Servidor de Ustedes amenazó con volver a la carga al respecto de la Tele. Y aquí está, para su sufrimiento. Otra perorata inabarcable para satisfacer el impulso de tener razón, sin réplica. Hoy nos acercaremos a una cuestión diferente. No exploraremos la pretendida decadencia del medio televisivo, sino que levantaremos acta de su absoluto esplendor. ¿Que cuándo tuvo lugar ese esplendor? Pues ahora mismo, en sus pantallas, si tienen suerte.

Esta Edad de Oro debe acotarse. Uno se refiere, en realidad, a la Edad de Oro de la ficción televisiva, a la absoluta madurez de la narrativa en formato verdaderamente televisivo. Una forma de contar historias que, determinada por el medio, tiene una serie de reglas, y que se consagra en el formato de ficción por excelencia: la serie. Heredada, como tantas cosas, de la radio, la narración episódica cristaliza en televisión, adquiriendo nuevos tintes, cuando se despega de manera casi definitiva del relato auto-conclusivo, y se aplica al seguimiento continuado, aparentemente sin resolución final, de unos personajes y sus circunstancias. Frente al telefilme o la miniserie, la verdadera idiosincrasia televisiva se percibe en esos seriales que no pretenden dotarse de un final definitivo, salvo cuando la audiencia o el fino sexto sentido de los encargados de su gestión revelan las señales de su decadencia. Normalmente, se asiste entonces a una apoteosis final, a un climax dramático que intenta atar todos los cabos sueltos, mientras una serie de personajes se despiden con un aroma agridulce similar al de las separaciones de familiares y amigos. El roce hace el cariño.

Afirmo sin dudarlo que allí donde la tele se hace en grandes cantidades, allí donde es el principal elemento vertebrador, para bien o para mal, de la conciencia colectiva, en los Estados Unidos de América, en los últimos quince años la serie de televisión ha alcanzado el mejor nivel de la historia. Y también que en muchos caso el hermano pobre (la tele) está apabullando al rico (el cine). Vivimos, por diversos motivos, la mejor cosecha de series televisivas de la historia. Y por dinámicas internas de nuestro mercado doméstico, el público general español no está pudiendo disfrutar de esa etapa gloriosa.

Como todo medio nuevo, la televisión ha tenido que encontrarse a sí misma, ir trazando a tientas un esquema de su propio funcionamiento. Descubrir cuáles son sus mejores potencialidades y su limitaciones absolutas, y proceder a trazar un plan de aprovechamiento máximo de sus recursos artísticos. Todo esto se ha hecho por la acumulación de aciertos y errores, sin una teoría general conocida. Y ha derivado en una clara división de papeles, por pura competencia, entre el cine, el serial televisivo y la exhibición doméstica de películas. El cine, con estudios demográficos serios a raíz de su crisis de espectadores de los años setenta y ochenta, se ha decidido poco a poco por la completa y absoluta espectacularidad, orientada un público muy juvenil, el que en definitiva llena las salas. Y hacia allí ha enfocado toda su reciente innovación tecnológica, tanto en la creación como en la exhibición de películas.

La ficción televisiva se ha centrado en otro terreno, al no poder competir, por su propia naturaleza, con este gigantismo. Y es curioso: si el guionista en Hollywood es una especie en vías de extinción, tanto como la creación de personajes complejos, en la tele es todo lo contrario. Consolidando cada vez más géneros definidos (que contrariamente a lo que piensan algunos, es signo de esplendor maduro), el gran arma de cada género de serie es el guión y los personajes. Algo que ocurre tanto en las sitcoms, como en las policiacas o en las series dramáticas. Sumando a esto una nueva orientación de las cadenas de cable, que han asumido riesgos dirigidos a un público menos masivo y más adulto. Productos inconcebibles, por poco “familiares”, hace unas décadas, pueblan las ondas.

