( Liliput , 2004)

Creo que todos sabemos que no es verdad. Que no lo es en absoluto. Pero es que, a veces, parece tan fácil hacer un gran disco. Se escucha algo hermoso y delicado, creado desde la sencillez, expuesto con sinceridad, construido con lo mínimo, que sin embargo parece “lo más grande”, y uno casi se anima a intentarlo. Pero no es verdad. No es tan fácil. Al menos, no lo es para todo el mundo. Para alguna gente, para unos elegidos, sí lo es.

Prueba. Pincha “Spooked” de Robyn Hitchcock. Sólo con los primeros minutos, ya te das cuenta. Esas dos guitarras acústicas que respiran todo el aire que quieren. Ese estribillo casi ridículo (“Pim-pa-pim-Pam pum.,.”, o algo así), pero encantador. Esas armonías vocales que, en el último momento, quedan suspendidas en el aire, solas, a la intemperie de la fuerza de la gravedad musical, y que, milagro, no se caen. Dicen algunos: “Menos es más”. Sí, ya. Sólo si el “menos” lo hace un tipo como Hitchcock. Vamos a ver, eso que te acabo de describir malamente es una canción, “Television”, hermosa como los primeros o los últimos rayos de sol en un día de verano. Pero, además, es una balada dedicada, con amor tierno, a la televisión. ¿Ves cómo parece muy fácil? ¿Ves cómo no lo es en absoluto?.

Pues así, con esa increíble y bendita facilidad discurre este exquisito disco, una hermosa obra de madurez y sabiduría. Para construirla, en otro alarde de solución de engañosa facilidad Hitchcock, artista de inconfundible filiación británica, se ha entregado en brazos del matrimonio real y artístico formado por los muy norteamericanos Gillian Welch y David Rawlings, dos nombres que juntos han producido algunas de las más significadas obras de “Americana” con fundamento de los últimos años. Grabado en Nashville, bajo la supervisión de Rawlings, en unas sesiones breves y de espontaneidad palpable, “Spooked” crea un puente de plata entre dos tradiciones musicales continuamente en contacto, pero precisamente desde sus dos extremos más alejados.

En origen partimos de la querencia psicodélica de Hitchock que permea letra y música (ese impagable sitar en “Everybody Needs Love, la intensa melodía de “If You Know Time”) y de sus referencias al folk tradicional de las Islas Brumosas. Y en la meta están los profundos conocimientos que poseen Rawlings y Welch de la tradición americana más pura, de ese bluegrass y country genuinos que riegan estas canciones con los sonidos entrañables de dobros, slides y con la impagable voz de Welch, apoyando a Hithcock como una muleta innecesaria, pero muy agradecida.

Y, por supuesto, todo esto al servicio de lo que parece aún más fácil y en realidad, es lo verdaderamente difícil: las canciones. Canciones de todos los colores y sabores. Canciones humorísticas, sentidas, surrealistas y, sobre, todo hermosas. “Television”, “English Girl”, “Creeped Out”, “Sometimes A Blonde”, “Full Moon In My Soul”, “Flannagan's Song”. Todas escritas con buena letra, redondita, pero no exenta de inteligentes dobleces. Tantas y tan buenas canciones, que cuando llega “Tryin' To Get To Heaven Before They Close The Door”, revisión magistral de una de las cumbres del Bob Dylan más crepuscular y emocionante, uno no levanta la ceja ni un ápice. Esa maravilla está en su sitio. Y no está sola.

No sé. Supongo que a estas alturas ya te has dado cuenta. Este disco, esta pequeña cosa que está aparcada en tu tienda habitual, es una joya. Una cosa seria que no lo parece. Señores Hitchcock y Rawlings-Welch, bienvenidos a mi casa. Espero que no se molesten, y en realidad lo hago porque los quiero mucho, pero me parece que nos les voy a dejar salir en mucho tiempo.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Mayo 2005)