(Columbia Sundazed, 1968/2004)

Si el pop es un eterno proceso de reciclaje y una constante vuelta sobre sí mismo, la demostración viva del movimiento circular del tiempo, existen pocos periodos más fértiles para proceder a estas operaciones de indulgencia, pocas vetas más ricas para ser excavadas por enésima vez, que ese periodo mágico que es el último lustro de los años sesenta. De una manera u otra, escogiendo una fuente u otra, en ese lustro de oro se localiza el alimento de la inmensa mayoría de lo que escuchamos y hemos venido. Se le puede dar muchas vueltas, e incluso maldecir esta realidad tan tozuda, pero es lo que hay.

A partir de ahí se explica el inagotable proceso arqueológico al que se ven sometidos los archivos de los sellos discográficos, en la búsqueda no sólo de la mejor manera de presentar lo por todos conocido, sino además de aquello que en su momento pasó sin conocer la gloria para después habitar el olvido. En todas la épocas han cocido habas, y músicos y proyectos de genuina valía se han visto, por su propia anticomercialidad o por pura mala suerte, relegados a la cuneta. Y sellos tan especializados como Sundazed son los mejor preparados para darle una segunda vida. Este único disco de los United States of America, que cuenta con una considerable leyenda y cuyo personal sonido ha sido saqueado sin piedad por nombres ilustres de los últimos años como Stereolab, por fin llega a nuestras manos en unas condiciones óptimas, en una de esas reediciones que da verdadero gusto comprar.

La historia fugaz de los United States of America tiene algo de sintomático de aquellos tiempos, de la gloriosa locura que había poseído a la industria; incluso a empresas tan sospechosas de conservadurismo como Columbia, que animada por el éxito de artistas a contracorriente y arriesgados como Byrds, Bob Dylan, Spirit, y un largo etcétera, entró en un periodo de fichajes alocados, de apuestas de riesgo. No todas rindieron frutos comerciales, pero juntas dibujan un catálogo lleno de tesoros como éste. Formados en 1967 alrededor del fatuo Joseph Byrd, cruelmente retratado por él mismo en las notas interiores como un tío insoportable, y por entonces un compositor introducido en los circuitos académicos y del Avant Garde y música contemporánea de Nueva York y de su antigua pareja sentimental Dorothy Moskowitz, trasladados a Los Angeles, y reunidos de nuevo con la sospechosa intención de formar un proyecto de rock.

Así, la formación de los United States Of America resultaba una conjunción de flores transplantadas del invernadero vanguardista a la selva pop sin mayor conocimiento de causa, imbuidos siempre de un cierto esnobismo. Acompañados por Gordon Marron al violín electrificado, Rand Forbes al bajo y Graig Woodson a las percusiones, con Byrd asumiendo los teclados y Moskowitz entonando en una cercanía evidente con Grace Slick de Jefferson Airplane, sin verdaderos conocimientos de música rock, y aplicando sus artes adquiridas en otros terrenos, el inestable conjunto consiguió un insospechado contrato con Columbia y construyó asistidos por el productor David Rubinson una obra maestra de la psicodelia. El disco no recibió el apoyo necesario de la discográfica, tal vez por las previsibles veleidades comunistas de Byrd, y la formación se rompió. Finalmente Moskowitz, que pretendía una dirección más comercial, fracasó en su intento de construir una banda más convencional bajo su dirección y bajo el mismo nombre, cuyos apreciables frutos aparecen recogidos también aquí.

El único disco finalmente publicado ha permanecido desde entonces como una referencia de culto, y sin duda lo ha merecido. Tejiendo una disonante red, “The American Metaphysical Circus”, con un ritmo quebradizo y ralentizado da el primer aviso: “Si el precio es justo/ el coste de una ignición es tu mente”, anunciando el festín psicodélico que pretende ser. El sonido de los USA resulta aún hoy extraño, característico a más no poder, con esa carencia de lo más tópico del rock, la guitarra eléctrica, adornado en su lugar con un peculiar violín tratado con un modulador pionero en la época y repleto de teclados y sintetizadores de nuevo cuño, atronando por momentos y en otros asumiendo la forma de nube psicotrópica y estupefaciente. Una idiosincrasia particular que se convierte en la fuente de su capacidad de seducción. Los ejercicios de estilo de Byrd para intentar componer canciones pop, culmina con una mayoría de aciertos, en un disco excelente y especial, y que hubiera resultado mejor incluso con una selección más juiciosa del material disponible si atendemos a los bonus tracks, que, esta vez sí, mejoran, amplían y redondean el álbum original.

El paso a la agresiva y frenética introducción de “Hard Coming Love”, que parte del atronador sonido que les hizo célebres entonces para llegar a una melodía pop de puro Jefferson Airplane, puntuada con extravagantes pausas. Ésta tal vez sea la más sólida de las fórmulas ensayadas por Byrd y compañía. No sólo se repite con éxito absoluto en “The Garden of Earthly Delights” y “Coming Down”, dos de las joyas del disco original, sino que las fantásticas “No Love To Give” y “You Can Never Come Down”, dos de los extras incluidos en esta reedición, hubieran supuesto una perfecta sustitución de los cortes más débiles, como la pueril “I Won't Leave My Wooden Life For You, Sugar”, los disparatados cantos gregorianos de “Where Is Yesterday” y el estéril pastiche Beatle de “Stranded In Time”.

La música flotante de “Cloud Song” es otra joya a tener en cuenta, y que en conjunción con “Osamu's Birthday” (otro de los incomprensibles descartes) muestra el lado más vanguardista y arriesgado de los USA. Sin embargo, en realidad es en el medley final, una suite de tres movimientos, un completo trip que responde al título de “The American Way of Love” y sobre todo en la hermosa balada “Love Song For The Dead Ché”, donde los USA encuentran un soporte perfecto para desarrollar todo su potencial, la completa extensión de recursos originales que hubieran podido aportar al pop psicodélico si hubieran logrado sobrevivir a sí mismos. La combustión casi espontánea del quinteto y el rotundo fracaso comercial del álbum convirtieron a este disco en otra de esas rarezas para sibaritas que tanta satisfacción produce conocer. Ofrecido ahora de modo que dibuja la medida exacta de su grandeza, se convierte así en una nueva oportunidad para el eterno retorno a los años sesenta. Ya sabes que, en realidad, resulta inevitable.

ENRIQUE MARTÍNEZ (diciembre, 2004)