Coincidió más o menos en el tiempo, casi en paralelo, el desarrollo de dos trilogías cinematográficas, ambas enormes producciones, que vienen a sugerir un tema interesante. Me refiero a la monumental adaptación cinematográfica de “El Señor de los Anillos” y a las tres “precuelas” de La Guerra de las Galaxias. Ambas producciones de dimensiones gigantescas, considerando en concreto servidor de Uds. que los logros técnicos y (re-)creativos, que no cinematográficos, de los films de Peter Jackson, son una cima que se tardará años en ser alcanzada de nuevo. Y eso, si es que el cine alguna vez vuelve a ser planteado en dichos términos elefantiásicos al servicio de una historia con un mínimo de solidez y desde una genuina pasión por lo que se esté narrando, pasión justificada o no. En cierto modo, y considerando el equipo humano e incluso la productora que estuvo detrás del proyecto, existe un aroma a canto del cisne cinematográfico en “El Señor de Los Anillos”. No tanto en una serie de películas montadas por los grandes estudios a su rebufo (“Troya”, “Rey Arturo”, “Alejandro Magno”).

Pero ese no es el tema que nos ocupa. Prefiero centrarme en que, a pesar de los diferentes y desiguales que son ambas propuestas, de lo inferior que en líneas generales ha venido siendo la oferta de George Lucas a la de Jackson y a la suya propia anterior, exista un fuerte vínculo entre ambas. Son dos anomalías en lo que se supone que es el discurso principal de estos tiempos posmodernos. Dos éxitos rotundos, no tan sólo en éxito comercial instantáneo, sino de fidelidad y culto a su alrededor. Son, increíblemente, dos relatos mitológicos, y concretamente dos relatos épicos. En realidad, los dos últimos relatos épicos. Eso es lo más extraño de todo. O no. Quizá ni siquiera sean los últimos relatos épicos vigentes, ni la última mitología en uso.

Sorprende un tanto, un mucho, comprobar como esta clase de claves, estructuras narrativas y sobre todo, categorías morales, encuentran un éxito tan masivo en estos tiempos. A primera vista, resultan tan a contracorriente que no deberían encontrar eco alguno. Pero la realidad es tozuda. Y si uno mismo tiene fuertes vínculos sentimentales con ambos relatos, forjados en la tierna infancia, comprobar ahora el enganche de nuevas generaciones -salvado el formato cinematográfico- a esos mismos referentes resulta una confirmación de ciertas intuiciones, que vienen de lejos. Por algún motivo, alguna gente, mucha gente, requiere ese tipo de relatos, la sustancia mitológica y la épica en su vida soñada. Y no hay más que comenzar a explorar lo que eso significa. Porque algo significa.

En algún momento la cadena de transmisión de estos relatos, de los que vienen de lejos y de antaño, de los que en veras conforman la tradición, se ha roto. Del mismo modo que la historia, por lo menos parte de ella, no es narrada ya en dichos términos, con un discurso más analítico que mitológico. Pero deber existir un cierto “horror al vacío”. Y si la religión organizada, batida en retirada en nuestra realidad circundante, es sustituida por diversas sectas y simpáticos argentinos que echan las cartas a intempestivas horas de la madrugada en los canales televisivos locales, pasando el cepillo virtual, otros sucedáneos han venido a suplir otras posibles carencias.

Estos espectadores, fieles y clientes necesitan héroes, blanco y negro moral, hazañas ejemplares, las cosas claras y una cierta glorificación de la violencia en rituales que la hagan trascender más allá de la mera catarsis de las bajas pasiones. Creer en la magia, en la existencia de lo sobrenatural, y en el “fatum”. Pensar que su destino se disuelve en el de un colectivo, que sabe a ciencia cierta (o incierta, la fe pone el resto) de donde viene, y a donde va. Creer que el mal anida fuera, pero no lejos, en un reino cercano en el que sin duda “ellos” conspiran contra “nosotros”. La opresión a la vuelta de la esquina.

Todos estos rasgos se manifiestan con mayor claridad en “El Señor de los Anillos” que en la saga galáctica. Ambos son refritos, reelaboraciones plenamente conscientes (y en eso, algo posmodernas) de mitos, reelaborados y reubicados. Lucas, progresista norteamericano, encuentra nuevos motivos, mitos en realidad, y toda la dimensión de conspiración política que contiene esta última trilogía distancia un tanto su relato de las tradiciones puras. Aunque sea lo más interesante de sus últimas entregas, sí que se desmarca un tanto de la ortodoxia épica que sí contenía la primera (o segunda) trilogía. Pero en el caso de Tolkien, todas y cada una de las claves de este registro están ahí. Algunas proyectando sombras siniestras.

Tolkien, como no, filólogo de profesión, poeta por afición, localizaba la decadencia de Inglaterra en la invasión normanda, Siglo XI nada menos, borrando por el camino toda la gloria que los demás alcanzamos en localizar en la Gran Bretaña (Shakespeare incluido). Podría resultar aventurado afirmar que El Señor de los Anillos es uno de los productos más tardíos, pero acabados y consecuentes, del Romanticismo, pero uno tiene las espaldas muy anchas.

A veces he leído preámbulos de Proyectos de Leyes Orgánicas que parecían entresacados del El Silmallirion, el libro más excesivo de Tolkien. Ya se sabe: Edad de Oro, caída, mezcla, decadencia, sangre noble que se diluye. Leí por ahí que el nacionalismo es lo último que queda en el Siglo XX, (¿o era el XXI?) de la religión. Lo cierto es que hay gente que necesita estas cosas. En fuertes dosis. Directamente en vena. Tal vez así, se vuelva a espesar la sangre.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Noviembre 2005)