 
(Anti-Epitaph, 2002)
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Nunca es
tarde si la dicha es buena. Y, alabado sea el Señor, este año,
después de tres de espera, después de que en la anterior
ocasión fueran siete, nos tocan dos discos nuevos de Tom Waits.
En esta ocasión vamos a hablar de "Alice", un disco con
una historia particular. Recoge las grabaciones que Waits ha realizado
el año pasado de las canciones escritas en 1.992 junto a su mujer
Kathleen Brennan para el montaje de Robert Wilson de la
obra "Alice", escrita por Paul Schmidt y que explora
la obsesión del matemático Charles Dogson (alias Lewis Carroll)
autor de "Alicia en el País de las Maravillas" y "Alicia
a través del Espejo" por la niña real que las inspiró.
Las canciones que escribieron para el montaje nunca habían sido
recogidas en un estudio de grabación, y tan sólo circulaban
en la forma de grabación pirata de algunas de las actuaciones,
mientras iban haciendo crecer su leyenda de obra maestra perdida.
En consecuencia
"Alice" está fuertemente determinado por su origen
teatral, y si bien la ausencia del libreto hace imposible seguir la historia
de un modo exacto, el tono del disco queda marcado indeleblemente por
su temática. "Alice" es un disco esencialmente
melancólico y romántico, observador compungido y compasivo
de los amores imposibles, de los personajes malditos y marginales, de
los perdedores condenados al fracaso. Ya sea en la obsesión pedófila
de Lewis Caroll por sus ninfas infantiles, en el romance a contranatura
entre un pájaro y una ballena ("Fish and Whale"),
en la historia del cantante que nació sin torso ("Table
Top Joe"), la del hombre que nació con dos caras ("Poor
Edward") o la del ignorado destino de las flores de las tumbas,
sobre cuyas propias tumbas lógicamente nadie pone otras flores
("Flowers Grave"), los personajes que pueblan
los relatos de "Alice" han sido golpeados sin piedad
por la vida. En cierto modo gracias a este nuevo y viejo disco, recuperamos
al Tom Waits de sus comienzos, al romántico incurable de
las tonadas al piano. Pero también es verdad que el tiempo no pasa
en balde, y que la voz desgarrada y la música mutante que surgieron
en "Swordfishtrombones" no pueden desaparecer de repente.
Más infectado de jazz, cabaret y ambientación europea ("Everything
You Can Think Is True",
"Kommienezuspadt",
"We´re All Mad Here"), más decadente y
arrabalero, que su último y rural disco ("Mule Variations"),
la más plácida de las dos nuevas entregas de Waits resulta
una hermosa, pero extraña según los criterios de los demás,
reflexión sobre las incurables enfermedades del corazón,
dotada de sabiduría, clase, emoción y poesía en cantidades
suficientes para ingresar con merecimiento en el monumental canon de Waits.
"Alice",
el tema titular, abre el disco y establece el tono. Jazzy, sinuosa, lenta
y dolida, nos ofrece el punto de vista del protagonista, su incurable
y autodestructiva obsesión. Se está hundiendo y congelando
en un lago, pues ha insistido en escribir reiteradamente el nombre de
Alice con las cuchillas de sus patines sobre la superficie helada, y ésta
se ha resquebrajado, precipitándole a una muerte segura que, sin
embargo, parece incapaz de matar su obsesión, pues cita a Alice
"en algún lugar en el mar". Esta obsesión
hila el resto del disco en "Watch Her Disappear"
y "I´m Still Here", hasta el final irresoluto
que es "Barcarolle", en la que deja claro que él siempre
pertenecerá a Alice. Mientras, la galería de desgraciados
personajes secundarios va haciendo su aparición. En el puerto,
en imposibles tabernas, en las cunetas de las carreteras por las que transitan
sin pausa los ganadores, sus relatos dan vida y sentido a los nuestros.
Y así,
a través de estas canciones, de su empática capacidad de
interpretación, de su personal punto de vista, de su extravagante
pero sobria maestría para manipular lenguaje y música hasta
dotarlos de vida propia, Waits ha vuelto a escena para complacer a los
paladares más exigentes y dar un poco de profundidad al liviano
y vacuo panorama actual. Y para traer, también, un poco de compasión
y simpatía por los que son diferentes en estos tiempos tan crueles
e inquisidores. El hombre que ha decidido vivir y crear a su manera, encuentra
en las soledades ajenas, reales o inventadas, el nexo de unión
con un público que no puede por menos que dejarse llevar, una vez
más, a los lejanos lugares que le señalan y acompañar
a los extraños personajes que le presentan. Porque Waits siempre
consigue que sean tan reales, tan vivos, tan extraños como la vida
misma. Pero siempre también, mucho más interesantes.
ENRIQUE MARTÍNEZ
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