( Limbo Starr, 2004 )

Existe una expresión anglosajona por la que tengo especial predilección: “maverick”. Con este clarividente palabro se refieren, entre otras cosas, a una figura artística peculiar, a un arquetipo de creador, caracterizado por su idiosincrasia insobornable y su indiferencia por las reglas -escritas o no- del oficio. Suelen ser personajes verdaderamente independientes y alternativos. Pero no de los acogidos por el recurrente rebaño de “nosotros somos los raros”. En estos casos el único raro de verdad es “él”. ¿Él sólo contra el mundo?. Ni siquiera eso. Al mundo que le den morcilla. Yo mismo y mi mecanismo. Juan Palomo, yo me lo guiso... Ya saben ustedes: el raro de verdad. El raro que no pide perdón por serlo. El raro al que además no quedan más narices que admirarlo. Porque, para rematar la jugada, el tío siempre va sobrado. ¿Nombres?. Vamos a ver: Zappa, Captain Beefheart, Brian Eno, Syd Barrett... Como ven no hay dos iguales.

Esa fue la palabra y el linaje que vino a mi mente cuando, finalizando una de las primeras y sorprendidas escuchas de “Ballads Don't Change Things” (título del año), y volviendo a mirar las pobladas barbas de nuestro protagonista retratadas en portada, tuve que buscar una manera de definir al artista. La mejor manera: no definirlo, no encuadrarlo, no buscarle compañías como referentes. Aquí estamos ante un “lo tomas o lo dejas”. Ante la originalidad de verdad. El segundo álbum de Remate (el primero que llega a mis oídos) es un genuino ejercicio de personalidad en expansión. A partir de elementos más o menos tópicos y conocidos (como el folk, el blues, alguna incursión de pop, de psicodelia minimalista que no lo es), en un registro minimalista y personal, como un cantautor al uso en muchos de sus métodos, sin embargo lo que se construye al final no es nada de eso. Por una vez, la autoría traspasa aquello que suele construir la personalidad en la mayoría de los casos (el exterior, los arreglos, la voz...) para atacar la médula. Remate construye su música a su peculiar manera desde el principio, sin compromisos con las estructuras convencionales, con las cadencias aparentemente imprescindibles para transportar las melodías.

Tal vez sea a Howe Gelb (Giant Sand) cuando verdaderamente se le va la olla a quien más se semeje nuestro protagonista. Pero tampoco. ¿Qué nos ofrece Remate?. Pues quebradizas canciones en interpretaciones desmadejadas, repletas de aire libre, de espacios abiertos, que sugieren tanto como dicen. Y el bizarro falsete con el que son entonadas en ocasiones, termina por cerrar el círculo, el trazado en la arena que advierte que entrar, es someterse a nuevas e imprevistas reglas. “Ballads Don't Change Things", en el que cada canción construye una sensación de intimidad que parece casi quebrantada por el oyente, se convierte en una anomalía en sí mismo. En un disco especial, completamente diferente, autosuficiente e indómito. En una verdadera joya.

No sé cuanta cuerda le queda a este personaje. De puro inexplicable, a veces uno tiene la tentación de percibir este disco como un afortunado accidente. Pero si nos hemos tropezado con un verdadero talento que piensa jugar así desde el principio, entonces, cuidado. Comencemos a abandonar esos hábitos tan perezosos y a mirar siempre en las mismas direcciones. ¿Queríamos algo especial, una verdadera sorpresa en el páramo gris? Bueno, pues resulta que está mucho más cerca de lo que podríamos pensar.

ENRIQUE MARTÍNEZ (febrero 2005)