( ASHMATIK KITTY/ROUGH TRADE/SINNAMON , 2005)

El improbable empeño de Sufjan Stevens de consagrar un álbum a cada uno de los estados de la Unión es, bajo casi cualquier prisma, un absurdo. El protagonista se impone ya en su bisoñez artística la losa de la limitación temática, consagrado al artificio más puro, sin el pretexto confesional como coartada, entregado al más duro y exigente ejercicio de estilo. En el horizonte aparece una carrera de obstáculos múltiples, todos ellos planteados por el propio creador, tal vez necesitado de estos fastos para llamar la atención en medio de la sobreabundancia que padecemos.

Sin embargo, en lo referido a “Illinois”, Stevens ha venido finalmente en vencer no sólo todas aquellas dificultades que se presumían presentes, sino también aquellas que se daban por descartadas e inasequibles en la ecuación. Lo último que podía esperarse de un álbum conceptual de este tenor y pretensiones era que se descubriese como una obra tierna y entrañable. Sin embargo, transcurrido el tiempo suficiente, se puede decir que “Illinois” terminó por mostrarse como uno de los discos con más capacidad de adherencia a la intimidad melancólica de los publicados en el 2.005. Con una capacidad empática capaz de contener multitudes, y la penetrante visión del verdadero escritor, Stevens, que no dejaba ni por un momento de lado su disolvente sentido del humor, dibujaba una historia humana, de muchos seres humanos, en la que él mismo no estaba ausente.

Barroco en muchos casos, y a su mayor gloria por ello, a pesar de su ambición de mosaico histórico y geográfico, en el marco de una americana en sonido y letras lustrosa, abigarrada y casi excesiva, el propio Stevens no desaparece del todo y por momento parece ser el único hilo conductor posible. Si en la inconmensurable “John Wayne Gacey, Jr”, el retrato del mítico asesino en serie encuentra un momento de conexión asombroso en esa valiente última estrofa ( “En mi mejor conducta/ En realidad soy como él/ Busca debajo de los suelos de tarima/ Los secretos que he escondido” ), en el momento más excesivo en sonido del disco, “Chicago”, ese insistente “He cometido un montón de errores en mi vida” , se convierte en un mantra que levanta el nervio del disco y lo eleva a las alturas en las que permanece en el recuerdo, como un poso de buen vino.

Stevens es, además, y como no le queda más remedio que ser, un astuto zorro, un amable tramposo. A “Chicago” le sucede “Casimir Pulaski Day”, adornado con un banjo tañido sin alardes, dejando caer ese susurro de voz solista y los coros con casi abandono y languidez, haciendo que la entrada susurrante de unas mínimas líneas de trompeta tengan tanta presencia como todo el montaje de “Chicago” en una canción que, en realidad, contiene mucho más drama. Son innumerables los, tal vez, legítimos trucos de este estilo que va dejando Stevens desperdigados por el disco, construyendo así el método que ha terminado por legitimar su aparente locura. Sólo así se explica que títulos imposibles como “The Predatory Wasp of The Palisades Is Out To Get Us!” se alíen con melodías como las que lo adornan y orquestaciones como las que a su vez la interrumpen, para que el conjunto sobreviva tanta sospecha de posmodernidad revenida.

Desde este segundo paso, y con la incerteza que en realidad nos debe asistir ante estas cosas, todo parece indicar que en realidad estamos asistiendo con este disco al comienzo de una quimera. Glorioso viaje, probablemente, a ninguna parte. Y esos son los mejores.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Marzo 2006)