 
(Duophonic-Elektra, 2004)
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Los consejos de un genio
merecen, como mínimo, una reflexión. Edgar Allan
Poe recomendaba contar el horror como si no importara. Durante
años, la industria discográfica multinacional, ésa
a la que sólo le preocupa el dinero venga de donde venga –venta
de armas o de discos, ¡qué más da!-, ha apostado por
exhumar cadáveres pretéritos, o rentabilizarlos con el cuerpo
aún caliente. Jimi Hendrix ha resucitado tantas
veces que aún no tengo claro que esté muerto, de Elvis
se discute y se remezcla, ¿de verdad la producción del Jeff
Buckley difunto va a ser cien veces superior a la que dejó
en vida? Preocupan más, sin embargo, los casos de grupos que, tras
desgraciados fallecimientos de algún componente, aprovechan con
descaro la publicidad generada por el morbo para relanzar la parte económica
de sus carreras.
Stereolab
son el contraejemplo, los únicos que han leído bien a Poe.
Entregan “Margerine Eclipse”, un disco que
es un rayo de sol, como respuesta a la desaparición de Mary
Hansen. Y además, este nuevo trabajo del grupo de Tim
y Laetitia que ahora ve la luz, es lo mejor que han hecho en
muchos años. Al nivel de los singles “La boob
oscillator” y “French Disko”,
vuelta al esplendor pop de “Emperor Tomato Ketchup”
(1995), adiós a la oscuridad post y jazz en la que parecían
perdidos.
Y lo hacen con un trabajo
cargado de referencias no obvias a Mary y, lo que de verdad importa, de
buenas canciones con el sonido marca de la casa. Volver a sentir lo que
significaban Stereolab hace diez años, sin necesidad
de retroceder, parece haber sido la consigna. La inyección de vitaminas
de “Margerine rock”, los títulos
como “Cosmic country noir” –no
puedes ser una mala canción si te llamas así- y las canciones
que son una selva en sí mismas –“Sudden
stars” ¿cuántas melodías perfectas
hay entre esas estrellas?- recuperan a un grupo que hacía tiempo
que había dejado de ser intocable. Si esto fuera una de esas películas
de gangsters japoneses que tanto les gustan sabrías desde el primer
segundo de “Vonal declosion” que
Tim y compañía mandan otra vez en el planeta alternativo.
Todo lo bueno apuntado en
“Sound Dust” (2001) se reafirma en doce composiciones
donde no cabe hablar de Neu! o Esquivel, sino de Stereolab,
un grupo que se copia a sí mismo y, que para colmo, se supera.
FERNANDO CAMPELO (marzo 2004)
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