De pocas cosas se habla y se discute tanto como de la Televisión, el electrodoméstico más importante que existe. La gente más normal la comenta a los más diversos niveles, que van desde su propios contenidos como a su estado de degradación. Es uno de los pocos temas que pone a la gente más variopinta a interactuar. Hagan la prueba: cuando estén en una mesa concurrida comenten lo que vieron en la tele la noche anterior, cualquier cosa, un anuncio o un concurso, y conseguirán establecer una conversación. Hablen mal de la gente que sale por la tele, de lo que ponen por la tele, y tendrán seguro una animada conversación, que irá de lo banal a lo intrascendente con abundantes paradas en lo superficial, lo tópico y el lugar común. La tele está fatal, ¡qué mal que está la tele!. Y esa gentuza que sale por la tele: ¡cómo es!.

Ahora hemos tenido una temporada de auténtico frenesí analítico sobre las miserias de la caja tonta (la caja será tonta, pero los que la llenan son de un listo que no veas). Intervención gubernamental al canto, en continuidad con su política de regulación de los nuevos usos y costumbres de la sociedad española posmoderna, y en tutela de una infancia amenazada, hemos venido al rescate de nuestra moralidad pública, corroída por el veneno de la pequeña pantalla (cada vez menos pequeña, son piscinas de plasma o cristal líquido) . Ha sido un espectáculo fascinante, y da para muchos libros, así que intentaré ser breve. Y probablemente en otra ocasión me centre en otras cosas.

Hay mucha tela que cortar. En España tenemos un agujero negro financiero que emite en varios canales (TVE, La 2, TVE Internacional y canales temáticos) y que pagamos todos. Dos canales comerciales en abierto, uno en cerrado con varias ofertas, y el fenómenos de las televisiones públicas autonómicas, que en muchos caso tienen dos canales también. Aparte, canales locales públicos y privados. Y viene la TV Digital terrestre que va a cambiar este panorama radicalmente. Estamos en tiempos de cambios, pero también de marasmo. No juguemos a la boutade: es verdad que nunca se había llegado a los niveles actuales de impudicia y falta de disimulo en la exposición de ciertas miserias en la pantalla. Ha habido y hay genuinos actos de inmoralidad en TV que han sido menos discutidos, pero probablemente porque se refieren a verdaderas cuestiones de transcendencia moral para la “república”, y la gente de estas cosas, pasa. Sin embargo, la grosera exhibición de bajezas ha encontrado nuevas cotas en los últimos años, y ha conllevado una alarma social algo histérica.

Lo que se plantea ahora es una cuestión de censura, de los límites de la misma, de la legitimidad de la misma. Lo que ha hecho el Gobierno, con una gran efectividad dada la legitimidad adicional que la da su condición de gobierno progre frente al fracasado intento anterior de Su Majestad Aznar I el Borde, es utilizar toda la potencia de su posición de poder para hacer un juicio de valor sobre lo que la gente voluntariamente ve y lo que las cadenas comerciales emiten en función de sus resultados comerciales (resultados comerciales es diferencia entre coste y beneficios, un programa barato con menos audiencia puede ser más rentable que uno caro con más espectadores) para determinarlo en el sentido de sus valores morales. Esta es un operación complicada en democracia. En principio, injerencias así desde el poder político deben ser discutidas y observadas con cautela. Pero la patente de corso que tienen los progres en estos temas es una garantía de invulnerabilidad del poder político para estas intervenciones. Un gobierno conservador lo tiene mucho más complicado. Miren si no la cara de Javier Sardá. No sabe qué le ocurre. Le dan los “suyos” por todos lados, a él. Pero es que, en realidad, lo “suyo”, no tiene nombre.

Además, y como siempre ocurre, la llegada del PSOE al poder ha traído su asalto, lógico y natural a TVE. Por un lado, ha analizado su viabilidad, para no llegar a ninguna conclusión (porque la única conclusión posible no quiere ser asumida). Y ha intentado también cambiar el tono de su programación, una vez más en función de sus valores morales, políticos y estéticos. Y también de su red de intereses mediáticos, premiando a algunas de sus correas de transmisión predilectas. Esto me interesa más, porque recientemente en el Rockdelux Miquel Botella consideraba que la reforma estaba a medias, y que “esperamos más”. Bien son dos las preguntas que uno se hace, sin que esto sea una crítica a Botella, porque su opinión es muy generalizada. La primero es ¿qué esperamos? Lo segundo es ¿quién lo espera?.

Cabe indicar que de la izquierda se espera una preocupación especial por difundir (y subvencionar) la “cultura” entre la gente, popularizar entre los menos favorecidos lo más elevado y exquisito. Es una tradición que arranca de los Ateneos Republicanos, las Casas del Pueblo y la instrucción anarquista. Por eso lo primero que uno busca es una mayor incidencia en la programación de las cadenas públicas de la cultura. Por ahí lo que ha habido en realidad no es mayor oferta, sino una reordenación de la parrilla, cambios de nombres para los mismos programas. Y por supuesto la lógica defenestración de los personajes más adictos al anterior régimen, como el disparatado Sánchez-Dragó (cuyo estático programa acogió verdaderas apologías de las drogas, discusiones con dos bandos sobre José Antonio Primo de Rivera, un cara a cara entre Mayor Oreja y Anasagasti, disquisiciones sobre el presente de la izquierda y una serie de cuestiones increíbles en la TV pública) para entregar el filtrado de propuestas culturales a los suyos (Javier Rioyo y Georgina Cisquella). Nada sorprendente. Los conciertos de Radio 3 siguen donde estaban, afortunadamente.

