En 1993 fue cuando ví "Leolo" de Jean Claude Lauzon, cuando algo empezó a retorcerse dentro de mi estómago.

9 años después ese vértigo sigue vivo, cebado por muchas imágenes y situaciones, entre ellas la trágica muerte de Lauzon en 1997 en accidente de aviación.

Más allá de lecturas privadas que pueda hacer sobre este relato, de que pueda entenderlo casi como un reflejo exagerado, grotesco, de mi propia infancia, más allá de todo esto permanece el aprendizaje que la experiencia de "Leolo" supuso para mis oídos. No es poca cosa iniciarse en un itinerario de delirio absoluto como éste, adornado con una combinación excesiva de Tom Waits, los Rolling Stones del "Let it bleed", Loreena MacKennit (nadie como Lauzon ha extraído tanto de donde tan poco había), Gilbert Becaud, la Misa Criolla de Ariel Ramírez o, de manera especial, el sobrecogedor motete a 40 voces que Thomas Tallis compuso a finales del siglo XVI: Spem in alium.

Reivindicar a Thomas Tallis como grupo favorito suena a gilipollez, a mohín impostado, pero les puedo asegurar que no lo es, les prometo que tras ver, triturar y asimilar el relato de locura co-sanguinea que era Leolo busqué y rebusqué en varias bibliotecas públicas una grabación -la que fuese- de "Spem in alium ".

Por fortuna pude dar con la misma versión que Lauzon utilizó en su película, la interpretación de los Tallis scholars, un prodigioso muro de sonido que durante meses llegué a escuchar cada noche (esto lo juro por mis huesos) en la cama, hasta quedarme dormido. Aquellos fueron días para mi extraños, convulsos que se suele decir, así que el frío colchón de Tallis acabo siendo una ayuda inestimable que da carta de paso a que lo escoja como referencia, banda sonora de un momento especial en mi existencia, lo que algunos denominan grupo favorito.

Conviene no hablar de lo inexplicable más de lo estrictamente necesario, y esto sucede con "Spem in alium". Uno puede intentar una escucha más o menos exenta del factor religioso, aquí medular (Tallis empezó su carrera como compositor de himos religiosos para la iglesia católica y la monarquía británica. Tras la reforma religiosa siguió componiendo para la realeza, pero en este caso himnos de fe protestante). Pero, aún cerrando los ojos al trasfondo histórico del autor y su momento hay algo intangible, casi sobrenatural que se escapa por cada poro, cada silencio, cada contrapunto, cada frenazo y crescendo de este poemón.

Años después pude escuchar una versión puramente anecdótica a cargo del Kronos Quartet, y creo que de alguna manera las cuerdas no consiguen dar vuelo a la composición del mismo modo que la voz humana y su secreto casi infalible hacen.

He pensado, dado vueltas, escuchado y revisitado infinidad de veces este motete del que hablo, he sido y soy consciente de mis limitaciones y puede que estas limitaciones como músico, como oyente, me hayan llevado a malentender y a sobreinterpretar esta pieza. Pero todo eso no ensombrece el puro placer de oyente que me llevó a recorrer la Avenida de Schulz con "If ye love me" en mis auriculares, un 1 de enero a media tarde, con la iluminación navideña haciendo contraste con una resaca de órdago. En aquel momento caminaba asombrado por el cúmulo de sensaciones, convencido de estar a punto de convertirme en un ser diminuto que felizmente abraza la mediocridad de emborracharse en fiestas de guardar. Y en aquel momento, con el frío espantándoseme en bocanadas, con algunas cabezas locas volviendo aún de fiesta, con los taxis deslizándose sobre el asfalto brillante, pensé por primera vez que Thomas Tallis de algún modo me había regalado algunos de los momentos más extraños y conmovedores de esa facción de nuestros días que no se puede explicar a terceros.

FRAN GAYO