(Jabalina, 2003)

“ Me supe enfermo desde el momento en que te oí decir: sigamos siendo amigos” ( “Aquel verano que estuve enfermo”) , “Si tu me miraras dejaría de faltarme una razón para la tristeza” ( “Trece también”), “ ¿Cómo he de contarte lo que siento si me miras así?, cuando estás ausente mi tristeza es infinita sin ti” ( “Abril”) o “ Volvamos cada uno a nuestra ciudad , me acordaré de ti cada vez que piense en volver aquí” ( “Veraniega”) son, solamente, cuatro ejemplos que me sirven para arrancar esta crítica diciendo que Zola son un grupo que maneja a la perfección el lenguaje del pop de dormitorio en tono confesional. No hay metáfora posible, solo susurros cristalinos ante los que has de acercar el oído para poderlos escuchar con toda nitidez. Y en silencio, claro, porque su música -un suavísimo pop encuadrado entre Gentle Waves, La Buena Vida, Softies o las primeras Nosoträsh- planea en volumen bajo, con retraimiento, como si no quisiera molestar o llamar la atención.

Sí, este disco tiene ese encanto que te lleva a pensar que lo que dice lo dice solo para ti. Sí, como cuando escuchas a The Sundays, Le Mans o Nick Drake. Y eso en una web como ésta, que no oculta ni su espíritu ni sus formas fanzineras bajo la habitual sobrada de “magazine” o “revista digital”, es tener media batalla ganada. En efecto, el amor que se cierra ( “Aquel verano que estuve enfermo”), por el que se suspira ( “Trece también”) o el que hace sentir la necesidad de desnudar el corazón (“Abril”); también aquel que se quedó enmarcado en una fotografía de verano (“Veraniega”), el que se consume mirando frente al mar ( “Atlántico”) o el que surge súbitamente sin avisar (“Pop-a-nova”). Pero siempre el amor, en sus múltiples formas y transformaciones, ejerciendo de hilo conductor en este “Siete maletas” , debut de estos barceloneses que ya se han ganado una plaza de honor en el mejor indie pop peninsular, reafirmando lo apuntado en sus dos preciosas demos previas. Ahora, tocados unas veces por climas jazzies, otros por la calidez de la bossa-nova o puntualmente por el mimo country-pop, nos sirven un trabajo que, igual atrapa a primera vista con canciones como “Veraniega” o “Pop-a-nova” , como también necesita sucesivas escuchas para dejarse querer y, poco a poco, acabar enamorado de “Atlántico” o “Aquel verano que estuve enfermo”, tan llenas de esa desgana y pereza de las tardes de agosto. O, en medio, ofrecer un guiño a la galería como ese “Trece también” donde parecen invocar a la Velvet Underground desde el prisma de los Softies, y terminar haciendo una de las mejores canciones de lo que va de año.

Y no puedo terminar estas líneas sin invocar (otra vez más) la leyenda de Jabalina: “the small is beautifull”. Esta vez más que nunca.

JAVIER BECERRA