Tom Petty es ya todo un clásico, en un sentido muy amplio de la palabra. A estas alturas su currículum es lo suficientemente extenso en méritos para que lo consideremos como tal. Su estilo personal permanece inamovible e intacto desde siempre, y tampoco es que fuera un prodigio de innovación cuando lo fijó. Y además en sus opiniones y puntos de vista sobre música roza casi la condición de reaccionario (ya sabes: los méritos de un buen grupo para él son buenas canciones y saber tocarlas). Ahora se consagra a otro clásico del rock: la canción protesta. A su modo y motivos, eso sí.

En "The Last DJ" Petty denuncia el estado actual de la industria discográfica, y repasa muchos de los arquetipos que la pueblan. Tiene mérito que tome esta postura y la exprese, pues Petty es uno de los privilegiados de este circo: contrato saneado con una multinacional, papel de estrella consolidada y respetada, ventas más que razonables de discos y tickets de sus conciertos. Pero ya en los primeros años ochenta ("Hard Promises") se enfrentó a su casa de entonces por la subida de precios de los discos. Y también se debe haber dado cuenta que, desde hace ya unos años, los que religiosamente le compramos los discos venimos siendo siempre los mismos, fieles a él porque él lo es con nosotros en la regularidad de sus prestaciones. Petty descubre la ausencia de un relevo generacional en el rock, un desinterés por ese rock que practica él: recio, melódico, transparente, casi retro. Como un John Ford del rock'n'roll, desde una postura románticamente nostálgica y conservadora encuentra un estado de las cosas que le desagrada y lo retrata con simpleza de formas, buen hacer y belleza. El lamento por un mundo que se muere y desvanece, en el que artistas con personalidad eran manipulados y engañados sin dejar de ser ellos mismos, dejando paso a una idea de "progreso" que le repugna y amarga, llena de muñecos teledirigidos y prefabricados. Como suele ocurrir, ese pasado nunca fue realmente el paraíso perdido, pero el presente sí es así de triste.

Petty tiene una idea muy determinada de cómo debe ser el rock'n'roll (desde un punto de vista ético y estético) y la lleva a la práctica con religiosidad. A través de estas canciones repasa algunos de los temas más espinosos del panorama actual, la flora y fauna de este mundillo. En "The Last DJ" la imposición de las Radio-Fórmulas y la muerte de la radio musical libre. En "When Money Becomes King", la esponsorización de los artistas y su pérdida de credibilidad. En "Joe", los artistas prefabricados (con unas estrofas impagables para cautela de "triunfadores" emitidas por un supuesto ejecutivo discográfico: "Conseguidme un chico con una cara bonita/ traedme un chico que recuerde su cuál es su lugar/ un poeta hambriento/ un hijo de perra/ él se hace famoso/ y yo me hago rico". Lo que finalmente no puede evitar es transmitir una idea irredenta, una especie de "resistiré hasta el final" en "Can't Stop the Sun", el cierre del disco. Es parte del encanto de Petty: esa imposible y eterna adolescencia en la que parece atrapado desde siempre.

Sin que sea el mejor de sus discos y claramente inferior a su última entrega (el soberbio "Echo"), "The Last DJ" contiene las suficientes razones para contentar a sus fieles. Como siempre, una producción viva y detallista (él mismo, Tom Campbell y George Drakoulias), una gran banda (Campbell y Benmont Tench), un puñado largo de canciones excelentes, y muy poco relleno. Otra vez su voz, sus melodías y su insobornable actitud. Y además, un valiente ejercicio de libertad y objeción de conciencia de alguien que no lo necesita, pues vive estupendamente. Bien por el viejo Tom, una vez más.

ENRIQUE MARTÍNEZ