( Acuarela, 2004)

Repasar a estas aluras en el Feedback-Zine la trayectoria de Thalia Zedek para intentar situar al lector en el contexto de esta crítica, creo que resulta innecesario. Es una vieja conocida de estas páginas y de algunos de los artistas más asiduos a las mismas. Zedek mantiene un estrecho vínculo con España, que visita frecuentemente, y ha establecido estrechas relaciones tanto con Acuarela Discos como con toda la saga Manta Ray-Nacho Vegas, compartiendo lanzamientos, giras y actuaciones. Hay algo común entre el trabajo de Zedek y el de los asturianos: una capacidad singular para, desde la materia prima de las verdaderas emociones, construir una música que tiene tanto de cariño por los mejores referentes del rock de todos los tiempos como la certeza de ser absolutamente contemporáneo.

Fue otro conocido suyo, Chris Brokaw, la otra mitad creativa de los extintos Come, el que nos puso en sobreaviso al advertirnos que Thalia Zedek estaba preparando un gran disco, tal vez el mejor de su venerable carrera. Así llega este disco de título interminable, extraído de una tarjeta de galleta china de la suerte sin aparente sentido, pero que Zedek ha mantenido consigo a través de los duros tiempos que le ha tocado vivir. Y así el disco se manifiesta como lo que es: la obra de una eterna outsider que ha llegado a una resignada madurez. No sin una amarga sabiduría, la visión desengañada y pesimista que se filtra de los intensos sonidos de este álbum viene a mostrar una rendición incondicional ante los torcidos quehaceres de las almas humanas. La música de Zedek en esta ocasión no es más que un nuevo blues en propósito no ya tanto del desengaño continuo, como del definitivo alejamiento de los demás.

La recurrencia de las metáforas marineras y viajeras, del rito del viaje como catarsis o como oportunidad perdida, desemboca en una conclusión terrible: “Hell is in Hello”. La gente cree que el dolor se encuentra en el adiós, pero ignoran que ya desde el primer saludo es donde acecha el peligro. Para construir el tejido sonoro que envuelva tamaña intensidad de mensaje y emoción Zedek no ha podido elegir mejor. Partiendo de su propia guitarra e inconfundible voz, de las percusiones de Daniel Coughlin y de la viola de David Michael Curry de Willard Grant Conspiracy, fragua un sonido recogido prácticamente en directo, seco y espartano, con aire en su interior, pero que se fortalece con su enorme intensidad. Partiendo de estructuras reiterativas e hipnóticas de aroma inconfundiblemente blues (notablemente en “Ship” o “Bus Stop”), los crescendos construidos con la sabiduría adquirida en la mejor escuela del noise y se convierten así en intensos picos emocionales y terminan de transformar las canciones en la clase de ritual catártico que tan sólo PJ Harvey parece ser capaz también de convocar y finalizar con éxito.

Las canciones de “Trust Not of Those...” no son tanto o sólo canciones como momentos de epifanía emotiva, con un poder irresistible de atracción. Son pocas las concesiones a estribillos fáciles o melodías pegadizas. Lo que aquí se contiene requiere esa clase de estrecha complicidad que lo íntimo de su contenido reclama. Es un viaje personal a través de crudas verdades interiores. Y acompañar dicho viaje es una decisión que no es del todo gratuita, pero que indudablemente merece la pena.

ENRIQUE MARTÍNEZ (octubre 2004)