( XL recordings , 2005)

Alcanzada la fama, la fortuna y cierta gloria, a estas alturas de la historia el principal aliciente de la carrera del dúo de Detroit es observar como Jack White resuelve las trampas que él mismo se pone. Constreñido por propia voluntad a unos parámetros retro y minimalistas, contando como único sustento creativo con la retroalimentación entre él mismo y la inefable Meg, el Señor White parece siempre enfrentado a una sucesión de callejones sin salida. Y echando mano de tanto ingenio como apropiación indebida, tiene una sorprendente habilidad de salir de ellos.

Al menos, así había sido hasta ahora. Pero también es cierto que cada vez le debería resultar más difícil darse la razón a sí mismo en su teoría de que la necesidad agudiza el ingenio y engendra virtud, y por ello ponerse en situación apurada a propósito. En la actual encrucijada, sentarse en los laureles de su éxito comercial con “Elephant” podría haber sido una solución mercantilmente razonable. Pero hay algo en el puritanismo enfebrecido que posee a White que se lo debe impedir. Por eso, más allá de si supone un éxito artístico rotundo o no, “Get Behind Me Satan” es una obra de riesgo dentro de un orden, de apuestas arriesgadas, de no mirar casi nunca atrás... O más bien hacia adelante. Como renunciando a todo aquello que le ofrece el Diablo, White ha optado por seguir su propia musa y hacerse esclavo de nuevo de sus propias condiciones. Si el primer single y tema inaugural engaña, un “Blue Orchid” de riff eléctrico y rígido, prácticamente el resto de “Get Behind Me Satan” nos muestra a unos White Stripes de piel renovada.

Lo primero que salta por los aires, o que más bien queda casi eternamente en el fondo del armario, es el armatoste eléctrico que Jack emplea como guitarra y tótem. El álbum está construido casi en exclusiva desde el piano, con una persistencia bizarra en el empleo también de la marimba. Pero es ese uso del piano (y el sentido troglodita de la percusión de Meg) el que dota de una claridad melódica cristalina a piezas vibrantes como “My Doorbell”, “Forever For Her (Is Over For Me)”, “The Denial Twist” o “White Moon”, apreciando así la ortodoxia clasicista del libro de estilo de White. Catálogo de influencias que una y otra vez retorna a las primeras cinco décadas del Siglo XX para inspirarse, tal vez alejándose ahora del blues (que aparece sin excesiva fortuna en “Instict Blues”), pero asumiendo coordenadas y modelos igual de anclados en el pasado, como el acelerado folk de “Little Ghost”, proto-rock'n'roll en estado puro.

El disco deja para la posteridad uno de los mejores y más extraños ejercicios de White, la enrevesada “Take, Take, Take”, relato en primera persona del acoso de un fan a Rita Hayworth, y la amargura que su desprecio produce en el cantante. Es una verdadera narración musical en su versión más lograda y uno de los mejores cortes de la carrera de los rojiblancos. Por su parte,“As Ugly As It Seems” se beneficia del minimalismo de su tratamiento: la solitaria voz de Jack, una guitarra acústica y las simples percusiones de Meg. La melodía y la intensa interpretación de Jack quedan plenamente al descubierto.

El disco parece transmitir así una sensación de media cocción, de espontaneidad e inmediatez, una suerte de “Exile On Main Street” particular, tan desmadejado como enigmático, tan retrógrado como atemporal. Así la electricidad retorna casi en la despedida con “Red Rain”, pero no puede evitar dejarse caer en momentos de absurdo vacío sonoro. Y, finalmente, el disco nos deja con una nueva pieza de piano y una nueva confesión de amor amargo, “I'm Lonely (But I Ain't That Lonely Yet)”, de resonancias gospel y completa desnudez emocional.

Dejándolo caer de esta manera despreocupada, con esta aparente indiferencia, Jack y Meg White han construido el que tal vez sea su disco más idiosincrásico y autista, precisamente en el momento en el que el mundo esperaba con mayor atención su siguiente movimiento. Lejos de ser un disco perfecto e irreprochable, y ya se han encargado en otros lugares de hacerlo notar, sin embargo “Get Behind Me Satan” tiene todas las inconfundibles trazas del disco de culto. Porque Jack White es un verdadero torero, que sabe que más cornadas que el hambre dan la abundancia sin honestidad y la fortuna sin gloria.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Septiembre 2005)