(Decca, 1968)

Estamos en el año 1968. Las calles de París y Praga hierven de rebeldía juvenil y sueños de libertad frustrada. El rock canta al alzamiento, recoge la electricidad del ambiente y la convierte en atronadora y extraña música, con un sonido que marca claramente el abismo generacional que sigue abriéndose cada vez más. Y mientras, aquí llega la primera obra maestra de los ROLLING STONES, la primera construida en sus propios términos. El disco del retorno desde la psicodelia al rock. El disco de la polémica y el escándalo. El disco que captó el momento. El disco de la portada censurada. Bueno, ya sabemos que en realidad las cosas en la corte de su Satánicas Majestades nunca acaban de ser lo que parecen.

Lo de obra maestra es indiscutible. Después del confuso e insatisfactorio periodo psicodélico, la entrada de Jimmy Miller como productor había traído consigo el rotundo éxito comercial y artístico de "Jumping Jack Flash". Y después de las turbulencias de sus problemas con la justicia, las cosas más o menos se estabilizan en el seno de la banda. Aunque no sin lamentar bajas en sus filas: Brian Jones definitivamente se precipita al vacío, con una intervención casi testimonial en este su último disco con los Stones. Tan sólo la imprescindible "Slide Guitar" de "No Expectations" y algún que otro adorno ocasional recuerdan la naturaleza brillantemente complementaria de su genio musical.

A rey muerto rey puesto. Y así a partir de entonces comienza a reinar definitivamente un Keith Richards adorador de la guitarra como de un tótem del que ya sabe como obtener sus favores. Aunque, eso sí, aprovechándose mucho de lo aprendido en el periodo de experimentación psicodélica en el estudio. De hecho, lleva este aprendizaje a sus múltiples pistas de guitarras (acústicas y eléctricas, con distintas afinaciones) en "Jumping Jack Flash". Y cuando se encierran en los Olympic Studios para perfilar el nuevo álbum, este tipo de experimentos continúan, con la providencial colaboración de Miller. Como solían hacer entonces, el single estrella, "Jumping Jack Flash", no es incluido en el álbum, pero a partir de esa canción el concepto de Rythmn and Blues de los Stones ya no volvería a ser lo que era al principio. Se transformaría en una especie de mutante que les lleva a crear piezas tan impresionantes como "Street Fighting Man", tan elocuentes como "Jig Saw Puzzle" (con una hiper-activa línea de bajo de un Wyman más entonado que nunca) o tan excitantes como "Stray Cat Blues" (que exuda sexo sucio por los cuatro costados)

La otra faceta que explora Richards es de nuevo el blues canónico. Y, tal vez como una venganza por haber tenido que aguantar tanta majadería psicodélica, lo recupera en su versión más simple, rural y acústica, con acercamientos al folk y una deliciosa economía expresiva. "Parachute Woman", "Dear Doctor", la versión de "Prodigal Son" o "Factory Girl" representan la otra cara de este disco, que encuentra su puente de enlace entre ambas facetas sonoras en "No Expectations" y "Salt Of The Earth". La primera es una desesperanzada y excepcional balada impregnada con los efluvios blues de la "slide" de Jones, aprovechando esa sobriedad para resultar más melancólica y fatalista. Y "Salt..." es una de las grandes olvidadas del repertorio Stone, un híbrido de country y gospel en honor de los "humildes de cuna", una de las más acertadas parábolas políticas de la historia de rock: en la que incluso el a menudo cínico Jagger parece sincero cuando canta "Brindo por el votante que se queda en casa, forzado a elegir entre el cáncer y la polio".

Porque, por supuesto, el otro dominador del nuevo panorama Stone volvía a ser un Jagger encantado de haberse conocido y enamorado del "Shock Value". Provocador, perfecto revolucionario de salón, persiste en la pelea con Decca por la portada del disco y por propulsar singles como "Street Fighting Man" consciente de vivir en pleno 1968 ("Creo que es el momento de una revolución palaciega/ Porque donde yo vivo el juego que se juega es la solución de compromiso"). Pero también suministra letras como la de "Stray Cat Blues", con nada veladas referencias a supuestas relaciones con groupies menores de edad. El perfecto cruce de escándalo por subversiva opinión política y por hedonismo malvado que al perverso vocalista le debía parecer el no va más de lo "epatante".

Pero si "Jumping..." es omitida con altiva suficiencia, no así "Simpathy For the Devil", la pieza central del disco. En ella los hallazgos en todas las facetas son tantos que la convierten en tal vez la pieza de música más importante e influyente jamás grabada por los ROLLING STONES. La sección rítmica es confiada a congas y piano, con un deje abierto y flexible que casi antecede al Acid-House y a "Loaded" de PRIMAL SCREAM en más de veinte años antes). El bajo casi es un instrumento solista y la atmósfera resulta tan amenazadora, siniestra y exótica, como bailable e irresistible. Y en las letras Jagger también juega con estas sugerentes ambigüedades. Adopta el papel de Lucifer, un "hombre de fortuna, educación y buen gusto" (al parecer, el perfecto yerno), que figura detrás los acontecimientos más tormentosos y cruciales de la historia negra de la Humanidad, pero que en realidad enmascara la maldad del propio Hombre, porque al final los que decidimos siempre somos "tú y yo".

Desde mi humilde punto de vista aquí "llegaron" los verdaderos ROLLING STONES. Famosos antes que realmente geniales, estrellas prematuras gracias a una astuta campaña de "marketing" que los contrapuso a los Beatles, después de un aprendizaje sometido al escrutinio público (por otro lado repleto de obras maestras y de canciones geniales), con "Beggar's Banquet" se consolida, casi se crea en realidad, "la más grande banda de Rock'n'Roll del mundo". Y ya no había entonces la más mínima exageración y prepotencia en la frase. Descubre los motivos.

ENRIQUE MARTINEZ