 
(LOST HIGHWAY/UNIVERSAL,
2002)
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A veces a
uno le apetece ser un crítico de los "de verdad". En
este caso eso implicaría decir que este hombre no es lo que parecía
ser y que algunos ya lo veíamos venir desde el principio. Que está
muy lejos de representar la nueva esperanza del rock'n'roll, de ser el
auténtico sucesor de Bruce Springsteen y que, en realidad,
cada día se parece más a John Mellencamp (dando a
entender que eso ya es, de por sí, algo lo suficientemente malo).
Que este disco le desenmascara definitivamente y que ya se acabó
eso de ser tan indulgente y tan blando. Y a continuación, comenzar
rajar como un condenado contra este disco y a descubrir, una por una,
canción a canción, las influencias tan evidentes que este
farsante expolia sin piedad. Y ya puestos, le damos ya por finiquitado,
muerto y perdido para la causa.
Vale, apetece
un montón, pero hoy tampoco lo voy a hacer. No lo puedo hacer.
Es decir, no lo quiero hacer. Porque el disco éste de las narices
me gusta. Sin ser la octava maravilla, no está nada mal. Y, a mayores,
el granuja de Adams se cura en salud y lo presenta como una colección
de inéditas y descartes, de maquetas extraídas de proyectos
abortados, dejados en la cuneta en su imposible e hiperactiva carrera.
Según el menda los trece cortes de "Demolition"
provienen de cinco álbums abortados y abandonados por el camino,
grabados en el breve periodo que va desde la grabación de "Heartbreaker"
(2000) hasta la actualidad, en la que se encuentra trabajando en la continuación
"oficial" de "Gold", su disco del año
2.001 y su trampolín a un cierto estrellato. "Demolition"
contiene algunos cortes verdaderamente notables, a la altura de las mejores
canciones de su prematuramente sólido repertorio, y alguna que
otra pifia lamentable. Pero son las menos.
Se abre con
"Nuclear", un rock sólido, que recuerda
un tanto a algunas bandas de power pop de los años ochenta, e incluso
a unos diluídos o tardíos REPLACEMENTS, con la voz rasgada
de ADAMS emulando a un ebrio Paul Westerberg. Este es un
registro que se repite en "Starting To Hurt" y
"Gimmie A Sign", grabadas con sobrecarga de electricidad
y alcohol en compañía de los Pink Hearts, su contundente
banda de directo. Y sin que dejen de ser buenos temas, prometedores para
el directo, en este campo no es precisamente en el que Adams aporta
más cosas.
En lo que
sí parece tener poca competencia es en el arte (o artesanía)
de escupir trozos de su alma en forma de baladas country, teñidas
del dolor inconsolable por una pérdida amorosa. Que por lo que
se conoce de su carácter enamoradizo y agitada vida sentimental,
es un pozo sin fondo de inspiración. En "Demolition"
hay ejemplos destacados de esta faceta, sobre la que Adams ha construido
el que, sin duda, es el mejor de sus discos: el espartano y desolador
"Heartbreaker". Con "You Will Always Be The
Same, "Cry On Demand", "She Wants To Play Hearts",
"Desire", "Tomorrow" o "Dear Chicago"
nos encontramos con canciones tan directas, simples, sencillas y emocionantes
que no parecen tales, sino páginas extraídas directamente
de su diario personal, escritas sin tapujos en sus horas más bajas.
Cuesta creer
que exista algún tipo de habilidad secreta y especial que sea necesaria
para reflejar, tal cual, sentimientos tan universales y de un modo tan
directo y poco artificioso. Pero ya sabes lo que hay, inténtalo:
coge una guitarra, un lápiz y prueba. O encuentra muchos más
artistas que sean capaces de conmover tanto manejando elementos tan comunes
y tópicos. ¿A que no es tan fácil?. Eso es lo que
se llama "talento". Es muy poco democrático en
su reparto, y a veces le cae en suerte a gente que puede resultar un poco
impresentable, sobre todo una vez tienen conciencia de ser de los elegidos.
Pero, finalmente, resulta inútil negar su existencia.
Claro que
quedan por señalar errores como "Tennesse Sucks",
"Jesus (Don't Touch My Baby)" o "Hallelujah",
esta última demasiado AOR para su propio bien, la trampa siempre
abierta a los pies de Adams. Pero también inesperadas victorias
como ese cruce entre (en sus propias palabras) los "Smiths con
el bluegrass" que es "Chin Up, Cheer Up".
O sea, que al final somos conscientes del premeditado, o al menos no oculto,
papel de obra menor de un talento mayor, inserto en el cuerpo de un tipo
que tal vez no debería serlo. Que no puede serlo, que no nos conviene
que lo sea, pero que (¡horror!) es una de las últimas esperanzas
del rock'n'roll.
Ya sabes otro
tópico: "Es sólo rock'n'roll..., pero me gusta".
Hay que fastidiarse cuando discos tan sencillos te obligan a escribir
estos topicazos. Porque, claro, de pequeño te enseñaron
a ser sincero. Y a que te gustase la gente sincera, aunque sean un poco
puñeteros.
ENRIQUE MARTINEZ
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