 
(BMG, 2001)
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Parece como si la elección
de la apertura con "On Fire" y su piano centelleante,
puro "honky tonk", y el título ("Déjalo
caer") sean declaraciones de intenciones para el nuevo
disco de Jason "Spaceman" Pierce, que frente a aquel
"Señoras y Señores, estamos flotando en el espacio",
suena más terrenal, más orgánico, y tradicional aunque
en cierto modo igual de elevado. "Let It Come Down" no
deja de ser un consecuente sucesor de su álbum de 1997, pero esto
está lejos de ser un retroceso en su carrera hacia la excelencia,
pues a fin de cuentas Pierce se limita a ser fiel a una visión
única y personal, a la compleja y exuberante ejecución de
un ambicioso proyecto: lo que él entiende que debe ser el Rock
en estos momentos y tal vez, lo que debiera haber sido siempre. Pero "Let
It Come Down" lejos de calcar su celebrado precedente va descubriendo
una indiscutible y fascinante personalidad, una significación propia,
a medida que, con auténtico deleite, te dejas llevar por él
y por la variedad tan enorme de elementos dispares con la que está
construido, en un intenso y movido viaje.
El mismo trayecto por el
que Pierce sigue llevando a sus músicos de acompañamiento,
cada vez más numerosos hasta hacerse incontables: un viaje astral
hacia un imposible vórtice espacio-temporal en el que los ROLLING
STONES del "Exile On Main Street", los STAPLE SINGERS
más fervorosos, el Igor Stravinsky de "La Consagración
de La Primavera", el SUN RA más delirante, los STOOGES
del "Funhouse" y el Phil Spector de sus mayores
excesos (influencia nunca más claramente entrevista que en "Do
It All Over Again") conviven en pie de igualdad. Sigue también
empeñado en estirar la vida útil de frases musicales y líricas
de un modo obsesivo y repetitivo, en una concepción minimalista
de la composición que está en las músicas sagradas
de casi todos los pueblos. Pero a la vez se empeña en orquestaciones
pomposas y superpobladas para elevar estos "mantras"
a esa intencionada condición de trascendencia un modo más
obvio, rotundo e inequívoco para el oyente.
Y algunas de esas yuxtaposiciones son absolutamente fascinantes a la par
que distintas a lo que haga cualquier otra banda de rock en este momento,
o en cualquier otro. Como "I Didn´t Mean Hurt You"
con su mínima pero expresiva letra y su impactante coda
orquestal contrapuesto a esa guitarra "slide" acústica
que la ha abierto, salida del Delta del Mississippi. O el primer "single",
"Stop Your Crying" de parecida factura y similares
logros.
En esta ocasión
todo suena más concreto y controlado, sólo un tema llega
a los diez minutos ("Won´t Get To Heaven The State I´m
In"), y el resto no supera los siete. Y los arreglos que
ejecutan la orquesta y la banda son menos atonales y "free",
más convencionales y armónicos. Y pese a que el limitado
registro de la voz de Pierce sigue siendo el motivo de que las melodías
de sus canciones tarden tiempo en hacerse distinguibles, que al principio
todas parezcan "hermanas" de las que escribió
para "Ladies and Gentlemen...", también resulta
un contrapunto, un alivio casi necesario a tal acumulación de elementos,
a veces poco ordenados.
Pero lo que resulta más
obvio escuchando este disco es que, afortunadamente, "el Astronauta"
sigue creyendo a pies juntillas en la capacidad redentora de la música
y en su idoneidad para acercarnos a una divinidad en la que dice no tener
fe, aunque resulte tan difícil de creerle a tenor del enorme esfuerzo
que pone y del rotundo éxito que obtiene en contradecir sus palabras
por medio de sus obras. Así este disco está ordenado como
un ciclo que parte desde lo más profano de la lujuria humana ("I´m
On Fire"), transita por el amor más dolido y puro
por su objeto de deseo, se estanca en la desesperación que el dolor
de ella y el suyo propio le provocan (I Didn´t Mean
To Hurt You", "Stop Your Crying"), y culmina finalmente
con una desesperanzada y entregada plegaria, elevada al Creador para encontrar
consuelo a su dolor, aunque desconfíe de merecerlo ("Won´t
Get To Heaven The State I´m In", "Lord Can You Hear Me").
Un desarrollo en completa sintonía con una idea de la música
"soul", la suya, que pretende y consigue reasociarla a su madre,
el "gospel", y a todo lo que esto conlleva.
Cuando promocionaba su
anterior disco Pierce comentó en una entrevista que uno de sus
invitados a las sesiones de grabación de áquel, el Dr John,
le preguntó asombrado que quién le daba el dinero para grabar
aquellas locuras. Se lo damos colgados como tu y yo. Colgados de discos
tan maravillosos como éste.
La respuesta a esa pregunta
que te estás haciendo desde el principio. "Let It Come
Down" no es bueno, es mejor que todo eso: es sagrado, es vital.
ENRIQUE MARTINEZ
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