 
(Kill Rock Stars, 2002)
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Supongo que a la mayoría
de la gente "normal" esto le debe parecer rayano con la majadería,
cuando no una auténtica chaladura. El inconmensurable y febril
entusiasmo que siento cada vez que escucho este disco debe ser, en sí
mismo, una enfermedad mental. O, al menos, uno de los síntomas
más graves de una enfermedad mental más generalizada. Estamos
hablando de la clase de entusiasmo nervioso y febril que uno cree haber
dejado atrás, en la adolescencia, cuando todas estas cosas aún
eran nuevas para ti. Estamos hablando ahora de un disco absolutamente
enorme, tan grande como la vida, imprescindible en cualquier lista (cuando
toque confeccionarlas) de lo mejor de esta década que casi está
comenzando aún. De verdad, hacía muchísimo tiempo
que un simple disco de rock de guitarras no me dejaba una impresión
tan enorme. Estamos hablando de palabras muy mayores.
Sleater-Kinney es
el proyecto definitivo de Corin Tucker, guitarrista, cantante y
compositora a principios de los noventa de Heavens To Betsy, dúo
de Punk Rock inscrito en el movimiento de las Riot Grrrls. A mí
ese movimiento siempre me importó muy poco, cuando directamente
no me resultaba molesto. Políticamente era demasiado doctrinario
y segregacionista. Musicalmente, muy pobre, como suele suceder cuando
la música asume un papel secundario en detrimento del mensaje.
Con Sleater-Kinney las cosas son muy distintas, porque desde el
principio el trío que Tucker formó con la también
guitarrista y cantante Carrie Brownstein y la batería Janet
Weiss es una de las mejores bandas de rock (sin etiquetas) del mundo,
avalada por algunos de los críticos más fiables, con Greil
Marcus a la cabeza. En ella han sabido conservar lo mejor de la visceralidad,
sinceridad y compromiso de su comienzos. Por ejemplo, en "One
Beat" sus puntos de vista políticos se centran con clarividente
precisión en los acontecimientos del 11 de Septiembre y sus consecuencias.
Y Tucker también refleja, de un modo emocionado y emocionante,
sus propias vivencias personales y su condición de mujer feminista
y combativa, pero también de madre reciente y primeriza. Pero esta
vertiente es parte de un todo, de algo mucho más importante, que
resulta incomprensible y mutilado si ignoramos el nervio, la entrega,
la originalidad y la categoría de una enorme banda de rock, como
las que ya quedan muy pocas.
Tal vez sea la extraña
interacción que ha creado el trío a partir de la ausencia
de un (supongo que más bien una) bajista en la formación,
pero lo cierto es que el punk rock expansivo y dinámico que practican
las Sleater-Kinney no deja de sorprender por su frescura. La manera
de trenzarse las guitarras y las voces elude cualquier clase de tópico
o compromiso con una gratuita simpleza. La batería de Weiss resulta
increíblemente polimorfa, mutable y omnipresente a la vez que contundente.
En apariencia estamos ante un sonido minimalista y espartano, típico
del indie rock americano, aunque menos que en anteriores ediciones, pues
se han incluido vientos, teclados y cuerdas para colorear el resultado.
Pero, en realidad, las canciones en la mayoría de las ocasiones
son en realidad intrincadas, dinámicas e impredecibles. Como si
fuera una visión un tanto cubista del punk rock y del hardcore,
con una profusión insospechada de esquivas, pero irresistibles,
melodías de voces en unos estribillos que aparecen en la mayoría
de las ocasiones cuando y como menos te los esperas. Con una banda que,
sin lucimiento personal vacío de contenido, tal y como predica
el punk, sin embargo sí sabe tocar e improvisar. Si en una primera
escucha el disco gusta, en ulteriores todo resulta aún mucho mejor.
Cuando se escuchan los
vientos de "Step Aside", los irresistibles estribillos
de "Oh!" o de "O2", uno
puede llegar a creer que están subvirtiendo el esquema tradicional
del punk melódico. Pero ya antes has podido estremecerte con la
violencia de la apertura con "One Beat" y "Far Away"
y sabes que algo de la crudeza directa y de la eléctrica
intensidad de la PJ Harvey de "Rid Of Me"
también ha hecho acto de presencia. Y toda esta increíble
y nada enfática exhibición de auténtico poderío
se ve acompañada con la enorme fuerza del mensaje de una mujer
en armas. Que está cantando y escribiendo como si estuviera jugando
la vida en cada línea, aferrándose al acto de crear canciones
con una fe y una necesidad que convierten su escucha en una experiencia
muy intensa, pero extrañamente reconfortante.
El lado político
de las Sleater-Kinney les ha llevado a crear el disco más
comprometido, más anti-Bush, que ha llegado por ahora a este lado
del charco. Como dicen en "Far Away" (canción
en la que Tucker como madre reza por que no le "llueva" a su
familia esa noche, como hizo el 11 S sobre otras) "el Presidente
se esconde/ mientras hombres trabajadores se dan prisa/ por dar sus vidas".
No hay una sola concesión, ningún miedo a expresarse en
los mismos términos que han venido haciendo hasta ahora, sin miedo
a la actual reacción a favor de la censura. En "Combat
Rock" lo dejan muy claro: "Nos dicen que sólo
hay dos bandos en los que estar/ Si estás del nuestro tienes razón,
si no te equivocas/ Pero ¿somos inocentes?¿Paradigmas del
bien?/ ¿Es nuestra culpa borrada por el dolor que hemos soportado?/
[
] ¿Dónde está la duda, dónde está
la canción protesta?/ ¿Desde cuándo es el escepticismo
anti-americano?/ Disentir no es traicionar, pero hablan como si lo fuese/
[
] Caballeros, enciendan sus motores/ y todos sabemos de dónde
sale el petróleo". Hablar en estos términos en
un bar de copas aquí, con Manu Chao sonando de fondo, es
una cosa. Significarse de este modo tan claro y crítico allí,
es otra. Pero Corin Tucker es incapaz de mentir o de esconderse.
Por eso el disco alcanza
su cumbre en el corte final, que pertenece a la faceta más personal
e íntima de sus letras, pero que pone de manifiesto el absoluto
compromiso de Tucker, que si bien alcanza de lleno a la cuestión
política, sobre todo es un compromiso con su vida y con su música.
Cosas que hoy por hoy son
una misma. En "Sympathy" el trío construye
su personal versión del blues para acompañar la plegaria
de Tucker, que reza para que su hijo prematuro sobreviva. Y declama una
verdad como: "No hay virtud en nuestros momentos más oscuros/
Todos somos iguales ante el rostro de lo que más tememos".
Y la música se va haciendo, cada vez más y más intensa,
hasta que como en otras muchas ocasiones en este increíble disco,
parece que se vaya a romper. Una vez más no lo hace por muy poco.
Momentos así son
por lo que merece la pena todo este largo tiempo, tal vez malgastado escuchando
estúpidos discos de rock. Discos como éste, que expresan
el momento que vivimos todos, pero sobre todo una persona en concreto,
dotada con el talento necesario para convertirlo en parte importante de
tu vida, son la materia con la que se fabrican las leyendas en el rock'n'roll.
Algún día Sleater-Kinney y "One Beat",
como lo son Patti Smith y "Horses", The Clash
y "London Calling", Bob Dylan y "The Times
They're A-Changin'", Nirvana y "Nevermind",
serán una de esas leyendas del rock'n'roll.
ENRIQUE MARTÍNEZ
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