Me he estado conteniendo, pero sinceramente es superior a mis fuerzas, a mi buen juicio. Necesito hablar del cine español, o más bien de lo que su gremio reclama del Gobierno. No debería, nadie me lo pide y no sirve para nada, pero necesito, en un insano ejercicio de pataleo infantil, exponer argumentos políticamente incorrectos en ciertos círculos.

El cine español, como la música, o más bien sus respectivos gremios y livianos tejidos empresariales, han proclamado en los últimos años una situación de emergencia y angustia vital. Percibiendo la proximidad de la muerte han procedido a lanzar un grito de auxilio al más poderoso ente que existe dentro en España: el Estado, la empresa que más factura cada año y con la clientela no se sabe si más fiel pero sí, qué remedio, más generosa. Tras un par de años de escasa recaudación de las películas de producción española, tras otro par anterior de relativa bonanza y records de recaudación, la industria o artesanía patria ha pasado a producir menos películas. Pero, además, esta vez percibe un futuro a corto, medio y largo plazo catastrófico, en el que la que su desaparición completa no se aventura como un imposible sino como un fin muy posible y casi cercano. O eso dicen.

La campaña que han lanzado para hacer conocer a la opinión pública sus cuitas no ha venido sola. Es decir, no sólo nos han hecho saber lo que les pasa y lo que presumen que les pasará, sino que también nos han indicado su análisis de porqué les pasa, y además nos han dado la solución a dicho problema. Un pack completo: se plantea el problema, se explican las causas y se ofrece la solución. Ayuda mucho esta diligencia y claridad en tiempos de confusión. En resumen: la industria española no puede competir con el gran monstruo cinematográfico norteamericano, que arrolla en taquilla con su cine comercial, gigantesco y espectacular, que mediante sus infinitos medios productivos y promocionales, arrastran a la gente a las salas multicines y una vez allí, ante la disyuntiva de desprenderse de sus Euros, optan casi invariablemente por el espectáculo vacío del cine norteamericano en vez de pagar por las historias íntimas, pequeñas y cercanas que nuestros profundos cineastas y humildes actores nos ofrecen, con enorme amor al arte y sin interés mercantil.

Ante este panorama resulta inevitable que la aplastante lógica del mercado termine por laminar a nuestra industria, comercialmente deficiente (fabrica algo que no consigue vender en cantidad suficiente para hacerlo rentable), lo que a la larga se supone que hará desaparecer el “cine español”. Ante esta perspectiva, la cinematografía española reacciona como lo han hecho todas las industrias en crisis en la historia de esa crisis eterna en sí misma que es España: reclamando del Estado medidas políticas que garanticen una salida si no comercial (vender lo que producen) pero sí al menos económica (producir lo mismo como si se vendiese, conservando la ganancia todos los partícipes del proceso productivo menos el consumidor). En esencia una subvención a fondo perdido viene a ser esto: una gente que quiere conservar su modus vivendi, bien de trabajador bien de empresario, más allá de que a precio de mercado su trabajo o producto encuentren la suficiente aquiescencia del cliente. Otros métodos para distorsionar la competencia desde el Estado a favor de uno de los competidores son la imposición fiscal selectiva o las limitaciones artificiales de la oferta. Y ambas han sido también contempladas como opciones por las Autoridades Culturales.

Esta es una historia vieja, porque este país lo vive, o lo ha vivido entre otros simpáticos sectores, como la siderurgia, la construcción naval, la automoción, la minería del carbón, el aceite de oliva, los melocotones, las peras, naranjas y manzanas, así como las vacas lecheras, los pollos y las gallinas, por no hablar del lino que se quema una vez cobrada la subvención. Los argumentos esgrimidos en cada caso varían un tanto, pero subyace siempre la misma angustia colectiva de no ganarse la vida como se pensaba hacer el resto de la propia, y tal vez la de los hijos y nietos. Además, existe un argumentario específico en el arte y más especial aún para el cine: la defensa de la cultura y del arte, y sobre todo de sus expresiones “propias”.

Vamos a ver, amiguetes, como diría un artista cinematográfico patrio: el cine tiene un problema que no es culpa de nadie, sino que es la naturaleza propia del cine. Y se resume en que es el arte industrial por excelencia, el arte más caro de producir, el arte que no requiere mero negocio sino genuina industria para subsistir. Sin su industria tal y como la conocemos hoy han preexistido la música (mal que les pese a algunos), la pintura, la escultura, el teatro, la poesía, la novela, la arquitectura y demás expresiones sublimes del genio humano. El Cine, como lo entendemos, no que se sepa. Para escribir el “Señor de los Anillos” hace falta muchísimo menos dinero y gente que para filmar “Cinco Horas con Mario”, pese a que las dimensiones humanas y materiales de lo que se narra no pueden ser más distintas. Por eso, cuando se rueda el “Señor de los Anillos” en la lejana Nueva Zelanda para recortar gastos, aquello sin embargo parece una obra de dimensiones similares a la construcción de los viaductos de Piedrafita, pero con un espíritu de Fallas: al final se fotografía para el recuerdo y se le prende fuego. Toma ya desperdicio.

