 
(Warner, 2006)
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Si existe alguna posición
envidiable en el negocio musical, es la de gente como TOM PETTY.
Veteranos que jamás han conocido las más empalagosas mieles
del éxito masivo, pero que siempre han contado con una audiencia
numerosa, y sobre todo fiel, ajenos a los vaivenes histéricos de
la industria y aposentados en una regularidad digna de los más
fiables coches alemanes, y que han encontrado finalmente un nicho espacioso
y confortable en el que desarrollar, a ritmo pausado, un arte ajeno al
cambio. TOM PETTY representa probablemente el sueño
de todo músico: vida confortable, compromisos limitados y una libertad
creativa que prácticamente no necesita. Aferrado a viejas claves,
a las mismas que lo engancharon a la causa en su adolescencia, una etapa
de la vida de la que nunca ha terminado de salir del todo, Petty va destilando
disco a disco, canción a canción, un estilo que resulta
tan reconocible como autosuficiente y efectivo. La canción de rock,
concebida como algo límpido, enérgico y transparente, un
bálsamo infalible para corazones rotos o nostálgicos, tanto
los que escuchan como los que cantan.
La regularidad de Petty
es tal que algunos críticos del nivel de Ignacio Juliá han
localizado su decadencia en los que a servidor le semejan algunos de sus
mejores discos (significativamente el impagable “Wildflowers”,
o sus anteriores producciones con Jeff Lynne). Sin embargo, ahora algunos
proyectan sobre este “Highway Companion” la
sombra de la resurrección, desde unos discos (“Echo”,
“The Last DJ”) que otros han encontrado brillantes.
En realidad, ese el riesgo con el que juega TOM PETTY:
de tan fiable, se le da por descontado. Es tan fiel a sus señas
de identidad parece requerir que, mientras él permanece inmóvil,
sean nuestras irregulares órbitas las que tengan que sincronizarse
con sus discos.
Desde el último,
“The Last DJ”, han transcurrido cuatro años,
el lapso más largo de su carrera, y desde entonces ha realizado
una curiosa operación. Después de años de colaboración
con Rick Rubin y su equipo de American en el estudio, para el tercer disco
que firma en solitario, retorna a los brazos de Jeff Lynne. Sin embargo,
la producción se aleja de los barroquismos imposibles habituales
en el ex-líder de la E.L.O, de las innumerables capas de voces,
teclados y guitarras que rellenaron hasta la saturación los surcos
de “Full Moon Fever” y “Into the Great Wide
Open”. Asumiendo prácticamente toda la instrumentación
y con la casi única colaboración de su fino guitarrista
habitual Mike Campbell y Jeff Lynne en la instrumentación, “Highway
Companion” se muestra mucho más escueto, a medio
camino entre el sonido recio de la factoría Rubin y la estratosfera
gaseosa en la que flota Lynne.
El disco no se puede abrir
prometiendo más. Un riff en la tradición de piñón
fijo de John Lee Hooker, filtrado por el “On The Road
Again” de Canned Heat, anima la contundente “Saving
Grace”: un rock de carretera al que el prodigioso
sentido melódico de Petty no le resta un ápice de rotundidad
y pulso sexual. Aparece desde sus primeros compases como uno de los mejores
singles de su carrera. Sin embargo, su inmediato sucesor, “Square
One” nos resitúa en el extremo opuesto del
espectro de su libro de estilo: una delicada miniatura acústica,
preñada de una nostalgia imbatible. Y en ella se manifiesta otra
de las pequeñas paradojas que adornan el estilo de Petty, pues
si es capaz de infectar de una peculiar y oculta delicadeza al más
contundente rock’n’roll, su voz siempre ha tenido la misma
facultad extraordinaria que Muhammed Ali de flotar como una mariposa y
picar como una abeja. Entonando líneas que parecen trazarse en
humo, para caer finalmente como un martillo pilón en el corazón
(aquí ese impagable: “Rest your head in me, My Dear/
It took a world of troubles/ It took a world of tears/ It took a long
time/ To get back here”).
Probablemente, la tarea
de situar este disco en el contexto de la obra de Petty resulta fácil:
es uno más, más de lo mismo. Respecto a qué posición
ocupa en el innecesario escalafón, puede resultar algo más
difícil. Se abre fuerte, imbatible, y parece perder algo de gas
a medida que avanza. Pero del mismo modo, y como siempre sucede, algunas
de sus canciones crecen según las dejas contarte sus pequeños,
sencillos, pero entrañables secretos, joyitas como ese “Big
Weekend”, nacidos para sonar en un coche que encara
el anochecer. En un disco repleto de pequeños estribillos memorables
(“Flirting With Time”, “Down South”),
de medios tiempos repletos de vigor (“Jack”, “Turn
This Car Around”) baladas que parecen viejos amigos
que te reencuentras (“Damaged By Love”)
y una catarsis final repleta de lágrimas contenidas (“The
Golden Rose”), la música de Petty, casi más
que nunca, semeja una versión musical del Western. Como un enorme
género construido con reglas muy claras, tanto, que sirven para
hablar de cualquier cosa y, finalmente, siempre de lo mismo.
Esta vez habla de lo que
le importa a estas alturas de la vida a un TOM PETTY,
que como todo hijo de vecino, se ha divorciado, ha perdido amigos, ha
intentado afrontar la vida como buenamente ha podido, ha tenido sus victorias
y sus derrotas, y echa la visa atrás con nostalgia. Y así
ha construido otro disco repleto de ecos de aquellos discos que escuchara
entonces, de esos Roy Orbison, Byrds, Love, Rolling Stones y Beatles que
parece citar tantas veces aquí. Pero también, de ecos de
su propia existencia. Un disco cuyos entrañables ecos resuenan
infaliblemente también en tu interior, animando esas regiones nostálgicas
y sentimentales como el viento hincha las velas cuando pretendes, en vano
alcanzar, un anochecer. Una vez más, una carrera en pos de la magia
del momento, fugaz y frágil, esa eterna meta inalcanzable que da
sentido, y sinsentido, a todo esto.
ENRIQUE MARTÍNEZ (Septiembre 2006)
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