Ya se sabe esta historia de las "bandas de culto", grupos ignorados en su momento y recuperados años después por la influencia que tuvieron en bandas de mayor éxito. Recuerdo cuando, en plena explosión de Nirvana, Rich Robinson de los Black Crowes fue preguntado por su parecer al respecto. Fue escueto y directo: "Están bien. Siempre supe que The Replacements terminaría triunfando de algún modo". La broma, cargada de mala leche y un tanto exagerada, sin embargo era una justa reivindicación de esta seminal banda, dejada de la mano de Dios y de la suya propia. Ahora se reedita remasterizado todo su catálogo con Twin/Tone, su primer sello: "Sorry Ma, I Forgot to Take Out the Trash" (1981), "Stink EP" (1982), "Hootenanny" (1983) y este espléndido "Let It Be". Por supuesto, no deja de ser una operación de marketing dirigida llamar la atención sobre ellos. Atención que, por otro lado, realmente se merecen.

Los Replacements se pusieron el nombre a conciencia: "los suplentes". Secundarios de lujo de aquel circuito de las College-Radios tan fuerte en los años ochenta, pese a haber adelantado incluso a R.E.M en su salto de la independencia a una "major" en 1985, el verdadero éxito nunca les llegó. No fueron entonces tan respetados como Michael Stipe y los suyos, Sonic Youth o Hüsker Dü. Hubo incluso un momento en que se les presentó como los Rolling Stones de aquella escena, frente a unos R.E.M que funcionarían como los Beatles, pero ni siquiera asumiendo este papel consiguieron el abrazo del gran público: los Replacements eran demasiado autodestructivos y pasotas, demasiado rebeldes sin causa ni pausa, como para aprovechar cualquier coyuntura. Cuando empezaron eran unos incompetentes instrumentales y unos bebedores sin freno. Con el tiempo maduraron un poco y aprendieron a tocar algo mejor. El otro problema nunca lo solucionaron.

Los "Mats" siempre dieron sus conciertos borrachos como cubas, a veces también drogados hasta las cejas. Y tampoco a la hora de entrar en el estudio llegaban muy sobrios. Claro que siempre se ha dicho que los borrachos y los niños no saben mentir, y quizá eso era lo que hacía su música tan especial: esta era una banda a pecho descubierto y corazón abierto. Si en sus primeras escaramuzas no querían (ni podían) tocar otra cosa que un punk acelerado y frenético, con el tiempo la sensibilidad pop y melancólica de Paul Westerberg, cantante y guitarra y fan a morir de Big Star (tanto que incluso tituló una canción "Alex Chilton") fue emergiendo tímidamente a pesar de la oposición del guitarrista Bob Stinson. Con "Let It Be", su despedida de Twin/Tone y obra maestra de este primer periodo, esta valiosa combinación de rudeza y desmadre, pero también melancolía y melodía se consolida definitivamente, convirtiéndose en la perfecta banda sonora de cualquier adolescencia etílica.
Temas como "Favourite Thing", We're Coming Out", "Gary's Got a Boner" se enmarcan en el sonido urgente y veloz de los primeros discos. Pero un nuevo Westerberg aparecía en cortes como "Androgynus" (balada de piano propia de "Third" de Big Star), "Sixteen Blue" (himno adolescente en esencia pura), "Answering Machine" o la agridulce y extraordinaria "Black Diamond". Y, por supuesto, en la cumbre de este peculiar disco, "Unsatisfied", uno de esos cortes (guitarra acústica de doce cuerdas y voz rota mediante) que son capaces de expresar todo un mundo de frustraciones sin que parezca haber la más mínima barrera entre sentimiento y expresión, en una extraordinaria canción de estructura frágil pero intenso nervio interior.

"Let It Be" es, aún hoy, un verdadero monumento a la imbatible capacidad para transmitir emociones sinceras que ha tenido y todavía tiene el Rock'n'Roll, se sepa aprovechar o no. Como su inmenso público potencial, los Mats mostraban una sensibilidad a flor de piel, entre efervescente y depresiva, alternando estados de ánimo extremos en apenas minutos. Sin saberlo, Westerberg y compañía tenían una fórmula ganadora, que tal vez por el propio origen de ésta, no supieron nunca gestionar. En realidad, ellos eludieron el éxito tanto como el éxito los eludió a ellos.

Pero llegado el momento de hablar de "Let It Be", no cabe más que rendirse ante la evidencia y sorprenderse de lo bien que ha envejecido este disco casi veinte años después. Uno mismo, que llegó a esta banda para asistir a sus últimos pasos, en momentos en los que conseguir sus primeros discos en una ciudad de provincias era toda una odisea, se reconforta al poder acceder ahora a ellos. Pero también lamenta profundamente no haber podido crecer con el extenso e intenso catálogo de espléndidas canciones y emociones descarnadas que Paul Westerberg y sus compinches plasmaron en los surcos de "Let It Be". Nunca es tarde, de todos modos.

ENRIQUE MARTÍNEZ