(679 Recordings-Reprise , 2004)

Antes lo dice uno, antes tiene que confirmarlo. Comienza, desde ya, el inevitable proceso de descubrimiento a destiempo de algunos de los mejores discos del pasado año 2004. Discos a los que se llega con retraso. Tal vez por verse impulsado hacia ellos desde las obligatorias listas de lo mejor del año o desde una retrasada recomendación de alguien fiable, tal vez por haber aparecido en los últimos meses del año... que sé yo. Uno no da abasto. Por suerte o por desgracia tiene otras cosas que hacer, y los discos gratis no se acumulan en su buzón tanto como en el de otros. En resumen, servidor no es una guía fiable de novedades. Ni sobre nada, en realidad.

La verdad es que The Secret Machines, joven terceto norteamericano, transplantado de Texas a Nueva York, tenía buena pinta desde el principio. La prensa británica lo viene tratando con cierta generosidad de adjetivos, y su universo de referencias no puede ser más apetitoso y “adecuado”. A fin de cuentas, en su disco de debut se oyen los escogidos ecos de las mejores bandas progresivas teutonas de los setenta, del más selecto hard rock épico de los sesenta y algo de psicodelia dura de la escuela más indómita. Pero todo ello servido con una vehemencia juvenil y una intención directa que asegura momentos de frenesí, y ¿por qué no?, algo de sana comercialidad. Recogiendo intenciones similares a otros debuts estimulantes del pasado año (los más comerciales KASABIAN, los más “artísticos” TV ON THE RADIO) con un medido equilibrio entre pose arty, instrumentación expansiva, y estribillos adictivos, esta nueva ola de rock progresivo pero visceral y directo, parece la consecuencia directa de la exposición de mentes jóvenes e impresionables a la reciente rehabilitación del rock progresivo vía Post- Rock, a la disimulada moda drone y a las enseñanzas de Jason Pierce y sus SPIRITUALIZED. Pero, sobre todo, mentes gustosamente sometidas al electrochoque provocado por el sugestivo programa descrito por PRIMAL SCREAM en sus últimos dos discos. Cerebro y cuerpo fusionados, retrofuturismo indeciso entre la trascendente y lo trepidante, electrónica y garaje confundidos, estas nueva bandas son de lo más refrescante surgido a ambos lados del charco en los últimos tiempos. E incluso, y por una vez, esta tendencia cuenta con un eco español simultáneo en los notables PAL.

Formados por los hermanos Curtis (Brandon en las voces el bajo y los teclados, Benjamin en las guitarras) y Josh Garza golpeando los parches con el mismo martillo de los Dioses que usaba John Bonham, la dinámica de esta banda, tan interesada en la repetición hipnótica y la tormenta de distorsión como en la atmósfera onírica y agridulce, se muestra como un prodigio de testosterona juvenil filtrada por una ambiciosa receta sonora. Si abrimos con toda la pompa de “First Wave Intact”, que durante ocho minutos va construyendo la clase de edificio sonoro que en directo hace estremecerse las paredes y suelos, su peculiar fusión de drone y estribillo de “Sad And Lonely” inmediatamente indica que se trata de una banda con más de un registro. “Leaves Are Gone” es su primera incursión en algo más líquido y etéreo, pura psicodelia preciosista y viaje por el lado oscuro de la luna. Y con la matemática obsesiva de la prodigiosa “Nowhere Again”, que casi roza la música de baile, todo su registro queda expuesto, confirmándose plenamente que The Secret Machines son un grupo a seguir.

Alguna referencia a “esos” Pink Floyd se deja caer (“Paroah's Dance”, “You're Chains”). Y también por momentos su tendencia épica les puede llegar a traicionar en ciertos estribillos. Pero esto no es óbice para que cuando acierten, lo hagan a conciencia, incluso a pesar de lo aparentemente imposible de sus pastiches (“Road Leads Where It's Lead”, “Light's On”). Y “Now Here Is Nowhere”, que se cierra con el maratoniano corte titular a modo de destilación de sus esencias, va poco a poco conformando la sugerente figura de un debut prometedor y sólido. La clase de disco que, sin cambiar realmente nada, tan sólo añade generosas dosis de esas cosas tan necesarias. Ya sabes: canciones, ambición, actitud, energía y fe ciega en la música. Lo mínimo que se espera de veinteañeros aburridos, desbocados y con cierto talento armados con guitarras eléctricas y demás juguetes. Lo que nos viene faltando como el comer.

ENRIQUE MARTÍNEZ (febrero 2005)