Me refiero a una serie moralmente tan ambigua como “El Padrino”: “Los Soprano”. O a una impúdica exaltación de la sexualidad de la mujer liberada como “Sexo en Nueva York”. O al realismo agrio, casi incómodo, de Policías en Nueva York. A la truculencia aséptica de “CSI”. Al humor absolutamente negro de “A Dos Metros Bajo Tierra”. Son series, que como “South Park”, se atreven con cuestiones que en otras épocas resultaban inconcebibles en televisión: sexo, familia, crimen, muerte, droga... vistos de manera diferente al moralismo de la América Feliz. Algunos son productos provenientes de factorías sospechosas en el cine, como la de Jerry Bruckheimer, productor de glorias como “Con Air”, o “La Roca”. Y sin embargo, esos mismo, en la tele de pago se atreven con cosas que, cuando es gratis y para todos los públicos, están vetadas. Y además consiguen hacerlas rentables, ajenas a la presiones y chantajes moralistas de las asociaciones de telespectadores sobre los anunciantes. Una televisión más adulta, más exigente con el intelecto del espectador que el cine americano actual, convive con salud y en paralelo con la definitiva vulgarización del medio en otros ámbitos, con el final de la credibilidad de sus informativos, con la decadencia completa del reality-show. Es una paradoja fascinante.

El arma secreta de la tele es la cotidianidad, la rutina semanal de la cita ineludible, el culto fiel y cómodo que genera. Esto permite al otro lado de la pantalla la exploración de los personajes, la evolución y ajuste de sus interacciones, mientras que el argumento se va convirtiendo en un trabajado telón de fondo, pero no más. Cuando una serie es buena, te dosifica sabiamente estos elementos, se reinventa el pasado sobre la marcha y dota poco a poco de relieve al personaje. Es verdad que el creativo televisivo tiene más tiempo para hacerlo; pero también que llevamos un tiempo viendo que se toman la molestia. ¿Acaso no es evidente que el nivel de guiones de las sitcoms, es infinitamente superior a la mayoría de infumables comedias románticas que nos torturan en la gran pantalla?.

Y dejaría para el final a “Los Simpson”, lo que será sin duda un clásico de la cultura popular cuando se lo contemple dentro de unos años. La radiografía más completa de una sociedad moderna, con su total exploración de luces y sombras, la más veraz y descarnada que jamás hayamos contemplado, es un dibujo animado amarillo chillón. No sólo en y al respecto de los USA, sino de cualquier sociedad. Nadie jamás la ha retratado así, con un humor infalible y sin signos de agotamiento. Durante diez años, y creciendo. Inaudito. El que quiera entender a los Estados Unidos de verdad, el que sea incapaz de no asombrarse y meter la pata comentando noches electorales del país de las costillas de cerdo con miel y la mazorca de maíz, pero también de Woody Allen, que repase todos los capítulos.

Esta etapa dorada en España, debido al boom de la producción propia, ha quedado bastante relegada, lejanos los tiempos en los que “Corrupción en Miami”, “El Show de Bill Cosby” o “Canción Triste de Hill Street” (claramente inferiores a lo de hoy) eran productos estrella de nuestra programación. En las mismas ondas por las que llegó la revolución con “Twin Peaks”, nos vemos abocados a la series españolas. Series que, poco a poco, mejoran algo su nivel, pero que todavía no dan la talla. Series eso sí, que han conseguido el milagro que el cine patrio parece incapaz de hacer: que las vean. Son la apuesta más segura para los programadores. De hecho, ahora el cine español roba al actor de la televisión, que abandona en pos de gloria artística y “respeto”, buscando el taquillazo, apoyado en la popularidad de un nombre conocido. Y el actor de cine con prestigio sobrevive en la tele. En Estados Unidos el camino sigue siendo muchas veces el inverso: el actor de cine en verdadera decadencia recala en la Tele para amortizar su popularidad en productos como “El Ala Oeste de la Casa Blanca” o “24 Horas”. Pero de todo eso, ya hemos hablado en realidad.
ENRIQUE MARTÍNEZ (febrero 2005)