(Falcatruada, 2006)

Así debería ser siempre: por sorpresa, sin credenciales, sin pompa, sin pasado, sin palabrería promocional,… sólo música. Música encantadora, de amor a primera vista, con la que no hay más que acercarse a su lado para caer rendido a sus encantos, sin más justificaciones que la enredadora seducción de ésta. La responsable de todo ello es una joven cantautora coruñesa, Lucía Rolle, que tras participar como “extra” en discos ajenos (STEELWOOD y Silvia Penide según leo en internet), se ha decido finalmente con su debut en solitario, arropada por una pléyade de músicos locales y la mano del productor Arturo Vaquero (HUMANOID). El resultado llega con este “Melancoholic” tan coquetamente editado (obligada la adquisición original), un nuevo y explícito título para colocar en el estante de la melancolía indie con perspectiva femenina.

¿Que no habías oído hablar aún de él?. Normal, que no justo. “Melancoholic” es un trabajo modesto, grabado para un sello no menos modesto. Un pequeño secreto, un disco primerizo y por momentos irregular, pero sobrado de encanto, el típico cd que te compras tras ver a la artista en directo, felicitarla en persona y quizá pensar, de camino a casa, que en un mundo perfecto voces así deberían sonar en la radio y no lo que se deja caer cada vez que -¡horreaur!- la encienden en el trabajo. No será por el impacto inmediato de un tema como la inicial “Waiting For This Look”, ralentización de corazón acústico de lo que perfectamente podría ser un hit de Natalie Imbruglia, con una logradísima dicción (ummm… ¡esa deliciosa manera de estirar las sílabas!) y calculado baño electrónico que acoge una de esas esperas, en la que un gesto se convierte en las llaves del corazón para esa alma gemela, que no termina de llegar. “Si tú no haces nada, absolutamente nada / y permaneces ahí de pie, apenas mirándome / Seré tuya porque esa mirada es lo que llevo esperando tanto tiempo” canta envuelta de una fragilidad realmente preciosa. Y sí, adictiva, tan peligrosamente adictiva, que al final uno no sabe qué es lo que se desea más, si la caricia misma o, quizá, el hecho de recrearse en la sensación generada por su simple anhelo, en esa “melancohólica” esquina de la habitación de la que surgen las confesiones calladas, que sólo pueden tomar voz en forma de canción. Uno, obviamente, diría que lo segundo.

Hablando de confesiones, toca sincerizarse y advertir que, pese a todo, no se mantiene el nivel de “Waiting For This Look” durante todo el trabajo, de ahí la mención previa al desnivel. Justo en la parte central, el pesado tramo final de esa especie de álbum de fotos de la infancia titulado “Memories Of The Summertime” pide a gritos un oxigenante tijerazo en su minutaje, para que, a continuación, esa rockera oda abierta al sexo casual y sin nombres titulada “Before The Morning Comes” (“Tú eres un caballo salvaje / yo soy la única que lo puede cabalgar”) le falten uñas en la interpretación y carne en la producción para alcanzar su pretendido clímax a lo Pj Harvey /COME al que aspira y al que no, no termina de llegar. Se terminan ahí mis “peros”, porque el resto de “Melancoholic” no es sino, a mi juicio, una sucesión de cándidas confesiones dispuestas dentro de un cuadro musical, por lo general, bellísimo. Uno, la verdad es que se recostaría sobre ese “Breathe” en el que Lucía moldea la voz de un modo tal, que la canción gira como un torno bañado por la dorada luz de ese amor evaporado, en cuyos rastros hila sencillos versos que dicen mucho con poco (definitivamente emocionante en ese “aprendimos como soñar, juntos / juntos olvidamos respirar”). ¿Y qué decir del espacio nocturno de las semi-bossa de “Moon´s Romance” relamiéndose de nuevo en esa íntima soledad, balsámica y placentera?

Sobre una trémula cadencia de vals a lo Leonard Cohen viciado de ambientes jazzies discurre “Collapse”, un convincente lamento al antiguo amante (“¿Por qué tu voz suena tan feliz al teléfono sin mí?” pregunta a la yugular) que se funde en la secuencia del disco con una magnífica y oportuna versión del “When The Stars Go Blue” de Ryan Adams, perfectamente ensamblada en la climatología del álbum. Todo ello para dejar paso a “Rebirth”, el broche final en el que más protagonismo toma la mano de Arturo Vaquero, dotando de volatilidad un tema que guarda una enorme semejanza en su atmósfera con el “Siempre Te Alejas Por Las Tardes” que ponía fin el “Todo El frío Del Mundo" de NADADORA (un disco también producido por Arturo) y que, lejos de cerrarlo, le otorga un ¿intencionado? aire inacabado a “Melancoholic”. Tomémoslo como sus particulares puntos suspensivos, musicales pero también sentimentales (“esperaré con mis brazos abiertos / si no te importa” dice insistentemente), dirigidos a un futuro al que sólo se puede mirar con expectantes ojos de ilusión.

JAVIER BECERRA (Septiembre 2006)