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Si la iniciativa
de crear el Summercase probablemente tenía unas
perspectivas de éxito garantizadas en su edición madrileña,
en Barcelona podría plantear más dudas, debido a una cierta
saturación de festivales en la capital catalana. Sin embargo, si
algo no faltó fue precisamente gente en un recinto del Forum acotado
con más modestia que en el Primavera Sound. A veces, como evidencia
del éxito de público, de hecho el recinto se vino a hacer
pequeño. Especialmente, cuando por el solapamiento de horarios
se hacía casi imposible acomodarse en los conciertos más
masivos, una vez en marcha.
Llegamos cuando llegamos,
y con las ideas claras. En la carpa conocida como Terminal S, tocaba la
breve pero más que intensa sesión de Greg Dulli
y sus solidísimos Twilight Singers. Abrieron con
una tripleta demoledora (“I’m Ready”, “Teenage
Wristband” y su versión de “Too Tough To Die”
de Martina Topley-Bird), y mantuvieron la tensión, si bien Dulli
se mostró tan cool como siempre (un hombre que acopla un cenicero
al pie de micrófono sabe muy bien lo que quiere en la vida). Una
breve cita a los Afghan Whigs, cruzando “Papillon” con “If
I Were Going”, recibida con éxtasis por la parroquia, y dejaron
el escenario retumbando con “Underneah The Waves”. El mejor
show de rock’n’roll del festival.

Picoteamos un poco de
Belle & Sebastian, pero saturadísimo de público,
la distancia hace el olvido, y tras una lenta operación de avituallamiento
de tickets, repasamos los últimos minutos de Sparks. El peculiar
mundo de los hermanos Mael, apenas envuelto en una minimalista puesta
en escena no terminaba de arrancar a los que nos somos más que
profanos a su discografía. Enfilamos pues hacia uno de los dos
escenarios principales, dejando que los Super Furry Animals,
una de mis mayores debilidades veraniegas (acababa de recuperar su “Love
Kraft” como medida contra el agobiante calor de Barcelona), exhibiesen
su refrescante versatilidad. Abriendo desde el caos electrónico
hacia el bucolismo con “Slow Life”, cayeron hits mayores menores,
humor absurdo, y melodías celestiales. Fue el típico show
que te reconcilia con el artista que ya conoces y quieres.
Sigur Ros
ofrecieron un concierto que fue claramente de más a menos. La subyugante
escenografía que la que abrieron y la intensidad de la música,
parecieron aventurar un clímax que no llegaba nunca, incurriendo
por momentos en el tedio, y dejando un sabor agridulce. Y no pudimos elegir
una propuesta más antitética para reponernos. Unos Daft
Punk que se hicieron de rogar, ofrecieron uno de los shows más
depurados y sorprendentes que haya visto servidor en los últimos
años. Los franceses se basaron en la falsa simplicidad de su música
y la falsa complejidad de su espectacular puesta en escena (y viceversa).
Desde su pirámide de control repleta de sorpresas, el factor de
humanización que suponía ver el cabeceo al compás
de los cascos de robot mientras machacaban hit tras hit, rodeados de un
juego de iluminación y proyecciones hipnótico, defendió
con uñas y dientes la idea de hedonismo puro y duro que tiene su
propuesta, claramente deudora de los Kraftwerk más ligeros.
Debido al retraso del
comienzo de los robots, tuvimos que presenciar desde la distancia a unos
Massive Attack, tomando contacto justo cuando se acercaron
a los cortes de su mejor disco, “Mezzanine”. La solvencia
con la que resolvieron “Angel” y “Teardrop” nos
convencieron para asumir la distancia desde la que habría que verlos.
Y dejamos transcurrir el resto del concierto sin terminar de poder entrar
en calor, mientras que el show como DJ de James Murphy, hubo que contemplarlo
con el ánimo admirado, pero sin impulsos naturales para bailar,
y sin querer cebarlos artificialmente.
La segunda jornada la
abrimos admirando la entereza de Neil Hannon, embutido
dentro de un traje impecable color verde oliva, pero de tejido grueso,
camisa amarillo plátano y corbata negra, perfecto, impecable, impoluto,
a punto de morir asfixiado. Derrochando carisma, con una banda elegante,
y exhibiendo mucho sentido del humor, dibujó un concierto a la
medida de sus fans, encantador. Se disfrutó sin duda. Y uno se
enamoró, otra vez, de una violinista inglesa.
El show en solitario de
Rufus Wainwright era una propuesta a priori, muy poco
festivalera. E insertada en la carpa, esto se hizo notar, con el eco de
las voces de las gentes habladoras molestando en demasía. Sin embargo,
una incruenta selección natural fue vaciando el recinto, dejando
tan sólo a incondicionales y gente de bien, y permitió al
concierto crecer. Constatamos que su talento está hecho de la pasta
de los grandes, y en cantidades generosas. Esencialmente se concentra
en una voz nacida para la gloria, y que pudo finalmente consagrarse en
sus tomas de “Gay Messiah”, “The Art Teacher”,
y su versión de “Hallelujah de Leonard Cohen. Tan sólo
la compañía ocasional a las voces de su hermana Lucy fue
el escaso resguardo que buscó para mostrarse con la valentía
y la seguridad de quien sabe lo que tiene. Y ahora, definitivamente, lo
sabemos los demás.
De refilón asistimos
a unos New Order, a los que no sé si por culpa
mía o de ellos, vi en peor forma que el año pasado. Desde
el indie siempre se han hecho chanzas y coñas sobre el estado de
forma de gente de bien, o mal, como los Rolling Stones, The Who y sus
giras interminables. Bueno, ahí tenemos a los dinosaurios del indie.
No parecen en mejor forma a sus treinta años de carrera de lo que
lo estaban aquellos otros a la misma altura.

Encaramos el concierto
de Primal Scream con la duda de saber como responderían
a las bajas en la formación de Robert Young y Kevin Shields, y
la obligación de defender su peor disco en mucho tiempo. Lo que
recibimos por respuesta fue media hora de retraso, y un “Movin’
On Up”, coro de negras incluido, más eléctrico, más
potente, más rockero. Esos son los Primal Scream que tuvimos, una
versión alejada del retrofuturismo de sus últimas giras,
que es cierto que le daba un mayor vuelo a los cortes de “Riot City
Blues”, y que renovaba la visceralidad en sus repasos a “Jailbird”,
“Medication” o “Rocks”, o incluso a “Burning
Wheel” y “Kowalski”. Pocos citan a Kraftwer, Can y Chuck
Berry en tan pocos movimientos, pero hoy tocaba sobre todo mucho Stones
y mucho MC5. Es difícil saber si Bobby iba más puesto este
año o hace tres, cuando su exhibición de aceleración
del Primavera Sound. En todo caso, su espectáculo de enajenamiento,
como siempre entre lo sublime y lo risible, fue el complemento perfecto
para un show en el que una versión menor de los Primal Scream ofrecieron
su mejor show posible. Y bien que nos lo pasamos.
Y hasta aquí dieron
las fuerzas. Tentados por los Chemichal Brothers machacando
vinilos, pero realistas, nos fuimos para casa. Con el convencimiento de
que probablemente el año que viene nos volvamos a dejar caer. De
alguna manera, esta ciudad puede absorber todos los festivales que se
le echen. Mayor gloria para ella.
ENRIQUE MARTÍNEZ (Julio 2006)
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