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Es interesante comparar
el caso de Spirit con el de Love. Los segundos fueron en
su momento dando tumbos, ajenos al éxito popular y sin embargo
ahora son una de las bandas más influyentes y considerados autores
de unas de las obras maestras absolutas de la historia del pop ("Forever
Changes") Spirit ha realizado una trayectoria a la inversa:
de un cierto éxito comercial en su momento a un muy injusto olvido.
Si se dice que la memoria de uno mismo es caprichosa, parece que la colectiva
también lo es. Sin embargo, su papel de relativos secundarios que
le destino les ha reservado no debería hacer perder de vista el
hecho de que son autores de uno de esos discos, que incluso despojados
de las coyunturales virtudes que el tiempo desgasta sin piedad, aún
se sostiene con mucho orgullo.
Spirit fue considerada
en su momento la segunda banda psicodélica más importante
de Los Ángeles, sólo por detrás de The Doors.
Comandados por el guitarrista y cantante Randy California y su
tío, el veterano batería de jazz Ed Cassidy, practicaban
una psicodelia blanda y luminosa, apoyada sobre todo en la fusión
de estilos, en un repertorio sólido y en la vivaz destreza de un
niño prodigio de las seis cuerdas como era California. Su éxito
se fue consolidando hasta llegar a su tercer álbum, producido por
David Briggs, habitual de Neil Young, y en el que pretendieron
reflejar con un sonido exuberante, un disco conceptual, que trataba de
un modo difuso de su preocupación ecológica. Más
allá de la circunstancial ideología hippie que puede resultar
hoy más o menos risible, el álbum plasmaba sin mácula
la inmensa categoría de una formación espléndida
(con John Locke a los teclados, Mark Andes al bajo, y Jay
Ferguson como vocalista y percusionista) y unas canciones sólidas
e incluso brillantes. Apoyado en el éxito del single "Nature's
Way", "Twelve Dreams of Dr. Sardonicus"
se convirtió entonces en el disco de más éxito de
Spirit.
Lo mejor de aquel sonido
que todos conocemos se recoge aquí. Harmonías y alternancias
vocales perfectas, guitarras vibrantes, melodías prodigiosas en
los estribillos y una producción imaginativa (en este caso los
arreglos de vientos, inhabituales en el rock ácido de la época)
redondean discos como éste, al parecer incapaces de envejecer más
de lo estrictamente inevitable. Aquella segunda mitad de los sesenta fue
una etapa dorada de la música pop, hecho innegable que no debe
ser empañado por la incapacidad de algunos de salir mentalmente
de ella.
Desde "Prelude-Nothin'
To Hide" a "Soldier" el disco, que
se abre y se cierra con el mismo fragmento a fin de acentuar su carácter
conceptual, en ningún momento tolera que una supuesta necesidad
de homogeneizar el contenido lastre las canciones. Cada una de ellas ha
sido trabajada a conciencia. Encontramos toda suerte de estilos e ideas:
el hermoso folk-pop de "Nature's Way" y "Life
Has Just Begun", la bizarra construcción de "Love
Has Found A Way", la energía vitalista de "Animal
Zoo", "Mr. Skin" y "Morning Will Come"
(puro glam-rock con años de adelanto), la intensidad hendrixiana
de "When I Touch You" y "Street Worm",
la atmósfera marciana de "Space Child",
etc.
Disco redondo y completo,
repleto de momentos prodigiosos, realizado con una sana y equilibrada
mezcla de oficio y riesgo, "Twelve Dreams of Dr. Sardonicus",
como todas las obras que merecen la pena, supera y deja atrás los
condicionantes de la época en la que fue realizada. Para convertirse
así en una pieza realmente imprescindible para los coleccionistas
inteligentes y el aficionado despierto. Y, por supuesto, en una (entusiasmada)
recomendación personal.
ENRIQUE MARTÍNEZ
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