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Si la paciencia es una
virtud en si misma, este soleado fin de semana de mayo, sin duda yo asistí
a una larga procesión de insospechados virtuosos. A decenas de
miles de virtuosos. Mucha gente con mucha paciencia, haciendo colas, largas
colas, que llevaban y sacaban de muchos sitios. Del WC, del puesto de
bocatas, del escenario grande, del mediano y del pequeño. Y, sobre
todo, larguísimas colas para entrar por etapas en el recinto. Una
cola para comprar la entrada, otra para cambiarla por la tarjeta y poner
la huella, y otra para entrar de una vez por todas. Y algo en común
entre las tres colas: que eran las tres muy largas. Decía el lema
publicitario del festival: “Primavera Sound 2004: te caerás
de culo”. Algo físicamente imposible la mayoría
del tiempo. Porque prácticamente siempre tenías a alguien
pegado al susodicho.
Es cierto que había
un truco sencillo para evitar algo de cola, que era cambiar la entrada
durante la semana anterior y poner la huella en un puesto habilitado en
la Rambla. Pocos lo debieron hacer. Pero yo sí. Lo que sumado a
mi legendaria cara dura me hizo acelerar el ingreso. Pero no me evitó
el retraso producto de la horrible circunstancia de tener que trabajar
para vivir, que no deja de ser una maldición bíblica. Así
que llegué el viernes para enganchar medio concierto de FRANZ
FERDINAND. Y la sensación que se pudo extraer es que les
falta poco para que el escenario grande no se les haga tal. Lo cual conociendo
su bisoñez, sorprende. Actitud sobrada de Alex Kapranos
y solidez instrumental para ejecutar su breve, pero interesante, repertorio.
Carrera abajo para ver
a Mark Kozelek al frente de SUN KIL MOON.
Autor de una parte sustancial de la banda sonora de mi adolescencia, compareció
con una formación extraña (bajo, guitarra, dos violines),
por lo que la letanía sentida que lo caracteriza asumió
una nueva forma, ajena a los crescendos dramáticos de Red House
Painters, más contenida. Sin embargo, fue la frágil versión
de “Mistress”, pieza clave de su
mítico segundo álbum con Red House Painters, la que consiguió
mi primer estremecimiento.
Llegaba entonces el momento
de cenar, y por ende el momento de asombrarse de otras virtudes. De las
virtudes fabriles que había obrado un verdadero milagro económico.
Admirado pude comprobar que, y a pesar de su reciente constitución,
la República Libre Asociada al Poble Espanyol del Primavera Sound
había logrado, sin duda ayudada de una fuerte inversión
extranjera, acuñar la única divisa que es capaz, hoy por
hoy, de aguantarle el tirón al Euro. Material de estudio para Rodrigo
Rato desde el Fondo Monetario Internacional. Y un punto a favor de la
viabilidad y bondad del “Plan Rockdelux”.
Mi propia investigación
desembocó en un bocata con picantes trozos de MUDHONEY
mientras esperaba mi particular momento feliz: el primer encuentro en
directo del Pueblo Español con WILCO. Jeff
Tweedy, cuyo rostro denotaba la cura de desintoxicación
a la que acaba de someterse, abría la puerta a “Ashes
Of American Flags”. Paulatinamente, en un suave goteo,
se iba construyendo un irreal ambiente de intimidad en un escenario de
tales dimensiones. Poco a poco se iba haciendo patente que, por un lado
Tweedy cree haber comenzado su carrera con “Summerteeth”,
sin permitirse excursiones más atrás. Y que la banda era
un verdadero prodigio, que tan sólo se resintió de la obsesión
de Tweedy en transformarlos en Sonic Youth en demasiadas ocasiones. Sin
embargo, uno de los mejores repertorios disponibles en la actualidad,
fue creando momentos de insoportable emotividad y euforia feliz. La gran
banda americana del momento sirvió como autosuficiente preludio
(yo ya me podía ir feliz a casa) al gran momento colectivo del
festival.

