( Mute, 2005)

Continúa la aventura maximalista y desquiciada del inquietante Bobby Hecksher. Tras “Phoenix”, llega su tercer álbum, otra incursión en un mundo repleto de psicodelia, ruidismo a lo grande, referencias retro y dudosos estilos de vida. “Surgery” es un nuevo viaje por un lado oscuro, más oscuro tal vez que nunca, y otra exhibición de poca originalidad y mucho, mucho, oficio. Un estupendo disco de rock turbio, que no pretenden enseñar nada nuevo, pero que tampoco lo necesita.

Desde las últimas noticias sobre ellos, la volátil formación de The Warlocks ha sufrido nuevos cambios. Danny Hole ha abandonado a mitad de la grabación uno de los dos taburetes de baterista, y es suplido por Robert Mustachio, mientras que Jennifer Fraser asume ahora las cuatro cuerdas. En total y en esta ocasión, son siete las fuentes de ruido (tres guitarras y un órgano sumados a la hiperpoblada base rítmica) a pleno rendimiento y ligeramente redireccionadas. Porque el nuevo disco renuncia a la inmediatez y al nervio que adornaba “Phoenix”, reduciendo el número de fogonazos a los dos inaugurales, “Come Save Us” y “It's Just Like Surgery”, que sí hacen pleno uso de las potencias que alimentaban sus pequeños “hits” anteriores como “Shake The Dope Out”. Mientras que el resto del disco discurre por otros derroteros, construyendo con parsimonia un “trip” alucinado y onírico, mediante psicodelia y un clasicismo en las melodías que se remonta más atrás todavía.

Las estructuras que adornan cortes lentos como “Gypsy Nightmare”, “Evil Eyes Again”, o ya con completo paroxismo “Angels In Heaven, Angels In Hell”, parecen entresacadas de los años cincuenta y primeros sesenta norteamericanos, grupos vocales como The Orioles o “girl bands” como las Shirelles. Supongo que la innegable influencia de los primeros Jesus & Mary Chain tendrá mucho que ver, y Hecksher a su vez parece, en el fondo, un compositor natural de pop. Este elemento y un desarrollo de atmósferas recargadas y expansivas, con el gusto continuado por el drone, la espiral subterránea obsesiva y las capas acumuladas de ruido, sirve de banda sonora a lo que parece el retrato de una enorme resaca, entendida en un sentido amplio, casi existencial. Un disco, en definitiva, de caída desde supuestas subidas, en las que la patología del desamor ha sido tratada a su vez con sustancias de dudoso efecto terapéutico. Una colección de canciones que, observadas como un todo, parecen una suerte de pase de cuentas, de factura. Y el precio debido parece ser un trozo importante de la salud mental de Hecksher Si es que jugamos el juego, y debemos creernos lo que no deja de ser una fantasía más de rock'n'roll

En ocasiones el disco parece deshacerse y perder la forma, sin una intensidad constante que sostenga una sustancia líquida, carente de una estructura firme que la encauce. Pero esa una sensación que resulta, en realidad, mutable, muy dependiente del momento preciso en el que lo recoges. Lo que, sin duda, resulta evidente es que no es un disco para todos los públicos, sino para algunos muy específicos que han encontrado antes su hogar ocasional (no queramos creer que permanente) en una tradición de música “oscura y redentora” en palabras de Bobby Gillespie, basada en la confrontación voluntaria con la confusión mental. Y, por eso mismo, no es un tampoco disco para todos los momentos. Pero cuando corresponde, y para quien corresponde, está por completo a la altura del reto.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Diciembre 2005)