(Xl - Everlasting, 2003)

Puede resultar difícil comprender algunas de las cosas que están sucediendo a su alrededor, pero a los White Stripes se les entiende a la primera. No sólo porque son totalmente claros y transparentes sobre sus gustos en intenciones, y Jack White tiene todo su discurso completamente articulado, y expuesto. Uno puede estar en desacuerdo con algunas de las limitaciones que, en pos de la pureza, se impone el propio White, o dudar que su verdadero talento justifique tanto hype. Pero sin duda los White Stripes son una banda notable, con una combinación muy sugestiva de imagen, sonido y actitud. Que hayan recibido tanta atención tiene seguramente más que ver con la extraña coyuntura que vivimos y con ese cóctel que he citado. Pero ésta es una crítica del disco solamente.

Mi principal problema con la música de los White Stripes es que algunas de las querencias de White por las formas del blues más rústico desnaturalizan su música. Es decir, en su reaccionaria defensa de ciertas opciones, parte de la base de que el tiempo permanece estático. Si en los años sesenta la recuperación por los músicos británicos de los encantos misteriosos del blues recién trasplantado de los campos del Sur al asfalto de las grandes urbes, con todo aquel imaginario que hablaba de "hombres de la puerta de atrás", "amuletos", "gallos rojos" y de los poderes sobrenaturales del "séptimo hijo" todavía podía ser más o menos comprensible como jerga por su potencial oyente, hoy ya nadie está en estas cosas.

Aquellos artistas británicos (Kinks, Yardbirds, Led Zeppelins, Rolling Stones, Cream) son algunos de los precedentes inmediatos, influencias claras para los Stripes, que por ejemplo en este disco suenan por momentos más Led Zeppelin que nunca. Y es cierto que el espartano método de los Stripes (estudio de ocho pistas, con material exclusivamente analógico) recupera viejos recursos, basados en el espacio abierto y en el silencio expresivo, que sin duda a veces se echan de menos. Pero en ocasiones, con tanta declaración de intenciones, con tanta formulación posmoderna, con tanta coherencia estética, los discos de The White Stripes parecen más pensados que sentidos, lo que si estamos hablando de rock'n'roll rudo y de blues puro, no es un elogio precisamente

Por eso todo es mucho mejor cuando se dejan llevar. Cuando en "Seven Nation Army" Jack recurre a un remedo artificial de bajo (guitarra con efecto) para que con ayuda de la propulsiva percusión de Meg pueda plasmar en uno de los singles del año toda la paranoia que le produce haberse convertido en el centro de atención de la prensa mundial durante el año pasado y parte de éste. O cuando se dobla cien veces la voz en "There's no Home for You Here". O en la serie consecutiva que es el nudo del disco, con Meg White convertida en Moe Tucker en "In the Cold, Cold Night", con la excelente melodía y la mortal ironía de "I Want to Be the Boy to Warm Your Mother's Heart", o en la desnudez de "You've Got Her in Your Pocket", cuando parece el fantasma de Skip James en el Siglo XXI, después de haber escuchado a los Beatles.

Hay más música notable en "Elephant". La versión de "I Just Don't Know What to Do with Myself" de Bacharch, los fogonazos garageros de "Black Math", "Hypnotize" y "Girl You Have No Faith in Medicine", el dinamismo de "The Hardest Button to Button". Los "hermanos" White no nos han entregado un disco impecable, pero hay suficiente clase y coherencia en "Elephant" para absolverlos de complicidad con sus propios apologetas, a muchos de los cuales uno nunca imaginó escuchando exhibiciones de hard blues dignas de aparecer en los primeros discos de Led Zeppelin como "Ball & Biscuit" o "Little Acorns". O chistes tontos a cuenta de los Rolling Stones de "Beggar's Banquet", como "Well It's True that We Love One Another".

Misterios estos sin resolver por mentes simples como la mía. Sin embargo da la impresión de que sí que Jack y Meg saben muy bien cuál es su verdadero papel en este juego. Suerte.

ENRIQUE MARTINEZ