 
(Rolling Stones Records, 1973)
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Que la perspectiva es tanto
o más importante en el análisis, que el propio objeto observado
es algo que admite todo el mundo. El tiempo es obvio que es uno de los
más caprichosos pero constantes proveedores de perspectivas diferentes.
Un ejemplo de objetos sometidos a un juicio cambiante sin duda son los
discos. Y dentro de ellos las obras “menores” de artistas
“mayores” sin duda son de las más afectadas por esta
mutabilidad.
Hace pocas fechas me dio
por pegarle un par de repasos a este disco en concreto, al sucesor de
“Exile On Main Street” dentro de la trayectoria
de los Stones, y señalado a menudo como el principio
de su decadencia artística. Lo que me sorprendió después
de escucharlo fue lo bueno que es. Un disco desigual, sin duda, de perfil
irregular, ajeno a la homogeneidad de “Exile...”,
y obviamente menos completo que “Sticky Fingers”,
“Let It Bleed” o “Beggar’s Banquet”.
Y por lo tanto resultó lógica la tibieza con la que fue
recibido en su momento. Pero del mismo modo que “Exile...”
ha recuperado tanto terreno crítico, tal vez este disco (y puede
que alguno más también), merezcan cierta rehabilitación.
Aunque tan sólo sea por lo claramente superiores que son a las
ruinas que llegaron más tarde, cuando Jimmy Miller
dejó de meter baza y las drogas hicieron aún más
estragos.
“Goat’s...”,
por ejemplo no sólo contiene un clásico eterno de las baladas
stonianas, la desesperanzada y tierna “Angie”,
sino otras dos joyas más de este registro. Podríamos recuperar
“Coming Down Again”, cantada por
Keith Richards con una narcotizada cadencia que denota
su origen opiáceo: la balada del yonki abandonado, solitario en
su autista adicción. O “Winter”
una preciosidad repleta de soul blanco. Por ahí, por esa increíble
facilidad natural para la balada de marca, los Stones
salvaron muchas papeletas durante su carrera, y crearon una escuela más
o menos lamentable.
En el registro rockero,
la cosa es menos rotunda. Es obvio que “Doo Doo Doo
Doo (Heartbreaker)” es un tema digno de ser recogido
en cualquier antología. Propulsado por el clavinet de Billy
Preston, los vientos de Bobby Keys y Jim
Horn, y el wah wah de Mick Taylor (pletórico
en todo el disco, tal vez la cumbre de su periodo), es uno de esos cortes
que marcan la diferencia. Y por ahí cabe destacar también
la seca “Dancing with Mr. D”, “100 Years
Ago”, con su carga melódica, y la cruda “Star
Star”, que los vuelve a convertir en una pedestre
banda de club, con más entusiasmo que habilidad.
Es cierto que hay material
obviamente menor. “Silver Train”,
“Hide Your Love”, que parecen descartes
de “Exile...”, y sobre todo la anacrónica
psicodelia de “Can Your Hear the Music”,
bajan un tanto el nivel. En su indeciso estilo muestran al disco como
una bisagra entre el sonido más country y blues de sus precedentes,
y su cada vez mayor interés por los nuevos sonido negros, notablemente
en el toque “funky” con el que impregna Preston sus apariciones.
Y si revisamos el disco en su formato original, esa simpática descompensación
entre una Cara A impecable y una Cara B algo menor, recuerda aquellos
tiempos entrañables, en los que estas cosas aún se discutían,
porque a veces darle la vuelta a un disco era una proeza titánica.
De lo que sí resulta
“Goat’s Head Soup” un verdadero souvenir,
entrañable e imperecedero, es de la desconcertante ambigüedad
que caracterizaba a los Stones. De la hipersensibilidad
resignada de “Angie” al machismo
chulesco de “Star Star” homenaje
obsceno a las groupies, no media nada. Y probablemente eran frutos de
ese mítico estilo de vida. Porque sin duda la que llevaban era
una vida casi esquizofrénica, completamente insana, que terminaría
por matar muchas cosas y por herir profundamente su música. Pero
tardaría tiempo en rematarla, si es que lo ha hecho del todo.
Quiero decir, que si éste
es mal disco de rock’n’roll, aplicando ese nivel de exigencia,
ya puedes irle dando boleto a toda tu colección de Strokes,
Vines, Hives, Libertines y demás coñas marineras.
A veces uno se rinde a sus propios vicios insanos, a sus fidelidades eternas
y se sorprende exclamando, casi con pesar, consignas que creía
olvidadas. Ya sabes, una vez más, todos juntos con Bobby
Gillespie: Stones Forever.
ENRIQUE MARTÍNEZ |