(Acuarela , 2005)

Calidez. Nunca se habla de la calidez. De ese aliento que parecen emitir ciertos discos, de esa suerte de atmósfera de proximidad absoluta que tanto hace para que unas canciones se proyecten hacia ti con tanta fuerza y certeza, que termine por parecer que se proyectan desde ti hacia fuera. Es una magia de conjuros misteriosos, de apariencias naturales, pero que es escasa y cara de oír. Y los discos que la tienen, igual no necesitan anunciar su llegada con estrépito, porque tienen la certeza de que se quedarán, de que no los querrás echar.

Este disco es un proyecto íntimo y personal de Pepo Márquez (Garzón), hasta el punto de que ha formado una sociedad secreta consigo mismo. Que ya son ganas de estar solo. Ésta no es más que otra de las ficciones del arte, esa soledad concéntrica se ha roto pues tan secreto mensaje está a la venta, para ser decodificado a gusto del público. Sin embargo, esa trola sigue funcionando sin quiebra de apariencia por esa cuestión de la calidez y por la sustancia última que alumbra estas canciones. Mayoritariamente acústico y minimalista, cada elemento del disco tiene peso propio y las canciones, una aureola de intimidad inquebrantable y de sinceridad desarmante. La música aparece ingrávida como un trazo tenue dibujado con gestos sobre el aire. Pero tú la ves y la sientes con una perfecta nitidez.

En algunos momentos las canciones de Márquez para este proyecto semejan la música más sincera que puede haber en el mundo. Letras y músicas no tienen ni miedo ni vergüenza. Y si las letras dicen palabrotas ( “Que nos jodan a nosotros después de todo” ) o citan a Metallica en una canción de política entendida como cuestión sentimental (“Fight Fire with Fire”), las músicas pueden inventarse a los New Order folkies (“Sad Boys Dance!!”), convertirse en hardcore acústico (“Man vs Machine”) o ser versiones de “La Leyenda del Tiempo” en un disco en el que sólo hay otro tema en castellano (“De Costa a Costa”). Todo lo que haga falta. Todo lo que le dé la gana a Márquez. Que en realidad es, y tal vez debiera ser, la única necesidad.

Esta sociedad secreta habla consigo misma, en sus reuniones de a uno, de todo: de religión, de política y, sobre todo, de amor, incipiente, maduro o podrido. Y siempre desde la misma sesgada perspectiva: desde dentro y casi ni siquiera hacia fuera. Pero, ¡ah!, así es como funciona esto. Así, “Sad Boys Dance When No One's Watching” es un gran disco por varios motivos. Pero tal vez el principal sea que, en cierto modo, no se podría haber hecho mejor. Tan sólo se podría haber hecho completamente diferente. Y sólo si lo hubiera hecho otra persona, o la misma en otro momento. Ya digo, esa magia.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Abril 2006)