 
(Warner, 1995)
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Hay una cualidad en cierta
música popular o folk que resulta especialmente sugestiva. Es una
profundidad esencial de carácter. Le otorga un atractivo inasible
y fascinante, y deriva de una especie de esquiva pero fluida manera de
conectar con los misterios de la Vida y de la Muerte. Cuando el hombre
vive al desamparo de los elementos, aferrado a la tierra y a sus frutos
como sustento, piensa de una determinada manera. Siente la muerte como
algo natural y cotidiano. Y lo sobrenatural como algo lógico dentro
de un mundo, de una vida, que asume no conocer del todo.
Eso es lo que aparece en
su folklore cuando aún conserva la conciencia de un irrompible
vínculo con la tierra. Y es la necesidad imperiosa de expresarlo
o de, al menos, encontrarlo expresado en la obra de otro convecino, de
un igual que no se sitúe en un inalcanzable pedestal de "artista",
lo que yace en la letra y en la interpretación de algunas selectas
canciones. Y también en el substrato esencial de todas y es en
realidad lo que, en última instancia, distingue a la genuina música
popular de la que no lo es. Es ese "blues" metafísico,
ese "Transcendental Blues" del que hablaba Steve Earle
en su último disco.
Todo esto ha estado presente
en la música popular americana y en sus antecesores africanos y
europeos de un modo soterradamente obvio durante siglos. Y así
fue recogido en algunas de las primeras grabaciones de blues, country
y folk americano de los años veinte, treinta y parte de los cuarenta.
En las grabaciones de Allan Lomax para la Librería del Congreso,
en la Harry Smith´s Antholgy of Folk Music. En las rústicas
grabaciones de Robert Johnson, Charley Patton, o The
Carter Family. Y hasta el año pasado todavía pervivía
en la voz de John Lee Hooker.
Pero la sociedad ha cambiado
vertiginosamente en este siglo. El agrarismo y el ruralismo disperso han
dado paso a la industrialización y a la gran ciudad. Las rutinas
diarias dependen cada vez menos de los dictados de las estaciones y de
la luz del sol. El tiempo libre abunda y se convierte en "ocio",
en la intranscendente búsqueda del entretenimiento. La violencia
nunca ha estado peor vista y a la vez mejor practicada. En definitiva
hemos roto el vínculo con la tierra, y nos negamos también
a aceptar lo inevitable de la muerte o incluso de la vejez. Es difícil
saber si estos cambios han sido para mejor o para peor. O si la música
que expresa a la sociedad que ha producido esta transformación
es inferior a aquella otra. Tan sólo es obvio que es distinta,
que está dotada de otras cualidades diferentes y que por tanto
cuando nos confrontamos con la vieja música de cualquier lugar,
pero especialmente de aquellos con los que tenemos una relación
más directa y cuya música actual conocemos cotidianamente,
se produce un comprensible "shock cultural" con nuestra propia
cultura, lo cual no deja de resultar paradójico y fascinante.
Pero resulta aún
más paradójico encontrar alguien que hoy en día sea
capaz de conjurar todos esos fantasmas y vínculos a los que me
he referido. Y si "The Basement Tapes" de DYLAN o los
primeros discos de THE BAND resultaban meritorios por hacerlo en plenos
años sesenta, más meritorio debe resultar "Trace",
el primer disco de SON VOLT, la banda formada por JAY FARRAR, el
antiguo colíder de UNCLE TUPELO. En "Trace", un
disco de 1994 se conjura todo esto de un modo turbador e intenso, y se
abren puertas que parecían selladas hace tiempo. "Trace"
("Rastro") es, de todos los discos del movimiento "neo-roots"
americano de los noventa, el más "roots", el más
de raíces de todos, el más extraño, el más
auténtico. No necesariamente el mejor, pero sí el más
distinto y en realidad, el más fascinante en su auténtico
primitivismo de espíritu. Y por ello los dos discos posteriores
de SON VOLT ("Straightaways" y "Wide Swing
Tremolo") son notables colecciones de canciones, discos excelentes
y originales pero fallidos intentos de alcanzar la casi asfixiante intensidad
que posee la totalidad de "Trace", una pieza única
y encerrada en si misma, a la vez que una obra maestra de un arte perdido.
Con lo que su dimensión resulta aún mayor.
Y esta sensación
que transmite de pertenecer a otro tiempo no deriva del todo de lo tradicional
de su instrumentación. Porque aunque en ocasiones Farrar
se manifieste por medio de guitarras eléctricas no altera en absoluto
la esencia de estas canciones. Más bien añade un toque de
desesperación y urgencia adicional que refuerza el vigor del disco,
como en "Route"("O ahora o nunca/ Demasiado
cerca del borde/ Todos nosotros somos la prueba de que nada dura demasiado").
o en "Drown" y "Catching On".
"Trace"
tiene esas letras sugerentes pero no se descifran del todo y esa voz emocionante
pero que no se comprende completamente, aunque todo él posea una
peculiar belleza, oscura pero innegable y adictiva. Hay momentos en que
sus canciones parecen transmitir dichos y enseñanzas de antaño,
pero que realmente han sido creados por el cantante en ese momento. Está
respondiendo con esta expresión de un modo completamente adecuado
y fiel a la llamada en clave de otro mundo, que antes era éste
pero que ya no lo es. Y que, si lo sigue siendo, entonces permanece oculto
para todos salvo para algunos iluminados. Como Jay Farrar.
En "Tear Stained
Eye" nos dice que "Si se aprende viviendo y la verdad
es un estado mental/ descubrirás que es mejor al final del camino",
lo que lo convertiría en una especie de abuelo que nos aconseja
con una sabiduría de origen desconocido. Pero también es
capaz de escribir las elegías para los hombres de hoy con la solemnidad
de antaño, como en "Too Early". Y en otros
ocasiones la "insoportable levedad del ser" resulta explicada
de un modo conciso pero esclarecedor: "Ten Second News",
"Out Of The Picture" o "Loose String":
"Vivir demasiado/ No es manera de morir".
"Tal vez el tiempo se lleve tus problemas/ Los dos pies en el
suelo/ Las dos manos al volante/ Tal vez el tiempo se lleve tus problemas"
canta Jay Farrar en "Windfall". En parte
esa entrega resignada al paso del tiempo y al quehacer de los elementos
de la Naturaleza, esa manera de asumir lo que viene dado porque sabes
que no se puede cambiar, es de lo que estoy intentando hablar. Es el secreto
que estoy intentando desvelar. Pero no puedo. Así que realmente,
tienes que escuchar.
ENRIQUE MARTINEZ
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