(PARLOPHONE-EMI, 1997)

"Zeitgeist". El espíritu del momento. Las obras que lo captan, que lo aprehenden, que de algún modo lo explicitan adquieren una importancia superior a cualquier otro mérito artístico que posean. "Ok Computer" captó el espíritu del momento, y de ahí todo el culto generado a su alrededor. Es el reverso inteligente de lo que la visceralidad del "Nevermind" de Nirvana significó a principios de década. Un disco generacional, que no son estrictamente los mejores, ni sobre todos los que primero comprende la crítica ya establecida.

Lo que es más que probable es que este logro no fuera intencionado, pues la mayoría de las veces que esta misión es asumida conscientemente, el artista fracasa sin remedio. Lo que uno (si participa de una cierta sensibilidad y de las coordenadas de una determinada generación, probablemente desnortada) extrae de este disco es la sensación de que alguien está cantando lo que tú ya habías pensado o sentido, o quizás lo que desde entonces piensas o sientes, porque una visión de algo mucho más general y universal que la intimidad del propio artista está siendo expuesta a tus oídos. Es el peor y más prescindible de los cortes del disco, "Fitter, Happier" (aunque resulta un antecedente del finalmente exitoso "Kid A") el que da la pista más clara de donde está la corriente subterránea que recorre "Ok Computer".

Las letras son un repaso a las fobias y traumas de los modos de vida posmodernos: a la frialdad en las relaciones, a la avasalladora presencia de la tecnología, a la facilidad para la actuación de la "Policía del Pensamiento", a la velocidad frenética impuesta a cada uno de nuestros actos, a la vacuidad del juego político-electoral y su reflejo en los medios, etc.

El asunto es que, en vez de una infumable ópera-rock o un pestiño conceptual, gracias al melodramatismo de la voz de Thom Yorke (el cantante más influyente de los noventa junto a Jeff Buckley) y la prodigiosa creación de un sonido que sólo puede ser definido como rock contemporáneo (palabras que parecían condenadas a vivir definitivamente separadas), el disco se antoja como excelente. Su capacidad de supervivencia más allá de su innegable vigencia contemporánea parece mayor que la de otras obras que han cumplido su misión antes. Quizá todo se reduzca al hecho de que la producción (absolutamente brillante) no deja de potenciar una serie de canciones fuera de lo común, interpretadas por unos músicos que ponen toda la carne en el asador. Es decir: el hechizo más viejo del mundo volvió a abrir la puerta secreta que conduce a la posteridad.

ENRIQUE MARTINEZ