(BMG/RCA, 2003)

Debía haber poca gente en el mundo mundial que desconfiara más de The Strokes que un servidor. Todo en ellos me parecía completamente sospechoso. Esas pintas tan estudiadas, ese medido asalto a los medios de comunicación, la certera cosmética sonora de unas canciones que acertaban de pleno con la siguiente operación de revival (tanto en ropa como en música) que todos sabíamos que tocaba por estricto turno, el hecho de que todos fueran guapos (no puede ser casualidad!!!). O ese origen familiar tan poco rockero en un principio, aunque éste sea un tema digno de más amplias disquisiciones. No quedaba más que ver como su mayor hit (“Last Nite”) no ocultaba ni por un momento haber tomado completo el “American Girl” de Tom Petty, otro éxito absoluto en su momento.

Ni siquiera sus supuestas señas de “autenticidad” me llevaban a otra conclusión. Su querencia por el “lo-fi” no me decía nada, porque nunca he sido fan de esa extraña ideología. Su desaliño era también dudoso: la ropa parecía más bien comprada de segunda mano que verdaderamente gastada. Y si presumían de drogarse y andar con chicas, mérito escaso era éste cuando tienes mucho dinero, aún más fama mundial y algo menos de 25 años. Tan sólo quedaba una evidencia a su favor: la innegable capacidad adictiva de sus mejores temas. Ante eso ni siquiera mi más fundamentalista detector de mentiras encontraba argumentación de peso. De hecho uno se limitaba a callarse y a mover disimuladamente los pies al compás, dentro de esas desgastadas Converse All Star, providencialmente recuperadas del fondo del ropero diez años después.

Sólo había un consuelo: la intuición de que el globo se pincharía con cruel rapidez con el segundo de sus discos. Pero llegado éste a mi poder, y con la desvergüenza propia de un político, toca virar el discurso. “Room On Fire” no sólo no confirma la liviandad del fenómeno Stroke, sino que a mi modesto entender esta media hora de música da los verdaderos argumentos de peso a sus numerosos defensores. En su segundo álbum The Strokes aparecen más que nunca como la promesa de una banda verdaderamente interesante, con un disco que los muestra más inventivos, personales, idiosincrásicos y relevantes que en su debut. Mostrando una evidencia menor de sus influencias y una ambición cierta de transcenderlas. En esta ocasión Julian Casablancas y compañía han hecho algo que pueda, en mayor o menor medida, justificar mínimamente su agobiante omnipresencia mediática.

No ocultemos el hecho de que de una manera algo más sutil que en “Is This It?”, “Room On Fire” contiene una plenitud de estribillos que se instalan en la parte trasera del cerebro y no la abandonan. “12:51”, su espléndido primer single lo deja bien claro: un abierto homenaje a The Cars, que al mismo tiempo recuerda una de las mejores virtudes de The Strokes. Me refiero a ese uso desacomplejado de algunos de los recursos que pueden ser los más trillados y populistas del pop de todos los tiempos, pero también los más infalibles. En esta ocasión es ese ritmo inmortal presente en el estribillo y enfatizado con palmadas, y que podría estar sacado de un corte de las Ronettes de Phil Spector, del “Twist & Shout” en versión Beatles o del “Sufre Mamón” de los inefables Hombres G. Puro clasicismo pop para las masas.

Pero si a veces nos atacan bondadosamente con estos recursos, en otras dejan entrever una interesante capacidad para subvertir algunas de sus propias señas de identidad. “Quiero ser olvidado/ No quiero ser recordado” canta Casablancas en “Whatever Happened?”, abriendo el disco con el primero de los muchos y habilidosos embustes que irá dejando caer, porque es evidente que a Casablancas la fama y el éxito no le duelen como a Kurt Cobain, sino que más bien le alimentan. Las guitarras despegan entre perezosas y agresivas, mientras que el disco va calentando motores. Pero una evidencia se hace palpable: la vía populista será sabiamente dosificada a lo largo del disco.

Y así podremos optar entre un cierto barroquismo en la estructura de “Reptilia” y “You Talk Way Too Much”, o la inmediatez absoluta de “I Can’t Win”. Hay pequeñas sorpresas como los toques reggae de “Automatic Stop” o “Between Love & Hate” o el clasicismo de su primer e impecable medio tiempo “Under Control”, otra exhibición de uso inteligente y fresco de claves eternas. Pero la pura verdad es que nunca dejan pasar demasiado tiempo antes de clavar un estribillo irresistible, en los que además Casablancas deja perlas autosuficientes, frases sueltas que por sí mismas alcanzan sentido pleno. Se podría decir incluso que éste es un disco casi malintencionado y perverso, un tratado maquiavélico para ser “El Príncipe” del Pop con marchamo de autenticidad callejera en estos tiempos posmodernos.

Es un fenómeno curioso donde los haya, la enorme fama de The Strokes. Por ejemplo palidece, si nos atenemos a cifras frías de ventas de discos a cualquier otra portada habitual de Rolling Stone o Spin. Pero ahora comienza a tener visos de sostener algo de verdadero peso. Por primera vez, en mí reside el pálpito de que en su tercer disco pueden hacer algo verdaderamente grande. Lo que habla de la mágica capacidad persuasiva de “Room On Fire”. Es decir, puro pop con todas sus miserias y grandezas.

ENRIQUE MARTÍNEZ