Se me ha pedido educadamente que escriba unas líneas sobre mi grupo favorito y, por supuesto, lo haré. Actualmente no sé cuál es, ni sé si tengo o no grupo o artista favorito. Lo que sí puedo asegurar es que hace años un dúo neoyorquino, de nombre SUICIDE, ostentó ese título de favoritismo, de prioritaria preferencia por mi parte, durante bastante tiempo.
No pretendo escribir un artículo sobre SUICIDE, eso se lo dejo a los expertos y a los periodistas musicales (yo afortunadamente no lo soy), por lo tanto no voy a hacer historia ni crítica ni inundación de datos ni nada por el estilo, simplemente hablaré de las impresiones, sensaciones y emociones que Alan Vega y Martin Rev, conjuntados, me han proporcionado.

Descubrí a SUICIDE una noche del año 1980, quizás 1981, mientras estaba escuchando la radio y fumando en la cama en casa de mis padres. Me estaba quedando dormido (divina sensación), cuando me sobresaltó un grito de mi radiocassette monoaural. Era el primer alarido que lanza Alan Vega en Frankie teardrop. Desde ese momento, mi atención fue secuestrada por esa música infecciosa. No tuve más remedio que levantarme de la cama porque no daba crédito a lo que estaba escuchando, y puedo decir sin temor a equivocarme que nunca antes una canción me había sorprendido de tal manera. Una vez hecho el silencio, el locutor comenzó a hablar, era Diego Manrique, y explicó el argumento de tamaña y venerable atrocidad: "Frankie era un tipo de 21 años que trabajaba de sol a sol en una fábrica y que no ganaba suficiente dinero para mantener a su mujer y a su hijo, así que un día empuñó un arma y los mató a los dos". Me sobrecogió tanto esta historia (ideal para un tango), cómo estaba narrada y cómo estaba musicada, que 6 años más tarde decidí rendirle homenaje componiendo Miércoles cercano al infierno con mi grupo de entonces, MAR OTRA VEZ. Pero fue sólo eso, sino que la audición inesperada de Frankie teardrop cambió totalmente mi actitud respecto a la música: empecé a gritar. Y el grito y su pureza me han acompañado durante muchos años, todo por culpa de SUICIDE.

Como es lógico, al día siguiente corrí a comprarme el disco. No tuve ninguna dificultad en encontrarlo, puesto que había sido editado en España, cosa que me extrañó y me agradó a la vez. También quedé perplejo al comprobar el año de grabación, 1977, como el Never mind the bollocks de SEX PISTOLS. La sangrante portada también contribuyó a que mi curiosidad por oír el resto de las canciones aumentara. Supongo que rápidamente volví a casa a escucharlo.

Cuando la aguja del tocadiscos estaba ya sobre Ghost rider, decidí que SUICIDE era el grupo más valiente, innovador, ingenuo e inconsciente que había oído en mi vida. Esa caja de ritmos no programable, con rígidos patrones, ese sintetizador de saldo y esos delays y ecos manipulados por Martin Rev en conexión con la voz de Alan Vega, rompían todos los esquemas musicales de finales de los 70, incluido el punk; y esa ruptura con lo establecido, su vigencia y su modernidad duraron al menos 10 años, hasta que ciertos artistas (entre los cuales me incluyo sin modestia) como SPACEMEN 3, SPECTRUM, MY BLOODY VALENTINE, LOOP, MARC ALMOND, FOETUS, MERCURY REV, CANCER MOON, STEREOLAB, LOS BICHOS, SIGUE SIGUE SPUTNIK y decenas de ellos más, pusieron de moda en la década de transición de los 80 a los 90 al elegante y temible dúo de Nueva York. Entonces empezaron a llover discos-tributo, colaboraciones y la enésima reunión y separación del grupo.
Yo tuve la fortuna de verlos actuar en Madrid cuando se reunieron por primera vez. No recuerdo en qué año fue exactamente, creo que en el 84, pero sí me acuerdo todavía del caos sonoro que edificó Martin Rev con su arsenal electrónico de juguete en el ambiente (unas 50 personas) de la sala Astoria. El aspecto de Martin Rev era el de siempre: piernas abiertas tras el teclado, inmensas gafas de insecto, cazadora talla alevín de cuero, peinado afro e inmovilidad pétrea. Por su parte, Alan Vega se dedicaba a deambular por el escenario luciendo una impresionante barriga y una horrorosa cinta en el pelo. Apenas cantó, sólo gemía, gritaba y lloraba de verdad (tremenda cantidad de alcohol y cocaína batallando en su cerebro). Cantaba las canciones sobre las bases que no correspondían y se pasó más tiempo en el camerino que en el escenario. El concierto fue un desastre completo, pero aun así quedé fascinado.



Paradójicamente, SUICIDE era en esencia una banda de rock & roll: Alan Vega cantaba como Gene Vincent en comunión con un Elvis Presley en un estado mental totalmente alucinado; y los riffs, aunque tocados con teclado y soportados por batería sintética, eran típicos de rockabilly, sin embargo también eran un dúo tecno (lustros más tarde aparecerían SOFT CELL, PET SHOP BOYS, EYELESS IN GAZA, DAF, todos inspirados en SUICIDE, aunque con frutos muy distintos, algunos nada desdeñables) y de singulares baladas, como demostraron en su segundo álbum, cuya portada es aún más fascinante que la del primero: una linda pierna de mujer aparece en pleno proceso de depilación con un hermoso corte producido por la cuchilla. Éste es un disco colmado de belleza, menos chocante que su ópera prima, pero más gallardo y sutil. Nunca podré olvidar el erótico arrebato que me producían Touch me o Diamonds, furcoats, champagne ni la exquisita violencia de Harlem.

Los demás discos de SUICIDE nunca me volvieron a emocionar tanto como los dos primeros, aunque siempre procuré seguirles la pista a estos dos genios de la música pop y disfrutar con sus canciones, tanto juntos como por separado (eso merecería dos extensos trabajos aparte). Pocas influencias, excluyendo el rock & roll, han reconocido Alan Vega y Martin Rev, pero quiero hacer constar una de ellas, pues se trata también de una pareja propiamente vanguardista, también de la Gran Manzana (ahora Manzana Mutilada), cuyo primer trabajo data de 1967, su nombre: SILVER APPLES. Eran dos personajes (batería y sintetizador) verdaderamente atrevidos que ya hacían entonces la música electrónica que 30 años más tarde estaría tan en boga.

Y para terminar, sólo quiero añadir que aunque a veces nos parece un suicidio vivir, la vida está llena de bellas inocencias terroríficas, de oníricos estanques de nenúfares y cisnes distorsionados, de amores dulces y sórdidos, de etéreos cementos de besos y de atmósferas industriales, sólidas y adrenalínicas como las que me hacían respirar SUICIDE. No se suiciden, señoras y señores, aprendan a amar la paciencia.

JAVIER CORCOBADO