 
(IN THE RED , 2005)
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Muchos de los grandes discos
de rock’n’roll llegan desde y cuando menos se los espera uno,
haciendo patente su grandeza contra toda opinión o prejuicio, activando
instintos dormidos y sensaciones anestesiadas. Son discos infecciosos
y vitales, dotados con ese espíritu indomable e intensidad que
pueden cambiar una vida joven, cuando llegan en el momento adecuado. Y
desbordan con holgura todos los compartimentos, que armados desde los
prejuicios, pretenden encajonar y segregar esa grandeza que finalmente,
une todas las caras del poliedro que es el rock’n’roll.
Sobre “Porcella”,
el último y prodigioso disco de los canadienses The Deadly
Snakes, siempre se suelen hacer los mismos avisos en las críticas.
Esencialmente pretenden dejar claro que este disco no es un disco “de
garage” a pesar de que ese es el género que venían
practicando sus autores hasta la fecha. Sin embargo, y a pesar de la enormidad
de estos cuarenta minutos de música exultante e irresistible, me
resisto a asumir esa idea. Una idea que pretende establecer por un lado,
que el rock de garage está absolutamente incapacitado para la grandeza.
Y por el otro, que todos los elementos que convierten a éste en
un disco superior, son precisamente los ajenos a las coordenadas sudorosas
de ese subgénero. Desde mi dudosa atalaya proclamo como mentiras
ambas afirmaciones. Es cierto que “Porcella”
no es del todo un disco de garage, como lo pueda ser un “Teenage
Head” de los Flamin’ Groovies, o un “Fire
Of Love” de Gun Club, a pesar de que se note su valioso
influjo. Pero sin duda sí lo puede ser como lo es “Aftermath”
de los Rolling Stones, o “Da Capo” de Love.
Si en ese “Aftermath”, además de r’n’b
repleto de nervio e intensidad, de guitarras febriles y ritmos primarios,
había lugar para sitares, vibráfonos y cuerdas, en estos
Deadly Snakes, encontramos una variedad de recursos e
influencias que convierten a este disco en un festival en sí mismo.
Abren con “Debt
Collector”, en la que el blues convierte ese rock’n’roll
en pura intensidad, chulesco y poderoso, pero cuyos coros parecen propios
de los Bad Seeds más apocalípticos y severos. Son un Deadly
Snakes en manos de André Ethier, el hombre de la guitarra
y los espasmos vocales, aunque Age of Danger comienza a imponer su sello
en unos teclados (órgano hammond y piano cazallero) que le dan
grandeza. Pero es cuando en “200 Nautical Miles”
un cuarteto de cuerdas envuelven una balada marinera, de poderoso lirismo,
que se nos anuncia la amplitud de campo con la que trabaja “Porcella”,
en el que cada corte se encomienda a una divinidad distinta de la música
popular americana del último siglo, de la mano de un teclista que
ha visualizado un disco desbordante y sin horizontes. Y así “Sissy
Blues” recoge una versión diferente del blues,
la alimentada de guitarras eléctricas y arreglos de viento, mientras
que “High Price Going Down” parece
convocar a su deconstructor supremo, a Tom Waits, como lo hará
más adelante y con mayor evidencia todavía “Work”.
“Gore
Veil” aparece como la inesperada joya pop, como la
canción que llama a ser cantada, y adherirse a tu mente, la canción
que te sorprendes tarareando en cualquier momento. Mientras que “So
Young & So Cold” transforma a la banda en una
afinada máquina de soul sureño, en un corte que recoge con
una dignidad inaudita el espíritu de las mejores y más intensas
baladas de la factoría Stax. “Let It All Go”,
versión de un corte creado en su día para Elmo Williams,
es otraa forma de blues, rural y acústico, que despierta el mismo
instinto old-timer que es recogido en “By Morning, It’s
Gone”, una pieza majestuosa de folk festivo y frenético.
En “Oh Lord, My Heart!” la voz de
André y el trabajo de los Snakes remite al mejor y más intenso
Elvis Costello y los más poderosos Attractions, mientras que “I
Heard Your Voice”, pantanosa y ralentizada, deja fluir
una tensión entre doliente y lúbrica digna del mejor blues
de Chicago. “The Banquet” precipita
a la banda a un desbocado frenesí R’n’B, que sirve
de penúltima parada. El broche de oro es “A Bird
in the Hand”, una nueva delicatessen de Age Of Danger,
envuelta de nuevo en unas cuerdas que tan sólo acentúan
el lirismo de una estupenda y penetrante canción.
Todos estos gloriosos
bandazos construyen la clase de disco increíble, de mundo en sí
mismo, que es bien capaz de adueñarse por completo de tu ánimo,
convirtiéndose durante semanas, meses, en un motivo recurrente,
imbatible, necesario. La clase de secreto que no quieres guardarte, la
clase de joya que quieres regalar y recomendar a aquellos cuyo criterio
respetas y, sobre todo, cuyo bienestar te importa. “Porcella”,
como rotunda lección de maestría infectada con la energía
imparable de la pasión juvenil por la mejor música, es un
disco que te recuerda, uno por uno, los motivos por los que el rock’n’roll,
y toda su bastarda parentela, te robaron el corazón una vez. Y,
sobre todo, el porqué esa vez fue para siempre.
ENRIQUE MARTÍNEZ (Julio 2006)
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