(I.R.S., 1986)

El año 1986 sorprendió a R.E.M en un delicado momento de transición, en una bisagra entre el grupo delicatessen para las radios universitarias y la escena indie americana que eran, y el grupo gigantesco de rock en el que habrían de convertirse un lustro más tarde. Cuando muchos de sus compañeros de generación del llamado Nuevo Rock Americano parecían ir perdiendo progresivamente gas artístico y comercial, consolidando un sonido casi monolítico y aferrándose a los fans de siempre, los de Athens se veían en la tesitura de elegir.

Ellos mismos parecían condenados a la misma suerte mediocre, tras el experimento fallido pero apreciable de “Fables of The Reconstruction”, en el que su colaboración con el mítico productor Joe Boyd no llevó finalmente a ningún progreso consolidado, y sí a una suerte de indefinido callejón sin salida. Se planteaba entonces la posibilidad de una vuelta sobre sus pasos, a la comodidad de su sonido original, o tal vez despegarse de lo conocido e intentar avanzar. La manera de optar por la segunda de las alternativas resultó sorprendentemente convencional, a la par que paradójicamente arriesgada y extrañamente exitosa. Visto con perspectiva, R.E.M. salió de este trance como una banda mucho más madura y poderosa, algo más convencional, menos ensimismada y afectada, pero más preparada también para crecer. La elección de un productor como Don Gehman, proveniente del rock mainstream americano, de nombres como John Mellemcamp, podía plantear en un principio problemas de adaptación y encaje. Pero unos R.E.M. más humildes, después del baño de modestia de su fracaso anterior, se pusieron firmes a las órdenes de Gehman, con un repertorio en la maleta que, probablemente, puesto en manos diligentes, les blindaba ante el fracaso.

Los cambios introducidos por Gehman se notan desde el primer minuto: “Begin the Begin” contiene las guitarras más eléctricas de Peter Buck hasta la fecha, rabiosas y potentes como nunca hasta entonces. Pareciera como si la banda se despojara de los complejos indies, dejándose sentir tan grandes como pudieran. Las canciones ganan dimensiones épicas, la banda contundencia, y el término rock termina por encajar definitivamente en su definición. Curiosamente, tal vez por las tendencias clasicistas que siempre les han acompañado a Buck, Mike Mills y Bill Berry y las maneras ortodoxas de Gehman, el sonido de “Life’s Rich Pageant” (que a día de hoy resulta evidentemente uno de sus mejores discos) ha envejecido maravillosamente bien.

Estos R.E.M. también estaban en transición en lo que a las letras se refiere. En el universo de Michael Stipe se comenzaba a vislumbrar el animal político que tomaría definitivamente las riendas en “Document” y “Green”. Llamadas airadas como “Begin the Begin”, “I Believe” o “These Days”, resuenan entremezcladas con cantos melancólicos por un país que se desvanece en “Fall on Me”, “Cuayahoga”. En un tránsito entre el relator de leyendas y fábulas de “Fables...” y el pretendiente a líder mundial de “Green”, Stipe parece conjurar una visión entre pionera, nostálgica y politizada de América. Semejante a la de Walt Whitman por un lado, a la de Robbie Robertson por otra, pero con una dimensión geográfica más amplia (“The Flowers of Guatemala”), incluyendo incluso el “jardín trasero” de una Norteamérica en pleno Reaganato, calentando así motores para las quijotescas peleas electorales en las que se significaría tanto. Sin embargo, a pesar de irse ganando por imposición de Gehman una cierta claridad que se contagia a una interpretación vocal arrebatada como pocas veces, animada por un febril impulso (con “I Believe” “Cuayahoga” y “Swan Swan H” como tres cumbres personales), la elusiva naturaleza de las letras de Stipe alejan al disco de la peligrosa condición de panfleto, siquiera de mero documento de una época.

Los trenzados de guitarras seguían allí, los coros de escuela californiana también. Se conservaba afortunadamente toda la capacidad evocadora que los había hecho grandes, a fuerza de aparentar ser pequeños. Pero surgían nuevas y más ambiciosas pulsiones, integradas con una facilidad pasmosa en su sonido. Los R.E.M. de unos años antes no se hubieran permitido detalles como el imponente solo de guitarra de “The Flowers of Guatemala”. Mejor para nosotros. Estos nuevos R.E.M. vinieron para quedarse durante bastante tiempo, mientras luchaban una vez tras otra por conseguir un disco tan compacto, redondo y perfectamente entrelazado como éste. No lo harían hasta bastantes años más tarde, con un “Automatic For The People” que llegaba oscuro, maduro y sabio, después de que algunas de las lecciones aprendidas durante la concepción de este disco los convirtiera, finalmente, en la historia de éxito más improbable, pero también lógica de los últimos veinte años.

ENRIQUE MARTÍNEZ (ENERO 2007)