Hubo un tiempo, hace muchos
años ya, en que los PIXIES eran un secreto. Una
suerte de código cifrado, de contraseña que daba acceso
a un club privado. Si te encontrabas con alguien que lo conociese, te
podías dar con un canto en los dientes, y automáticamente
ese tío te tenía que caer bien. Hubo un tiempo también
en el que los Pixies eran un mito. Sus hazañas eran relatadas con
un aire de misterio, transmitidas de boca en boca como leyendas, porque
eran muy pocos los que las habían presenciado en directo. Hubo
un tiempo en el que los PIXIES eran también una
imagen. La imagen de la anti-imagen, de la gente que parecía haber
sido sacada a rastras y resacosa de un college universitario y de su bar
para tocar música para cuatro amigos. Y hubo un tiempo en el que
los PIXIES eran sobre todo un símbolo. El símbolo
de una manera de entender el rock, y casi de ver la vida. Del amateurismo
consagrado como arte, del no saber cómo hacerlo para así
poderlo hacer fresco otra vez. De la renuncia del éxito si a cambio
había que acomodarse a las reglas de la industria y convertir esto
en un trabajo.
Y hubo un día en
el que los PIXIES dejaron de ser un mito. Porque se hicieron
carne y tocaron en directo para miles de apretadas personas en el polvoriento
parking del más extraño parque temático del mundo.
Y vimos que eran seres humanos, algo estropeados. Hubo un día en
el que los Pixies dejaron de ser una imagen. Porque parecían no
haber sido sacados de un college universitario, sino de un cobertizo en
el que practicaban el bricolaje. Hubo un día en el que dejaron
de ser un símbolo. Porque mientras que en su etapa de gloria siempre
parecía que tocaban así porque no sabían tocar otra
cosa ni de otra manera, ahora parecían músicos más
normales tocando esas canciones ya no tan extrañas.

Y hubo un día en
el que se hizo del todo evidente que los PIXIES habían
dejado de ser un secreto. Porque a mi alrededor eran miles las personas,
portadoras toda clase de cortes de pelo y pintas, y sin más código
en común que esas canciones, las que cantaron a voz en grito como
si de un himno se tratara “Where’s My Mind”.
Y por ello, los ya señores Black, Deal, Santiago y Lowery
durante un momento parecieron asombrados, y emocionados, de lo que sus
pequeñas canciones, de lo que sus irresponsables sueños
de adolescencia habían desatado, del momento de catarsis colectiva
que bajo la pálida luz de las estrellas estaba teniendo lugar.
Ahora esas canciones ya no les pertenecían a ellos, sino a esa
gente, que cantaba también (y como sabiendo lo que decían)
ser un “chien Andalusia”. Y en realidad, así
había tenido que ser desde el principio. Repasando “Doolittle”
uno se da cuenta que esas canciones habían nacido para las masas.
Y a ellas pertenecían ahora. Como en el anuncio de refrescos: a
los altos y a los bajos, a los feos y a los guapos, a los modernos y a
los pordioseros. A la gente. Y también a alguna gentuza sin noción
alguna de modales.
Era tarde y yo ya estoy
viejo. El concierto de PIXIES me lo terminaba de confirmar.
Hacía mucho más de una década de la primera vez que
había oído hablar de ellos, y los acababa de ver tocar pulcramente
bien en el contexto más polvoriento posible. Así que a casa
a reflexionar sobre lo que todo esto significaba, hasta el sábado
por la tarde.

Me dio la bienvenida CHUCHO,
veterano de batallas de aquellas, con un concierto estupendo en el escenario
principal. Presentación de nuevas canciones y repaso a algunas
de las rugosas piedras preciosas de un patrimonio singular. Aproveché
el impasse para disfrutar de la primera mitad del recital de DOMINIQUE
A y asistir al pequeño milagro de su insospechada capacidad
hipnótica, capaz de subyugar desde la enormidad de la Plaza Mayor
a un nutrido público, completamente en solitario y armado sólo
de guitarra, programaciones y voz, sin banda de acompañamiento.
