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Hace pocas fechas Javier
me transmitía sus amarguras por la composición del cartel
del festejo musical principal del Xacobeo (“¡qué meneo!”)
edición 2004. Era la constatación para él de una
oportunidad perdida, la confirmación de que Galicia es diferente,
y que como siempre aquello no tenía ni pies ni cabeza. Para mí
no era más que un buen motivo para ahorrarme un costoso desplazamiento
a casa con excusa “cultural”. Salvo Bowie,
nada inédito para mí o que me motivase demasiado. Pero mis
conclusiones extra-musicales son diferentes a las suyas. Él aún
se enfada. A mí ya me da igual. O casi.
Que Galicia es diferente
bien los saben los que pueden comparar. Pero no es precisamente en el
tema del festivaleo público en lo que más se nota la idiosincrasia
inconfundible y confusa de la tierra de Breogán. Tiene sus hechos
diferenciales “ad hoc” como el Conselleiro de Cultura fan
de Carmiña Burana. O algo casi tan eterno como el propio jefe del
Conselleiro: la climatología, que las posibilidades de que llueva
en dicho acontecimiento son más elevadas que en Jerez de la Frontera.
Pero el caos ideológico, la ausencia de coherencia artística
y la querencia por los nombres veteranos mezclados sin ton ni son, por
ciertos nombres de la cuadra de ciertos promotores, no es algo que pueda
deberse a especialidades del folclore regional, entendido en sentido amplio.
En todas partes cuecen habas, o lo que haya que cocer. Que sé yo:
enxebres grelos, tradicionales calçots, castizos garbanzos o lo
que cuadre. No nos fijemos en la anécdota. Examinemos la categoría.
La categoría se
llama “Política Cultural”. Y a veces a los que nos
gusta ese hermano pobre (por méritos propios) de la Cultura con
mayúscula que es la “música pop” (porque así
es como entraríamos a ser catalogados por los burócratas),
nos vemos afectados por la política cultural. Es decir, por la
intervención de la Administración Pública (y sus
administradores) mediante sus largos y múltiples tentáculos,
por sus diversos instrumentos, en nuestra vida de asistentes a conciertos
y compradores de discos. A veces nos regala o subvenciona una entrada.
A veces nos casca un 16% de IVA por elegir un disco y no un libro. En
el fondo nos castiga de las dos maneras. Pero en el pecado llevamos la
penitencia.
Cuando el Estado aparece
en eso tan cenagoso como es “la cultura” las aguas se enturbian
definitivamente y las arenas se tornan aún más movediza.
El hedor comienza a ser relevante. Esa política cultural, ese intervensionismo
que nunca es inocente. Porque toda política cultural busca un objetivo
dirigista, un plan maestro, a corto o largo plazo. Ese dinero, otrora
nuestro o de otros, y que nos es devuelto en forma de bien y servicio,
que se nos regala lo pidamos o no, es un poco como aquel regalo de Reyes
Magos tipo calcetín de rombos, y nunca es del todo gratuito. Vale,
el calcetín abriga y nadie le hace ascos a un concierto subvencionado,
si toca alguien que más o menos te interesa. Y si no, pues da igual.
Siempre se puede uno ir de picnic alcohólico y estupefacto a la
ladera del monte, a la playa o al absurdo recinto deportivo que acoja
en su seno el acontecimiento estrella.

Podemos, según
vayamos al picnic, a un teatro, al cine, o estemos viendo la TV en la
falsa tranquilidad del hogar (con mucha suerte de protección oficial
también), estar asistiendo (de “asistir” en su acepción
de ayudar) a la reelección encubierta de un concejal desesperado,
a la recuperación de la “memoria histórica”,
a la “normalización lingüística” y a la
protección de las formas culturales “propias” o a “un-impulso-al-diálogo-entre–culturas-diversas”.
Que sé yo, a la defensa de la biodiversidad, a la promoción
de la industrialización, a la difusión de cualquier cosa
subliminal o evidente. O a todo a la vez y sin avisar. Al “Gran
Salto Adelante”, o a un paso a un lado o a otro. O como en el tango
bien bailado, dar muchas vueltas para terminar en el mismo sitio. Puede
que el Estado decrete la excepcionalidad de la cultura, decrete el estado
de excepción cultural, y por ello suspenda derechos y garantías.
