(4AD, 2006)

Algunos somos así de raros. Y por eso, cuando nos dijeron que Nueva York hervía de actividad y que nos encontrábamos ante una nueva hornada de bandas genuinamente neoyorquinas, frescas y excitantes, no pensábamos en lo que finalmente nos han ofrecido. Fantaseábamos con bandas con olor a asfalto, pero también con tendencia “arty”, sanamente pretenciosas, moderadamente radicales, finalmente excitantes y con un marchamo evidente de novedad. Pensábamos en algo diferente a una papilla reciclada de sonidos que ya surgieron de esa misma ciudad décadas atrás. Visionábamos bandas con discurso y nervio, con enjundia intelectual y estética. E imaginábamos flamantes discos de debut, que no se parecieran entre sí, que dieran a entender que todavía quedan abiertas multitud de vías para el rock.

En realidad, nos acordábamos de otros tiempos. Tiempos, que la verdad sea dicha, nosotros no vivimos en carne propia. Pero recordábamos los relatos orales y escritos de la radicalidad, de la diversidad de aquellas bandas de mediados de los años setenta, que fueron caldo de cultivo de tantas cosas y que consiguieron incluso asaltar las listas de ventas desde unos presupuestos casi underground. Nos acordamos de aquellos mitos recurrentes, y la verdad es que no identificamos lo mismo en los nombres que hoy tanto resuenan (aunque cada vez menos), precisamente por su propia obsesión con aquel mismo pasado. Al margen de la ocasional brillantez de algunos discos, o canciones, y del entretenimiento que proporcionan, finalmente nos dicen lo mismo que cualquier otra banda surgida en cualquier otra ciudad. Ese peculiar marchamo que debe proporcionar Nueva York, ese aroma, no se encuentra por ningún lugar.

Pero sí se encuentran en TV On The Radio, que precisamente son esa “otra cosa”: la genuina banda neoyorquina, tal y como la intuimos más que imaginamos. Es decir, la clase de banda que reconocemos desde la incomprensión y la sorpresa inicial. Una banda que no se define, pero que se identifica, caminando la delgada línea entre el arte y ensayo y el pop, que recoge diversas tradiciones sin que se pueda fijar su filiación. Una banda que exhibe un futurismo que no lo es tanto, porque suena absolutamente contemporánea, desplegando la clase de sonido que probablemente corresponda al aquí y ahora, pero que no concebías hasta que tomas contacto con él por vez primera.

TV On The Radio, por ejemplo, exploran de una manera nueva su condición de banda racialmente mixta. Toman ventaja de contar con unas voces que se manejan con soltura en tradiciones negroides diversas como el gospel, soul y Doo Woop, para que las mismas queden envueltas en una densa maraña sonora que recuerda, entre otras cosas, a los Talking Heads más atmosféricamente producidos por Brian Eno, los de “Fear Of Music”, o al Prince más electrónico, el de “Sign O’ The Times”. Con un segundo álbum que resulta más radical, menos comercial, que su deslumbrante debut, “Desperate Youth, Blood Thirsty Babes”, el combo capitaneado por los vocalistas Kyp Malone y Tunde Adebimpe, y el multiinstrumentista y productor Dave Sitek, entrega una de las obras más completas de año. Atmosférico, melódico, onírico y rítmico al mismo tiempo, “Return to Cookie Mountain” presenta lo que más se desea recibir y más caro se hace de oír: el disco como experiencia total, en un glorioso estéreo que más parece technicolor.

Abriendo con las ráfagas huracanadas de sonidos sintéticos de “I Was A Lover”, los cortes escritos por Malone y Adebimpe se alternan uno detrás de otro, entremezclando con naturalidad pasmosa atmósferas industriales con ritmos tribales (“Playhouse”), melodías pop con voces gospel (“Province”, con la colaboración de David Bowie), torch ballads con baños de electrónica densa y tensa hasta la solidez y vientos exuberantes (“Blues From Down There”), Doo Woop con ambient y falsa World Music (“A Method”), etc. De hecho, en esta ocasión prácticamente no hay cañonazos que puedan hacer las veces de single, con la posible excepción de la poderosísima “Wolf Like Me”. Acentuando así aún más la tendencia experimental de una banda que tiene tanto en la superficie como en el fondo, que ofrece tanto en un primer contacto, como después de desentrañar y descifrar, en la medida de lo posible, sus complejas ecuaciones.

Finalmente, “Return to Cookie Mountain” transmite sensaciones, certezas, que muy pocos discos son capaces de provocar. Desde que lo escuchas por vez primera, desde que la gloria redentora de “Tonight” y “Wash The Day” culmina el recorrido, tomas plena conciencia de que estás ante un disco que servirá durante décadas para tomar el pulso de la mejor música pop confeccionada en el año 2.006, y que será también fuente de inspiración para los más inteligentes aventureros que vengan detrás. Un disco hecho de esa pasta inconfundible. Un clásico moderno, que se dice.

ENRIQUE MARTÍNEZ (ENERO 2007)