, con una percusión programada, ese relámpago
sintético al que nos tienen acostumbrados y un piano conformante
de una melodía arrebatadora. Ambiente de club nocturno, decadente,
la orquestación tímida, apenas remarcada de Badalamenti
conduce a una historia de violencia doméstica (según cuentan
ellos mismos), el viento como metáfora de lo repentinamente devastador,
rematado con un cruel y cínico “I´m sorry”
al final de la canción.
Por último,
“My October Symphony”, en la que
vuelve a colaborar Marr, es la perfecta canción pop lánguida
y nostálgica. El comienzo del coro ruso, los ritmos quebrados que
remiten a los que posteriormente glorificarán al , por otro lado
maravillosa, “Unfinished Sympahty”
de MASSIVE ATTACK, los coros que acarician un bello homenaje a la Revolución
Rusa, los arreglos de cuerda en el estribillo con ese desarmante “...from
revolution to revelation.” y, en el lamento final, donde los
violines mas que sonar lloran, el “wua-wua” plañidero
que tiñe la escena de rojo profundo...para llorar y no parar. La
joya de la corona.
“Behaviour”
ha ganado con el paso del tiempo. Ha puesto a los PET SHOP BOYS
donde se merecen. Como uno de los más grandes hacedores de música
pop de nuestros días. Un puñado de canciones cercanas, reales,
con sentido y vida propia. Un organismo pluricelular que quisiésemos
fuese virus para que contagiara el sentido de la maravilla, la ironía
agria, las ganas de cantarle cuatro cosas a la vida. Como ellos lo hacen.
Para siempre.
ANTONIO J. BRET ( mayo 2004)
|