Todo esto implica pasta, mucha pasta. Mucha más pasta que la que hace falta para un montaje teatral o incluso de ópera, no digo ya la publicación de una novela. Además, en líneas generales y por lógica de dicha magnitud industrial, resulta que el consumidor al que se dirige el producto final debe ser una gran masa no tan selecta, para que la suma de multitud pequeñas cantidades dinerarias obtenidas en la comercialización produzca el efecto de superar en mucho la adición de escasas cantidades mayores. Por eso, el cine desde hace muchos años, desde casi su origen, no puede tener las pretensiones elitistas que en otros tiempos adornaron a la Ópera. Se debe cada vez más al gran público, a la masa gris e informe, al adolescente que se desplaza al cine y no al adulto que espera paciente en casa a que se lo pongan gratis por la tele. Es de masas o no es, salvo excepciones honrosas. Esa es la triste realidad: tiene más de Zara que de sastrería de Saville Row. El producto artesanal, a medida, cuidado, con profundo conocimiento de causa en ambos extremos, vendedor y comprador, resulta difícilmente encajable en esa lógica económica de grandes masas. Y probablemente por eso, por el gigantismo de su promoción y por la juventud de su demografía, el cine que comercialmente funciona, el cine americano, está hecho unos zorros artísticos.

El argumentario ad hoc del cine español, aquel que habla de la excepción cultural, de la necesidad y derecho de cada pueblo a expresar sus peculiaridades folclóricas (o su “manera de ver el mundo” en expresión más exquisita) a través de todos los medios de comunicación existentes, se los pueda permitir o no, también es viejo, aunque siempre esté de actualidad. De este modo “la cultura”, o lo que se entiende por cultura, se desplazaría del mercadeo puro y duro con el que se gobierna la mayor parte de nuestra vida, para dejarse en manos de una lógica diferente. Así con medidas de preservación de la propia cultura (y ese epítome absoluto: el idioma propio) la España de Franco impuso el doblaje de las películas, creyendo proteger la cultura propia y garantizar así la efectividad de la censura. Probablemente ahora muchos piensen que, sin el doblaje obligatorio de películas, el vulgo hubiera favorecido desde hace décadas la comodidad de su propia lengua y nuestra industria cinematográfica sería más robusta. Pese a la lógica de este argumento, me temo que tampoco: en Portugal, no doblan ni las series de televisión americanas y su industria cinematográfica no parece una maravilla vista desde no tan lejos.

España, como Portugal, o Dinamarca, muy de vez en cuando regala una gran película, y nos da un gran artista cinematográfico, de los que te puedes fiar. Un Javier Bardem, un Gil Parrondo, un Aguirresarobe, un Rafael Azcona, tal vez un Fernando León, seguro un Víctor Erice. O incluso un artesano autosuficiente como Alejandro Amenábar, que no es Ingmar Bergman, pero que lleva a mucha gente a ver sus películas llenas de trucos y trampas, pero que entretienen. Sobre estos mimbres humanos es sobre los que se construye una industria precaria. Pero para fortalecerla parece ser que le tenemos que inyectar en vena algo más.

Porque a lo que se resiste nuestro mundo del cine es a “rebajarse” y dar a la gente lo que le gusta en grado suficiente. No se compromete, salvo excepciones, la pureza del arte, no se pretende triunfar comercialmente ofreciendo algo comercial, lo cual ya de por sí es complicado. Ya no es que la búsqueda chabacana de la audiencia se reserve a pocos, sino es que ni siquiera la búsqueda de un astuto equilibrio entre comercio y contenido se localiza en mucha gente, más allá del mentado Amenábar. Desde una suerte de despotismo ilustrado posmoderno, la policía del buen gusto sostiene la necesidad de que, por el bien del pueblo, éste financie las películas que debería ver, las quiera ver o no, las vea finalmente o no. Una minoría, una elite, determinaría qué es el cine que debe ser, y mezclando los papeles de artista, hombre de negocios, recaudador de impuestos y crítico se lo guisa y se lo come todo en un círculo de endogamia absoluta: la gente del cine viendo sus propias películas, los unos aplaudiendo las pelis de los otros. En dos generaciones y se siguen casando entre ellos con tanta frecuencia, abundarán las malformaciones congénitas.