A veces el Estado obliga a doblar las películas. La mayoría
de las veces obliga a doblar al artista. A que doble el espinazo, quiero
decir. Siempre hay un objetivo, un fin. La “cultura” es un
medio para alcanzarlo. El pagano (de pagar) es el otro medio. Y, a la
vez, el fin instrumental.
Debajo o al lado de grandes
ideales o de planes finales pueden subyacer intereses inmediatos más
mezquinos tal vez. Quiero decir que tal vez sean más mezquinos,
porque surgir, surgen siempre. No sé, puede producirse (con tanta
música sonando de fondo) un baile de sobres que no contiene ni
café soluble ni té instantáneo. O puede aparecer,
después de años de estabilidad parlamentaria y de “Política
Cultural” lo que se conoce como el “pesebre”: entre
el buey y la mula con cargo político adornan el Belén cultural
el intelectual orgánico o el “cantante abajo firmante”.
Se reconocen con ojo poco escrutador: son el que siempre ve “motivo”
en el ojo ajeno y nunca en el próximo, el director - productor
con subvención y coproducción, el columnista entrevistador.
El que tuvo programa en una TV pública billonariamente deficitaria,
y lo quiere volver a tener, o el que lo tiene y no lo quiere perder, o
el que quiere volver a cantar en el de un amigo que sí que lo tuvo
y tal vez lo tendrá. En Galicia sí hay una figura especial,
que es el gaitero orgánico. Pero en otros sitios tocan las palmas
y por eso existe el palmero. Es la España plural, que al final
siempre se parece tanto.
Algunas ciudades quieren
ser faro de modernidad, otras de multiculturalidad y otras de casticismo
localista. Algunas todo a la vez y aprovechan la extensión de su
propia geografía para tener a la Oreja de Van Gogh en un sitio,
a Spiritualized en otro, a Cheb Khaled en el tercero y gente bailando
sardanas por la tarde. Cada oveja con su pareja, y yo digo encantado beeehhhhh,
cuando me ponen la mía.

Pero insistamos en la
evidencia de que en cada pueblo toca lo que toca, cuando toca y las veces
que toca. Deber ser muy complicado dejar respirar a la llamada sociedad
civil, ver por donde sopla el viento cuando se apagan los ventiladores
y dejar crecer lo que surge con mayor o menos fortuna desde abajo. Quizá
regar un poco un arbolito no sea mala idea, pero plantarlos creciditos
conlleva que después se orina siempre, literalmente, fuera de tiesto.
A veces uno agradecería que cuando se ayuda a iniciativas privadas
que han sabido surgir y crecer solas, detrás del saco del dinero
venga el preceptivo inspector de sanidad o de seguridad y vele por aquello
que, no nos engañemos, la empresa privada es incapaz de garantizar
porque le da donde le duele: en el bolsillo.
A nosotros nos duele allí,
en la cartera, las veces que haga falta según disponga Decreto
Ley o Ley de Acompañamiento. Y después también incomoda
nuestro elitista corazoncito ver mezclar churras con merinas, a Iggy Pop
y los Stooges redivivos con las pobrecitas Corrs, o lo que cuadre, entre
pase y pase de Carmiña Burana. Pero en realidad ¿qué
cabe esperar? ¿Criterio donde sólo hay interés? ¿Coherencia
donde se está cubriendo el expediente?
Pero seamos realistas,
pidamos lo imposible. Pidamos el final del festival subvencionado, del
enésimo museo de arte contemporáneo de Torrelodones (“tócame
los...”) exhibiendo la nada envasada al vacío, de la película
histórica que no es ni película ni Historia ni otra cosa
que otro joven pubis femenino exhibido por vez primera en cinemascope
a la mayor gloria artística de otro abajo firmante... El final,
en definitiva, de la Política Cultural con todas las mayúsculas
y minúsculas. Que sólo es una de las peores formas de política
y nunca es cultura.
El abajo firmante:
ENRIQUE MARTÍNEZ (Abril 2004)
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