( Sony , 1992 )

A veces, simplemente, no toca. A algunos la gloria, simple y llanamente, no les corresponde. No creo que sea sólo cuestión de suerte, o de extrañas conspiraciones en la sombra. Sin duda, algo debes hacer tú mismo para caerte tantas veces, algún tropezón debes haber dado sin empujón previo. Pero de que también existen maldiciones perennes que desvirtúan el mágico poder del talento, e incluso el de la oportunidad, no me cabe duda alguna. Hace un par de meses alguien se decidió a publicar un recopilatorio de Screaming Trees, “Ocean of Confussion”, un compendio razonablemente bien seleccionado de la obra de una de las mejores bandas de principios de los noventa. Supongo que vio la luz debido a la mayor fama sobrevenida del que fuera su cantante, un Mark Lanegan descubierto recientemente por algunos en toda su magnitud. Es un disco que cumple su función, y que incluso puede intentar enmendar una injusticia, acercando un nuevo público a una banda singular. Pero en última instancia resulta un disco superfluo: lo mejor de los Screaming Trees no es ni tan difícil ni tan caro de encontrar.

Por extraño que parezca, cuando “Sweet Oblivion” fue publicado en 1992 parecía el momento justo, y el disco adecuado. Veteranos de SST, pero armados con un contrato con una major, los Trees publicaban su mejor disco a la vez que la explosión grunge centraba toda la atención sobre su escena. E incluso tuvieron la suerte de incluir su extraordinario “casi-hit”, “Nearly Lost You”, en la banda sonora de “Singles”, película de Cameron Crowe que servía de escaparate para el grunge y la escena musical de Seattle. Y a pesar de que esos mismos cuatro minutos siguen sonando hoy igual de perfectos que hace trece años, de alguna manera, los Trees quedaron al margen del crecimiento exponencial en ventas que acompañó a vecinos suyos como Soundgarden, Alice In Chains, Pearl Jam u otros. Las tendencias autodestructivas en el seno de nuestros protagonistas eran invencibles, el odio fraternal que se profesaban los hermanos Conner, (Gary Lee a la guitarra y Van al bajo) insuperable, su mala suerte, proverbial. Perdieron esta oportunidad y además quemaron la siguiente. Dejando finalmente que “Sweet Oblivion” y “Dust” (1996), dos indiscutibles obras maestras del rock de guitarras de los años noventa, pasaran a la incómoda posición de discos de culto.

Lo cierto, sin embargo, es que cuando Don Fleming los encerró en el estudio en 1992, los Screaming Trees, al menos musicalmente, habían encontrado la fórmula. Imbuidos de un clasicismo bien entendido que les alejaba de otros grupos de la época, la fórmula magistral consistía en ser la mejor banda de garage del mundo, hasta el punto de no parecerlo. El cruce de hard rock y psicodelia, intenso y febril hasta decir basta, entrecruzando a Stooges, Love, Led Zeppelin y las raíces americanas había cristalizado, después de varios intentos fallidos, en este disco. Con los hermanos Conner en su mejor momento, Gary Lee disparando rotundos riffs y penetrantes punteos contaminados de lisergia, fuzz y wah wah, Van retumbando a la par que un batería excepcional como Barrett Martin, el mejor cantante de su generación por fin encontraba un espacio a su altura. Y lo aprovechó.

La verdadera leyenda de Mark Lanegan nació en este disco. Capaz de imponer su ronco aullido a la tormenta de cortes como “Shadow of The Seson”, “Nealry Lost You”, “Butterfly”, el mundo además descubrió al cantante soul que en secreto había ido creciendo. Aún hoy fantaseo con la posibilidad de que un corte como “Dollar Bill”, ya estremecedor tal y como figura en “Sweet Oblivion”, encuentre la manera de ser recogido en los Ardent Studios de Memphis, con Booker T & The MGs y los Memphis Horns amparando a Lanegan en su desamparo. Más de una vez, cuando uno está cansado, se sorprende tarareando distraído, “Gastado como un billete de dólar” . No son pocas las frases de “Sweet Obilvion” que gracias a la manera estoica a la par que desgarrada en la que son entonadas se convierten, y se convirtieron en catarsis no sólo para el músico, pero también para el oyente. “Sweet Oblivion” era y es un disco, sobre todo, emocionante. Transcendiendo los manierismos miserabilistas del peor grunge, “Sweet Oblivion” vino para quedarse.

En el minutaje de “Sweet Oblivion”, los Screaming Trees jugaban como querían, porque además parecían hacerlo en casa. De la gravedad densa de “More Or Less”, saltamos a la dinámica psicodelia de “Butterfly”, que Lanegan redondea con un estribillo de carne y fuego : “And I'm sick, and I wanna go home” . Y de allí, a un puro sonido Detroit, “The Secret Kind”, MC5 de la etapa “Back In The USA”, la clase de ejercicio de estilo que sólo los más grandes pueden salvar del tópico. Como también sólo pueden hacer sinceras esas tópicas estructuras, de dinámicas clásicas basadas en introducciones recogidas y estribillos poderosos, pero que producen cumbres como la estremecida “Winter Song”, la bluesy y lisérgica “Troubled Times”, o la insuperablemente nostálgica “No One Knows”. El hecho de que los Trees encontrasen el favor minoritario en el público Metal no significaba más que se trataba de una banda con las raíces al viento, y el corazón en un puño. Pero eso sí, mucho mejor que la mayoría. El “tour de force” final, “Julie Paradise”, murder ballad en clave de hard rock desaforado y capaz de mover paredes, cerraba un disco redondo.

Es divertido. A lo que llama la escucha de “Sweet Oblivion” es a murmurar aquella frase tópica de “ya no se hacen discos así”. No es del todo cierto. En realidad, discos como éste no se han hecho muchos. Ni entonces, ni ahora, ni nunca.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Octubre 2005)