Así nuestro modelo en realidad es el de Francia. Pero creo que compararnos con Francia es absurdo, ya que la influencia de España en la cultura universal ha sido mucho menor que la francesa en los últimos doscientos años. Así que malamente encontraremos remedio a nuestros males aplicando idénticas recetas a enfermos tan diversos, máxime cuando uno no ve tampoco tanta bondad en el modelo gabacho. Pensar que el cine francés goza hoy de buena salud, de una salud mejor ahora que hace veinte, treinta, cuarenta o cincuenta años es de risa. Nunca al cinéfilo medio, al vulgo ignorante, le importó menos Francia. Y quizá tampoco al culto y ocultista. Estos lodos artísticos, que vienen de otros polvos francófonos, sin duda tienen un brillo que ya de por sí quisiera España y su celuloide, pero para comparar la salud de algo habrá que observar su propio pasado, no el presente de otros. Y el vigor artístico y cultural en general de Francia no es mucho, si recordamos otras épocas no tan lejanas. Otra cosa es la salud económica de sus potentes grupos multimedia. Pero entonces ya no estamos hablando de arte, sino de negocio, y no nos hemos alejado de la lógica del interés mercantil, sino tan sólo de la justa contrapartida del riesgo empresarial.

Lo resume muy bien el crítico Carlos Boyero, profundo conocedor de este mundillo, en un chat cualquiera de los que realiza semanalmente en El Mundo.es:

"El problema con los apologistas de la excepción cultural es que existen amigos míos entre ellos, gente con talento, que podría seguir haciendo cine sin mamar de las subvenciones estatales. A su sombra hay un montón de buscavidas que intentan hacerse ricos con ese chollo gubernativo. Repito: sólo conozco a un productor del cine español que se haya arruinado. Y mira que se ha hecho mal cine, inaudible e invisible, sin público. Al productor le da igual, tiene amortizada su película antes de estrenarla."

Esa es la realidad actual de España. Ya es la misma que Francia, pero en cutre de pueblo. Cuatro productores que fallan muchas veces pero que nunca se arruinan, un gran grupo mediático que lo copa casi todo, que promociona con fruición y habilidad cada uno de sus productos mediante la radio más oída, el periódico más vendido, una revista de cine propia, y el único canal de TV de pago. Y como aditamento siempre infravalorado una televisión pública quebrada que lo financia, compra, promociona y emite todo, le salga a cuenta o no, y que además entretiene y alimenta al Star System con series de factura cara y resultados comerciales, en la mayoría de las ocasiones, escaso. Porque es evidente que durante años la cuenta deficitaria del cine español se ha arrojado sobre la arqueada espalda de una tele pública, “el Ente”, que ha visto también mucho trincón de otras hierbas por allí. Y así le luce el careto, con o sin Cayetana Guillén-Cuervo todos los viernes en un programa de cinco horas, que ya son horas.

Además esto hace más sospechoso que en otras latitudes el compromiso político de nuestros actores, productores, directores y demás pandilla. Cuando se les ve ponerse estupendos y reivindicativos uno tiene la tentación de atribuirles fondos mercenarios y desmerece su reivindicación. Cuando Springsteen se pone pro-Kerry puede que incluso le cueste dinero (aunque no lo necesite) porque sus giras van sin subvención pública y puede perder o público o patrocinadores de filiación republicana. Sobre la pureza de intenciones del Gran Wyoming uno ya sospecha más si le ponen un programa en TVE. Tal vez sin razón, pero esa es la naturaleza maligna de la subvención.

Miren Ustedes, y bajando al nivel del “obrero” y no del capitalista. Uno mismo querría trabajar de otra cosa, y de otra manera. Me haría feliz, ya no digo escribir, sino dirigir una revista de música que sea el perfecto compendio de lo que me gusta, en formato de lujo, y con la línea editorial inmaculada por no necesitar de publicidad ni favores de sellos, diseñada por Guille Arias y codirigida con él y con Javi Becerra para seguir teniendo esas enganchonas tan simpáticas. Pagar a todos los colaboradores un pastón y la Seguridad Social, no pedirles la exclusiva y no sablear contenidos de Mojo. Y además comprarme así, con esa integridad inmaculada, para empezar un Aston Martin DB7 Zagato gris metalizado mate con tapicería en cuero blanco Connolly y un soleado ático de 400 metros en Paseo de Gracia, y si no existe, que me lo construyan tirando un edificio catalogado. Por desgracia, a lo máximo que he llegado sin subvención es a esto que estáis leyendo, si habéis aguantado hasta aquí. Casi lo prefiero así, sin Aston Martin.

Don Fernando Alfaro, alias Chucho, que es de lo más parecido a un genio que ronda por aquí, trabajó en una gasolinera para mantener a su familia, a pesar de haber escrito ya “Magic”, lo que en un mundo justo le habría supuesto el retiro completo. En esa misma gasolinera escribió una canción, “Extrarradio”, que con cuatro duros y 6 minutos dice tanto sobre la alineación suburbana como “Barrio” en varios millones de pesetas y ciento y pico minutos. Alfaro es más artista que Santiago Segura de aquí a Lima, ida y vuelta, y su arte es más barato de producir que el de Álex de la Iglesia en igual medida. Pero para vivir su arte no puede vivir sólo “de” su arte. La vida es así de perra, con o sin un Aston Martin al que no sé si Fernando Alfaro le echó gasolina alguna vez.

ENRIQUE MARTÍNEZ (noviembre 2004)