(Dress up-Polydor, 2003)

Algún día habría que estudiar el papel de las revistas de tendencias y su influencia en la escena musical. La manera en la que las fronteras entre una cosa (moda) y otra (música) se diluyen hasta entremezclarse. De un modo un otro, en la actualidad la paranoia del fan purista, de aquel que llegó al rock’n’roll huyendo o exiliado del otro modo, que o bien lo rechazaba o bien no le llenaba en su frialdad, se dispara. Una sucesión de nombre puestos en la palestra por su acertado manejo de todos los resortes, mientras las modas retro queman década en cuestión de meses, abruman a cualquiera y afilan los cuchillos de la “autenticidad”.

Uno no se atreve a aventurar que hubiera sido de los Yeah Yeah Yaehs si su guitarrista Nick Zinner no se peinase de esa manera y, sobre todo, si su cantante Karen O no tuviera una imagen tan poderosa y retro-original. Probablemente no se hubiera producido la mitad de ruido, ni hubiesen tenido ni la quinta parte de prensa antes de la llegada de su (no lo olvidemos) primer álbum. Y tal vez su vida útil no resultaría tan breve como parece que va a resultar. Con las primeras referencias sonoras que llegaron, el interés del que suscribe era sincero y verdadero. Había una cierta energía en su música, un filo cortante que le dotaba de cierta entidad. Pero poco a poco, la paranoia se disparaba, para qué ocultarlo.

Llegado “Fever To Tell”, definitivamente disparada la máquina propagandista ajustar el juicio se convierte en una labor algo difícil. ¿Responden a las expectativas?¿Está su música a la altura del papel que les han dado?¿Son de verdad o de mentira?

Pues cabe decir que vencen a mi paranoia. Que estén o no a la altura, que sean de verdad o de mentira son cuestiones que se me escapan. Pero en líneas generales “Fever To Tell” es un pedazo de muy buen rock’n’roll, que sin ocultar una infinidad de referencias e influencias que están a la vista de todos, suena fresco y contemporáneo, haciendo ver que en este caso llegó antes la música que todo lo demás. Obviamente suenan tan nueyorquinos como se quiera, con tantas referencias punk, new wave, artys y suburbanas como uno se tome la molestia de rebuscar. Algunos fogonazos irresistibles disipan las dudas (“Rich”, “Date With A Night”, “Tick”, “Black Tongue”, “Pin”), alimentados sobre todo por la guitarra de Zinner, muy hábil a la hora de colorear lo que no dejan de ser riffs arquetípicos.

La estelar Karen O es una pequeña decepción durante algunos momentos del disco. En alguno de los cortes más apagados del disco (“Man”, “Cold Night”, “No No No”) no encuentra soluciones a la rígida insustancialidad de la música. Pero su redención llega con el trío final, momento de confirmación de las mejores potencialidades del grupo. La sobrecogida “Maps”, emocionante e hipnótica; la perfectamente construida “Y-Control”; y la descarnada “Modern Romance”. Las tres nos muestran todas las piezas (voz, guitarras y batería, melodías y riffs) funcionando con la precisión de un reloj, como pocas veces se escucha. Aquí los Yeah Yeah Yeahs justifican en buena parte su prematura fama. Y dejan el amargo presentimiento de que no podrán sobrevivir a ella.

ENRIQUE MARTÍNEZ