(Birdman records-everlasting, 2003)

Siguiendo el rastro de los elogios y las referencias a influencias bien escogidas se ha llegado a esta estupenda banda y a este, su segundo larga duración. Un octeto californiano (es decir dos baterias, una bajista, cuatro guitarras y órgano) que ha recogido su propio nombre de las primeras formaciones de dos bandas míticas, con las que además tienen bastante en común: The Grateful Dead y The Velvet Underground. Reseñados con cierto entusiasmo hace unos meses en Mojo, comentaban ellos mismos que este elevado “número físico” de músicos resultaba importante para poder generar en toda su pompa y esplendor el sonido que imaginan. Es decir, el mejor pedazo de psicodelia dura y oscura desde el infravalorado “Dopes To Infinty” de Monster Magnet (eran otros tiempos, cuando el rock todavía no había “vuelto”).

Si un disco cuenta con dos cortes con títulos como “Shake The Dope Out” y “The Dope Feels Good” y con una colaboración de Sonic Boom, uno ya puede imaginarse por donde van los tiros. The Warlocks acumulan drones, acordes hipnóticos y capas de ruido en las que enterrar sus canciones, buscando la estupefacción ajena, porque seguramente a la propia ya han llegado antes. ¿Referencias?: piensa en la Velvet Underground de “White Light/White Heat”, en Spacemen 3, en los Stooges más rallantes, en 13th Floor Elevators, en Hakwind, en los Jesus & Mary Chain cuando se hundían en el agujero, en oscuras pesadillas producto de un ácido en mal estado que estos desaprensivos colgados prefieren al bueno. Denso, lisérgico, de cadencia mayoritariamente lenta y pesada, aunque con algún fogonazo pop o de rock’n’roll con nervio entrevisto entre la espesa niebla (“Baby Blue”, “The Dope Feels Good”, “Moving and Shaking”, “Stone Hearts”), “Phoenix” apunta hacia grandes alturas que nombres con más hype de la “posmodernidad” o con más “respeto” de los sectores auténticos de estas tierras, no parecen que puedan alcanzar.

Hay una arrogancia en los primeros compases de “Shake The Dope Out”, los que inauguran el álbum que explica esto. También en la cadencia lisérgica de “Baby Blue”. Ésta es una banda sin complejos, que posee la fe ciega de aquel que cree con fervor. Ellos no te piden perdón por sonar así de retro o por ser tan obviamente derivativos. No parecen haber buscado una coartada de última moda, ni siquiera un “pack” completo de imagen y sonido que los justifique o que los sitúe en las revistas de tendencias, aunque todo esto puede llegar. En “Phoenix” se percibe que esta música fluye natural desde los altavoces, que hay ocho mentes más o menos aturdidas en pos de la visión de Boby Hecksher (cantante, guitarrista y líder) de una idea, simple sin duda, pero convincente. La complejidad que en ocasiones alcanza su música es producto de la acumulación de simplicidades hasta la saturación. Intuición pura y dura, naturalidad de quien lo ve como la única manera de hacerlo.

No sé exactamente si por lo buenos que son, o porque a mí ahora mismo me apetecía precisamente esto, pero no puedo menos que decir que The Warlocks se están convirtiendo en uno de mis grupos predilectos. Por lo que sea, las vibraciones que emiten cortes como “Shake The Dope Out”, “Baby Blue”, “Hurricane Heart Attack”, “Stickman Blues”, “Cosmic Letdown”, “Inside Outside” y a la inabarcable “Oh Shadie”, pese a no ocultar su origen, suenan propias, originales, excitantes y de algún modo, incluso nuevas. Son una banda tremenda, y prometen volver con más y mejor. Apúntate a tiempo.

ENRIQUE MARTÍNEZ