 
( one little indian
- discmedi , 2006)
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No es el modo habitual
de referirse a un artista de rock, pero a estas alturas resulta evidente
que Greg Dulli es, sobre todo, un autor. Es decir, un
creador aferrado a unas constantes y claves, a unas obsesiones, a una
serie de temas recurrentes y recursos de estilo, y engrandecido finalmente
por la manera en que ha conseguido hacer encajar todos estas piezas. Y
así varias veces nos ha ofrecido la que parece ser una misma obra,
versiones de un mismo relato. Una historia de caída en el pecado,
epifanía, penitencia y redención; una entrada en el túnel
interior de su propio lado oscuro, azarosa travesía, y llegada
a la luz. De algún modo, si hemos podido intuir que en esas historias
se ha desdoblado y proyectado en personajes, la inconfundible potencia
confesional de su música nos llevaba al convencimiento pleno de
que, en realidad, él mismo estaba detrás de todas aquellas
máscaras. “Black Love”, “Twilight as
Played by The Twilight Singers” o “Blackberry Belle”
tenían la inconfundible condición de oculto auto sacramental,
que lejos de tratar las tinieblas amorosas como un juego de culpas de
ida y vuelta, como hicieran “Congretation” o “Gentlemen”,
se construían sobre el reconocimiento de que la responsabilidad
propia es la única asumible y por tanto, la única que abre
la posibilidad de redención de los propios actos.
¿Y en está
ocasión cómo se nos vuelva a hablar de lo mismo? ¿Qué
escenario acoge este remake? ¿Cuál ha sido la chispa que
ha prendido esa llama eterna? Pues observando el libreto que contiene
las letras, con un fondo de perfiles de mapas y planos de lugares como
Colombia, Perú, Nueva Orleáns y Los Ángeles, y las
declaraciones del propio Dulli, ya sabemos qué
adicción nos ocupa ahora. “Powder Burns”,
título que se refiere a las quemaduras de pólvora que en
la ciencia forense determinan la distancia de un disparo, es el disco
en el que Dulli explora, proyectándose en múltiples
voces, su enganche a las drogas, al polvo que quema. Y asimismo, como
disco grabado y escrito en Nueva Orleáns antes e inmediatamente
después del huracán Katrina, es un nuevo ejemplo de proyección
de Dulli en otro personaje; en este caso en el organismo
vivo y castigado de su ciudad predilecta. Si desde las ruinas interiores
y exteriores cabe reconstruir la victoria de una nueva vida, este renacer
de las cenizas, o al menos su esperanza, es el motor que alimenta el pulso
de “Powder Burns”.
Dulli
afirma, y así se nota, que durante el disco (al parecer, el primero
que ha creado “limpio”) ha decidido desdoblarse en varias
voces, ejercicio habitual, que relatan la transición del personaje
central, que no es otro que él mismo. Desde la perspectiva abusiva
del que vende (“Forty Dollars”),
y la catástrofe del que ya no comprará más (“Bonnie
Brae”), la angustia del que no querría tener
que hacerlo (“I’m Ready”),
y la culpa del que ya ha comprado (“Candy Cane Crawl”)
lo que venimos a contemplar son las piezas de un puzzle, que convenientemente
reconstruido, muestra el cuadro completo. Y en él se palpa esa
inconfundible sensación de esclavitud, de bucle culpable, de arrepentimiento
débil e incapaz de tomar las riendas, hasta llegar a la encrucijada
en la que la opciones son más claras de lo que parece, pero la
fuerza para asumirlas, no tanto.
En lo relativo a la producción,
este es el disco en el que Dulli con mayor convencimiento
ha procedido a construir un genuino “Wall of Sound”, tan denso
que en el contacto inicial incluso se hace casi impenetrable. En los primeros
momentos, tras el instrumental suntuoso de “Towards
the Waves” nos ataca con un riff atronador y tenso,
como nunca lo habíamos oído desde los lejanos tiempos de
“Black Love”, pero envasado al vació,
en una cámara a presión de voces e instrumentos comprimidos
que lo hace casi industrial. Así se nos advierte de dos detalles:
el primero que cuando toque, y toca bastante, escucharemos el rock más
duro realizado por Dulli desde hace muchos años; el segundo, que
“Powder Burns” nace envuelto en una producción
barroca hasta límites insospechados, casi desnaturalizada. Y para
acabar de rematarlo, en varios cortes (“There’s
Been an Accident”, “Underneath the Waves”, “Powder
Burns”) esta contundencia vendrá de la mano
de unas estructuras enrevesadas, que remiten a The Who, con constantes
cambios dentro de una misma canción. Y si el sonido deviene en
muchas ocasiones denso, las letras, a pesar de su evidencia autobiográfica,
se proyectan hacia una mayor abstracción, en la que lo que intuimos
que estamos tratando se localiza, más que nunca, entre líneas.
Dulli
esta vez no sólo referencia a otros (por ejemplo, en “Forty
Dollars”, pieza central del drama, cita “She
Loves You” de The Beatles), sino incluso a sí mismo. Existe
una evidente sensación de familiaridad en el modo en el que se
construye el sonido, en como una guitarra minimalista e hipnótica
lleva todo el peso de un corte gigante como “Bonnie
Brae”, en como el soul impregna “Candy
Cane Crawl” o “Dead To Rights”,
en como el funky esculpido en piedra de “My Time (Has
Come)” parece saludar a “Going To
Town”, en la intimidad acústica de “The
Conversation” envolviendo una confesión a la
luz de las velas, en como la épica de la titular “Powder
Burns” se dispara hacia una estratosfera similar a
la de “Faded” con la ayuda de las
cuerdas, y en los delicados vientos nocturnos de “I
Wish I Wash”, que se convierten en un homenaje definitivo
a la gloria y ruina de Nueva Orleáns. De este modo, la interesante
participación de invitados ilustres como Ani Difranco,
Joseph Arthur o Scott Bennett resulta por ello incapaz de diluir
el sello de autor.
Hay algo que siempre engancha
en este mismo y único relato. O en la verdad única que,
sobre nosotros mismos, iluminan los que son relatos diversos. Tal vez
sea ese reconocimiento de la parte trasera, esa cualidad de espejo fiel
que lo refleja absolutamente todo, incluso aquello que permanece oculto,
no sin un cierto esfuerzo. Como dice Dulli, todas las
adicciones vienen a ser lo mismo, un modo de anestesiar la existencia
mundana, una vía de escape. Los discos de Dulli
parecen ser exactamente lo contrario, la némesis de esas vías
de escape, porque no hace más que mostrar con crudeza la realidad
de nosotros mismos. Y, sin embargo, devienen poderosamente adictivos.
Tal vez este chute de realidad intangible pero indiscutible, no sea más
que otra poderosa droga.
ENRIQUE MARTÍNEZ (Junio 2006)
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