(Virgin, 2003)

Una de las sorpresas más deliciosas del año. Cuando en los primeros compases del disco la quebradiza voz y el piano dan paso a un banjo sorprendente y a un repentino estallido de armonías vocales perdidas en un espacio y tiempo ajenos por completo al que en lógica les correspondería a sus ejecutantes, una sonrisa ilumina el rostro interior del oyente. Sinceramente, cuesta creer que estos chicos sean irlandeses y que éste no sea un disco californiano de finales de los sesenta
The Thrills son un quinteto irlandés, cuya media de edad está en la primera mitad de los veinte años, pero absolutamente capaz de vencer el espacio y el tiempo. Un grupo casi imberbe de obsesionados con el pop de Brian Wilson, The Byrds del “Notorious Byrd Brothers” e incluso Bacharch y David. Después de un par de veranos en California, completamente enamorados de esta tierra, han creado un debut exquisito, repleto de canciones sobre la idealizada imagen que ellos tienen de ese sol que no quieren que les roben. Referencias constantes en las letras (“Santa Cruz”, “Big Sur”, Hollywood Kids”) y un sonido que no engaña a nadie.

En cierto modo recuerda a lo que The Band hizo con el Sur de los Estados Unidos: construir desde la distancia del extranjero una imagen de un país. Pero si realmente convence es porque éste es un disco creado por cuasi adolescentes, y lo digo como un elogio. Es difícil tropezar con una música tan sofisticada, con una orfebrería tan detallista y a la vez con una emotividad tan pura y transparente, que se antoje tan sincera y ciclotímica. Son canciones repletas de momentos melancólicos acontecidos en mitad de una fiesta, de aquellos que se producían cuando “ella” (que ni sabía quien eras) se liaba con “aquel”, de cuando “los viejos amigos se enamoran de nuevas amantes” (“Old Friends, New Lovers”).

La quebradiza voz de Conor Deasy recuerda a un joven Neil Young (“’Till The Tide Creeps In”). A veces su grupo recuerda a la versión más acelerada de los Flying Burrito Brothers de Gram Parsons y Chris Hillman (“Say It Ain’t So”). Y como todos estos discos tan retro, tan obvios en influencias y tan poco “innovadores” sólo funciona (y este funciona de maravilla) si detrás de las canciones late una necesidad de hacerlas. Aquí se percibe con rotunda claridad ese inconfundible latido. Absolutamente recomendable.

ENRIQUE MARTÍNEZ