De la izquierda no cabe esperar que manipule menos los informativos que la derecha. El que crea que los “suyos”, amén de ser los suyos y defender algo parecido vagamente a lo que él le gustaría que fuese un gobierno, además son más honrados, más honestos y abusan menos del poder que los “otros”, probablemente incurre en una de estas dos faltas. La primera: puede ser que cobre, que tenga o bien carnet, o bien cargo, o ambas cosas con suerte. Es decir: que sea cómplice. La segunda: que sea tonto. Son 25 años de democracia a la europea por aquí. Si algunos no se caen del guindo es porque no les da la gana, y con el alimento de la mitología pretenden seguir siendo gente comprometida. ¿Con qué? Con el “nosotros” frente al “ellos”. Con las “ideas” y los “principios”. Pero con el acto de observar la realidad y pensar, no por favor, no vaya a ser.

Lo que en realidad se ha dado ha sido la expulsión de la parrilla de un programa especialmente relevante: Noche de Fiesta, del inefable José Luis Moreno. Un programa de variedades a la antigua usanza, en el que una cierta inteligencia localizó males sin fin y la destilación de las peores esencias de España, de la España “casposa”. Por algún motivo que se me escapa (bueno no se me escapa, pero hagamos como si) cosas como “Gran Hermano” eran contempladas no con entusiasmo, pero sí con algo de distancia, de cinismo, de posmoderna relatividad. Algo que objetivamente encarna, no los valores más rancios y acartonados de la sociedad, sino precisamente las nuevas simas que se abren a sus pies y que amenazan con engullirla, era contemplado con más benevolencia que lo que no dejaba de ser entretenimiento vulgar, y a estas alturas inofensivo, para la tercera edad, según los discutibles códigos estéticos en los que se educó.

No nos engañemos. Lo seamos de verdad o no (y no jodamos, que saber el título de los discos de Suede no es ser “culto”), nos tiramos el pisto de elite ilustrada. Tenemos la infinita arrogancia de pretender saber lo que debe de gustarle a todo el mundo. Hay algo esquizofrénico en ese celo con el que guardamos y buscamos nuestros referentes (no para todos los públicos, a ser posible) y la tendencia evangelizadora con la que concebimos unos medios de comunicación sufragados con el dinero de todos, y no sólo con los de los jóvenes modernos, si es que algún joven moderno paga impuestos. Pretendemos que el sábado por la noche, mientras nosotros andamos por ahí, castigándonos el hígado y otros órganos, comenzado con los tímpanos, estén emitiendo, para que no lo veamos, algo de arte y ensayo en la primera cadena. No, no nos llega con estar en una discoteca ciegos como piojos, o en un restaurante dejando que nos timen y pasando olímpicamente de las interesantes (o eso decimos, otra cosa es verlas) Noches Temáticas de la 2. Por nuestros santos cojones, el abuelo que no puede salir a cenar y de vinos por falta de movilidad o de dineros (probablemente lo segundo es aún más habitual que lo primero) tiene que joderse y no ver su desfile de ropa interior (sexista, pero no discriminatorio, también desfilaban tíos cachas) y su comedia estúpida de los matrimonios, amén de los humoristas que le hacen gracia y a mi no. Pero es que yo no estoy mirando la tele.

Ese buen hombre, tras largos años de trabajo, de haber contribuido a levantar el país de una terrible posguerra y haber sacado adelante a su familia, tras soportar cuarenta años de completa censura, conservando aún el buen tino de no ver Salsa Rosa, que si que es mucho más inmoral, opta por dejar que su cansada mente flote ingrávida en un mar de estupidez y silicona hasta que le venza el sueño. Y nosotros, que probablemente nos hayamos tragado durante la semana anterior Crónicas Marcianas a diario, y le buscamos los matices subversivos a un jeta como Boris Izaguirre tenemos los santos cojones, que no se puede decir otra cosa, que discutirle el derecho al descanso. Y siguiendo nuestra crítica bienpensante la nueva dirección de TVE suprime el programa, no encuentra alternativa porque el sábado por la noche tiene la demografía que tiene, y durante semanas coloca a Imanol Arias enterrado en maquillaje haciendo como de Severo Ochoa nada menos, mientras el desplome de la audiencia es total, tenemos más deuda en el Ente y el abuelo se pasa a Salsa Rosa. Descubriendo que, finalmente, también en sábado va a tener que esforzarse en reconocer el quién es quién del pendoneo patrio. Y mirando los “shares” de audiencia anteriores, no le apetecía mucho. Misión cultural cumplida.

Sin entrar a discutir la indudable baja estofa de las producciones de Moreno, uno se pregunta si no nos pasamos de listos. Si no andamos disponiendo del dinero ajeno para impartir justicia estética. Si cuando se abre un mundo de libertad de elección como Internet, la gente se tira hacia la mierda tomando impulso (repasen los grandes éxitos de páginas visitadas y términos buscados en Google, la democracia más directa), entonces ¿de qué vamos?. Cuando el filtro elitista no es la única frontera que de verdad la gente se piensa en cruzar (hablo de soltar la mosca) sino un criterio que no tiene que justificarse porque vive en la irresponsabilidad absoluta, es demasiado fácil impartir doctrina. Menos lobos, caperucitas.

ENRIQUE MARTÍNEZ (enero 2005)