Aquello estaba verdaderamente muy bien. Pero mi olfato me había
dado una señal que decidí seguir. Y, por una vez, no sé
equivocó en absoluto.
Por eso, de allí
a la intimidad de carpa pequeña, en esta ocasión Escenario
Nasti. Si hace dos años allí, y a pesar de sus insuperables
deficiencias de sonido, uno pudo enamorarse definitivamente de The Delgados
con un concierto que recordaré toda la vida, en esta ocasión
WILLARD GRANT CONSPIRACY desentrañaron para cuatro
gatos los misterios de la vida en un recital increíble, subyugante
por una intensidad sobrenatural surgida de la mayor de las simplicidades
aparentes. El secreto de la América eterna descubierto en capilla,
mediante una dosis letal de country rock y Americana de primera. Hasta
que la luminosa “Soft Hand” dibujó
una irremediable sonrisa interior en todos los escasos presentes. Sin
duda, uno de los secretos más admirables del festival.
Tal vez excesivamente absorbido
por lo que acababa de sentir, los compases finales de (SMOG)
no captaron demasiado mi atención, al igual que tampoco los primeros
esbozos de HIDDEN CAMERAS. Un desplazamiento al escenario
grande fue el preludio al encuentro con PJ HARVEY. Acompañada
de un trío versátil y más que poderoso, que rotaba
de instrumentos con absoluta flexibilidad, Polly Jean ataviada con un
vestido amarillo chillón y largos tacones de aguja actuó
la mayoría del tiempo de front woman sin guitarra en ristre, comiéndose
el escenario con su magnetismo. Creando la irreal sensación de
que su frágil anatomía era el catalizador de una desatada
energía primaria, extraída directamente de la médula
espinal del rock, del blues entendido como vía directa de conexión
con el animal interior. Desde “Meet Ze Monsta”
y su sonido seco, rotundo, sucio, supimos que aquello sería algo
grande. Dosificando dosis de “Stories From The City, Stories
From The Sea” y algo de “To Bring You My
Love” con su nuevo trabajo, tan sólo se pudo sacar
un pero, y grande, a su recital. La extrema brevedad de un set sin bises.
Así supo a poco. A muy poco.

Se le dio entonces margen
de espera a PRIMAL SCREAM. Y la irrupción no pudo
ser más demoledora. “Accelerator”
a todo gas, con un Bobby Gillespie hasta las cejas, completamente
volado de lo que fuera, recorriendo el escenario de punta a punta sin
descanso, arrojando con absoluta displicencia el micro, ignorando sus
propios turnos para cantar, desapareciendo entre bambalinas a no se sabe
qué (pero se sospecha), mientras que la tormenta de guitarras se
desataba a conciencia. Como se trata de la gira de presentación
de su recopilatorio, hubo ataque directo por la vía de los hits
más potentes, con escasas referencias a “Screamadelica”
(un “Movin On Up” que supo a gloria)
y mucho rock’n’roll descabellado. Energía desatada
a ambos lados de la barrera, a pesar de algunos desajustes de sonido,
y de que siempre hay que asombrarse del contraste ente las pintas de hooligans
cuarentones que gastan y la sofisticación de sus referencias sonoras.
Y también de la evidencia de que sólo ellos pueden convertir
dos piezas de música tan heterodoxas y ariscas como “Kowalski”
y “Shoot Speed/Kill Light” en dos
apoteosis populares. Grandes. Muy grandes.
Fue tal la sacudida y la
sensación de vacío, que el cachondeo conceptual postmoderno
de las CHICKS ON SPEED me duró lo justo. Es decir,
muy poco. A falta de otras cosas, mejor a dormirla. Cada año que
pasa los festivales musicales me atraen menos por lo que de festivales
tienen. Se me agota antes la paciencia. Pero si hubo quien tuvo que estar
cumpliendo condena en la cárcel para asistir a la grabación
de los dos mejores discos en directo de Johnny Cash,
de ¿qué me voy a quejar yo?. Así que sin ciencia
ni conciencia ni paciencia, este mono se fue... a la cama.
ENRIQUE MARÍNEZ (Junio 2004)
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