( Pias Spain , 2005)

¿Se puede crecer sin cambiar la esencia? ¿Se puede ser mejor sin dejar de ser uno mismo? Debería ser posible, porque... ¿acaso no es cierto que para algunos de nuestros mejores momentos hemos tenido que poner toda la carne en el asador?. ¿Acaso no consistía la verdadera maestría y savoir faire, precisamente, en que no se notase el esfuerzo? De alguna absurda manera Teenage Fanclub, esa banda aparentemente tan insustancial, sencilla, e intranscendente, siempre me hace plantearme cuestiones gruesas cuando quiero escribir sobre ellos. A pesar de que su música me invita a situarme con parsimonia y por puro instinto, como esos astutos canes de campo, en los rincones del hogar en los que se cruzan las corrientes imperceptibles de la felicidad en sus términos más sencillos, al final los Fannies y sus deliciosas canciones me intrigan como pocas cosas en el planeta.

Tal vez por eso mismo siempre he creído que en su música hay más de lo que parece. Y a pesar de que no han podido sostener su mejor calidad en tiempos recientes, creo que en las firmas de Blake, Love y McGingley se ha ocultado un valiente esfuerzo, finalmente recompensado, para intentar encontrar un acomodo y conciliación de su inevitable madurez personal con su arte. Un sabio intento de unir su propia vida con su artesanía meticulosa en la construcción de unas canciones pop que, por su parte, tan sólo aspiran a unas metas falsamente sencillas: su perfección musical y una absoluta sinceridad. Nada más y nada menos. Creo que llegado “Man-Made”, no sé si su mejor disco, sí sin duda uno de los mejores y con claridad el más personal, esa conjunción de circunstancias, intenciones y resultados ha encontrado un inesperado momento de sincronía. Y hoy por hoy, todo esto suena a gloria bendita.

Ya sé que habrá quien no se lo quiera creer, pero en el seno de los escoceses se han asumido ciertos riesgos casi imperceptibles, volviendo con ello a esas preguntas. En ese respecto, la mano de John McEntire de Tortoise en la producción se nota más de lo que parece. Por eso, simultáneamente a su logro de crear esa pieza tan cara de encontrar, el disco de pop clásico adulto pero no cínico, en “Man-Made” los Fannies han depurado su arte y la han abierto a diversas tareas de revisión. Si se repasan ahora las extraordinarias canciones inéditas que acompañaban a su antología de hace dos años (“Four Thousand Seven Hundred and Sixty Seconds”), Reymond McGinley, por ejemplo, parecía precipitarse hacia un irremediable barroquismo, en el que los arreglos, puentes, estribillos y estrofas se acumularían sin descanso, apabullando al oyente con un exceso resplandeciente. Ése parecía el desarrollo natural en este disco, conocidos los antecedentes.

Sin embargo, en “Man-Made” los tres compositores consienten por momentos en una depuración casi total de su estilo, economizando como no se les recordaba en años, sosteniendo todo sobre estructuras casi invariables, pero irresistibles. Así encontramos la febril “Slow Fade”, con su minimal solo de guitarra de media nota. También atacan nuestra fibra construyendo piezas en las que lo más importante es el detalle más pequeño, como esa quebradiza línea de piano de la irresistible “Only With You”, una de las cumbres de su discografía. Recordando, incluso, que no sólo de Beatles, Beach Boys y Byrds vive el constructor de pop clásico de guitarras, sino que también la Velvet Underground es una escuela infinita para la melodía y el sentimiento. Y llegando en su extraño empeño al punto de traernos el ritmo “motorik” de Neu! envuelto en las voces de Big Star, en una canción para empezar llorando el disco: “It's All In My Mind”. Asúmanlo señores: milagros como éste no los busquen en otro sitio.

Hay muchos motivos por los que algunos amamos a Teenage Fanclub. Uno de ellos es esa vocación artesana que nunca se oculta, y menos aún en un disco que así se titula y proclama: “humano”, “hecho por personas”. Otro de ellos es que nadie ha sido capaz de cantar como ellos, sin ningún tipo de complejos, a las glorias del amor monógamo y aburrido, a las servidumbres, asumidas sin batallas estériles, de la propia madurez. Como siempre, tengas ese amor o no, lo estés buscando o no, asumas esa decadencia o no, cuando alguien pone todo el corazón en lo que hace y se esfuerza tanto en que no se note que lo hace, entonces falta muy poco para la perfección.

Ese poco que falta se llama talento. Pero ya se ha hablado demasiado de él en otras ocasiones. Tan sólo ten por seguro que en “Man-Made” está derrochado a espuertas, en proporción de cuatro canciones por barba y pluma. Y que sí, está vez sí, este final de verano y sus caídas de sol, y en realidad todos los que vengan después, tienen ya una banda sonora insuperable.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Septiembre 2005)