( Acuarela, 2005 )

Todos los fans tenemos ahí nuestras espinitas particulares respecto a grupos y discos que no han logrado el reconocimiento e importancia que, a nuestro entender, deberían. Una de las mías es VIVA LAS VEGAS, un proyecto formado por Jose Luís Aguado y Frank Rudow (ambos también en MANTA RAY) que con su debut homónimo logró abrigarme, allá por el invierno de 2002, con aquel manto de rock retirado e hipnótico, resuelto a tan baja fidelidad como velocidad y que hilaba -fino, sensible y clarividente como pocos- por los juegos de luces de esa enfermedad llamada amor. Quién sabe si fue por su monócroma concepción, por su condición de “proyecto paralelo” o porque definitivamente la crítica no atinó en esta ocasión, pero lo cierto es que este trabajo pasó injustamente semi-desapercibido, quedando como una pequeña gran joya a descubrir.

“ 2” , el nuevo álbum del ahora trío (se ha incorporado de Ismael Maimuny), se extiende por la misma planicie de rock susurrado, desarrollos en círculos concéntricos y atmósfera de recogimiento. Ocasionalmente alterado con descargas de ruido (bien tamizadas como las que sustentan el preciosismo de la crepuscular “El sol de cayó”, bien a chorro como en ese hurto al riff de “I wanna be your dog” deformado en la catártica “Cometí un error”), el discurso del grupo cuenta ahora también con la eventual intervención de Sara Muñiz a la viola, que crea preciosos ropajes como los de la instrumental “A Sara”. Todo ello se entrecorta constantemente por la épica resquebraja de un Jose Luís como siempre inmenso, exponiendo a preciosos trazos poesía minimal esos obsesivos monólogos interiores de reafirmaciones y reproches, de esa confusión que asalta de continuo a quien tiene el defecto de preguntar y de cómo sacar flote los anhelos y deseos en el océano de tiburones en el que, sí, al final no has podido evitar navegar, mareado en tu maltrecha balsa de treintañero.

“Tal vez quizá pueda usted decirme quién soy / creo yo que soy normal, pero me dicen que no” entona Jose Luís en “Mis tres dudas”, el tema que inaugura el disco, dejando caer eso que no te creías cuando te lo decían: que se está todavía más perdido en los treinta que a los veinte. No hay ahora un “El Guardián Entre El Centeno” al que agarrarse ni tu colección de discos y películas valdrá más que para sentirte especial en tu otra vida, líneas como “Sí, cometí un error al tratar de agradar a ciertos desconocidos / y ahora soy más cauto con los extraños, con la amistad rápida” (“Cometí un error”) o “Vengo a reivindicar mi derecho a usar/ el cinismo como herramienta para seguir avanzando” (“Cínico”) hablan sin rodeos de la vida de verdad: de cómo se lleva uno una hostia y cómo jura que será la última. Eso que prometimos que no íbamos a hacer y que, ahora, más por supervivencia que por vocación, empleamos a regañadientes descreídos y precavidos en este mundo de sonrisas, modales y “formas” con el que intentamos mantener el menor contacto posible, para poder retornar pronto al SITIO. “Ese pequeño rincón del mundo que es nuestro” que se entona en “Descanso” invocando al purificador amor infinito, sin concesiones ni medias tintas donde “transformar cansancio en horas que no han de pasar” . Probablemente sea éste el único lugar en el que poder aparcar el desencanto que impregna todos y cada uno de los minutos del disco, que bien podría ser la crónica existencial de una de esas personas silenciosas y vulnerables, que callan mucho más de lo que hablan. Y que, aún sabiendo que es mejor así, siempre les queda la duda y el resquemor suficiente como para grabarlo en un disco y ponerlo a nuestra disposición como quien le coloca un espejo al alma.

JAVIER BECERRA (Agosto 2005)