( liliput , 2005)

El concepto de clásico, a pesar del inmovilismo que parece transmitir, está lejos de ser inmutable. Con el tiempo el canon, ese recurso que a algunos repugna y a otros da seguridad y marchamo de fiabilidad, muta poco a poco, absorbiendo sin excesiva voracidad lo que le viene llegando. Lo que otrora fuera vanguardia (o descuento equivalente), lo que pertenecía o a unos pocos o a los modernos, queda atrás, repudiado inmediatamente después y finalmente archivado, como todo, en el catálogo. Sin embargo, y de ser capaz de sobrevivir, si demuestra buena capacidad pulmonar para no ahogarse, será recogido por aquellos que caminan sin tanta prisa. Y de alguna manera, volverá. Mezclado, medio escondido, sin aspavientos tampoco. Pero volverá.

La música de Salieri denota varias cosas. Y una de ellas, es lo retratado en el párrafo anterior. Es música concebida por veteranos del indie (sí amigos, existen ya veteranos del indie, así de viejos sois), y en razón de ello la ejecutan con un cierto clasicismo que no lo es tanto, o con una modernidad que en realidad no lo es tanto. Y me explicaré. Si se abre “Electric Doorbells” con una guitarra que me parece tan de Byrds como de Nuevo Rock Americano de primeros años ochenta (Rain Parade, Dream Syndicate) y con una voz femenina (Diana P.) que exhibe la misma falsa indolencia de Nico en “Sunday Morning”, sin embargo el crescendo de guitarras posterior al estribillo tiene otras referencias, y aparece como un drone discreto y dejado caer sin énfasis. Es decir, que estamos cubriendo sin excesivo despeine, más de tres décadas de música pop de guitarras.

Así ocurre en mucho del disco, en el que melodías pop cabalgan sobre riffs que no acuden necesariamente al libro de estilo de acordes abiertos, sino que en “Because I Hate You” o “Last First Time” se exhiben obsesivas e hipnóticas, y finalmente catárticas y desestructuradas. Sin embargo la pereza exacerbada de “A Rollercoster” semeja de la misma veta de slocore que Red House Painters y otros compañeros de viaje sentimental a cámara lenta. Por eso, el perfecto encaje de estos elementos exhibe lo dicho, una nueva forma de clasicismo, sin complejos incluso a la hora de hacer una balada (“Canadian Sky”) avant le letre . Y también exhibe mucha, mucha clase. Un excelente repertorio y mucho oficio van alumbrando excelentes momentos en un disco nacido para crecer, y mucho, con las escuchas. Aunque, tal vez, una producción excesivamente homogénea de Antonio Luque, a mi entender inopinado productor, reste algo de punch y de a entender que hoy por hoy, Salieri gane en el contacto directo.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Abril 2006)