Hace un par de años una noticia me llamó poderosamente la atención dada mi condición de consumidor compulsivo de música: la industria discográfica había constatado con alarma un descenso gradual y sostenido en las ventas totales en todo el mundo de discos (o de CD´s) originales durante los últimos años. Rápidamente se localizó la culpa en la piratería de alta calidad que permitían las grabadoras de CD y en el formato informático de compresión de sonido MP3, en concreto en el servidor de Internet Napster y así daba comienzo la lucha contra ambos fenómenos.

En primer lugar la persecución judicial y legal de NAPSTER ha sido un éxito que esconde un fracaso. Porque Napster ha cerrado o se ha aliado con algunos de los gigantes de la industria, pero han surgido sustitutos en la red que cumplen su función de permitir descargar música gratuitamente a la perfección. Aquí las discográficas han vuelto a pegarse un bacatazo como es habitual cuando uno intenta ponerle puertas al monte, y este fenómeno del pirateo de música por la red me parece que se ha asentado definitivamente y nunca podrá ser vencido por la Industria.

Respecto al segundo aspecto del pirateo, el que ahora hacemos todos por grabadoras de CD instaladas en nuestros corrientes ordenadores domésticos, la estrategia utilizada ha sido otra, y será expuesta más adelante.

Sin embargo el descenso continuado de ventas de música, en un momento como aquel de expansión económica generalizada y "exuberancia irracional en los mercados" en palabras del Presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan, en mi opinión debía tener sus motivos reales y profundos en algo más que un fenómeno, el de la piratería, que ha corrido paralelo y ha acompañado durante la anterior década de los años ochenta a la industria del disco en el mayor crecimiento que ésta haya conocido en su ya larga historia.
Cuando en fechas recientes a portentosamente dotada por la Naturaleza Mariah Carey le da puerta su compañía de discos, pagando una absurda cantidad para rescindir un contrato, ante la previsión de perder una cantidad aún más absurda promocionando sus sosos discos, entonces en un momento determinado se dibujó en mi mente una foto más amplia y una interrelación entre fenómenos diversos comenzó a tomar forma. Esta reflexión resulta necesaria, porque para mí desvela múltiples claves sobre el futuro de toda la industria del entretenimiento, pero también sobre el futuro interés de nuevas generaciones por la música, que es algo que personalmente me preocupa por razones sentimentales. Las únicas que merece la pena atender en última instancia.

FUSIONES Y ADQUISICIONES.

En los últimos años la industria del disco ha asistido, especialmente en los Estados Unidos que es donde se concentra, a una fiebre de fusiones y adquisiciones entre los sellos y empresas más importantes del sector. Muchos artistas de importancia menor y sin condición de superestrellas y algunos veteranos ilustres en horas bajas sufrieron las desagradables consecuencias, y se han quejado públicamente de haberse visto despedidos de los sellos por nuevas políticas comerciales o de haberse visto abandonados por sus sellos en la promoción de sus discos e incluso en la publicación de los mismos.

En definitiva, se entremezclaron durante un par de años dos lemas: "sálvese quien pueda" y "cuanto más grande mejor". Vender un par de cientos de miles de copias era un fracaso de cualquier manera, los gastos de promoción de los artistas que rondaban estas cifras se recortaban cuando no se eliminaban y los esfuerzos se centraban en asegurar los tiros que ya resultaban seguros de por sí. Movimientos inequívocos de una industria pesimista y escéptica con respecto a sus propias fuerzas y consciente de su situación de crisis.

Desde el punto de vista artístico, de cara a la salud y calidad de la música, es difícil hablar de esto como de algo problemático Hubo un momento en el que los artistas grabasen para un sello multinacional representaba unas ventajas que solo los más puritanos y cerriles de los aficionados a la música independiente podían negar. Con más dinero y medios un artista no excesivamente vanguardista, pero sí algo ambicioso e involucrado con sus discos, conseguía mejores producciones y mejor sonido. Ahora la cosa ha cambiado radicalmente por el abaratamiento en el coste y la simplificación en el uso de los medios de producción musical, especialmente en la producción de música electrónica.
Si ya muchos artistas están optando por la autoedición, también es cierto que para un sello independiente de tamaño medio ahora mismo no resulta ruinoso en absoluto conseguir que un artista de cierto nivel de ventas grabe con una calidad de sonido decente e incluso que realice una producción cuidada según los estándares habituales de los últimos diez años. Los discos de Glitterhouse o Cooking Vynil sería un buen ejemplo. Pero nuevamente esta situación idílica de artistas de calidad, ajenos a modas y hypes, con un público determinado y un nivel de ventas razonable, habitando felices en sellos independientes con un gusto e interés artesanal pero un resultado profesional en la música, está amenazada. Por ahora se aseguran unas ventas que garanticen con respecto a los costes, unos márgenes de beneficios que si bien para la Sony Corporation resultan inaceptables, a ellos les permitan mantenerse en el marcado. Pero nuevos estándares en calidad de sonido están apareciendo en el horizonte, y la brecha entre grabar para una indie y una major puede volver a ensancharse. La incipiente clase media de sellos que se estaba consolidando gracias a la obsesión por los grandes nombres de las multinacionales (Anti, Glitterhouse, Cooking Vynil, Beggars Banquet... etc.) puede volver a verse destruida o devuelta a la oscuridad de las tinieblas exteriores.

UN NUEVO PRODUCTO.

Antes de analizar esta última cuestión conviene encontrar la razón primera de todo esto: el porqué de la crisis.

Más de uno ha apuntado que actualmente existe una oferta mayor de formas de entretenimiento al alcance del principal sostén económico de la industria del disco. Además de la música pop, principal bien de consumo y transmisor-creador de tendencias entre la gente joven (franja que iría de la pubertad a unos 30 años) en los últimos cuarenta años, surgen nuevos estímulos, especialmente los videojuegos. Digamos que ahora la música ahora es la banda sonora de fondo para otra cosa y no una cuestión a la que dedicarle tu plena y exclusiva atención. Suena de fondo mientras machacas un video-juego o bailas drogado en una discoteca. Es algo que bajas de Internet, lo guardas como archivo en el disco duro y suena mientras haces otra cosa. Y no es precisamente un tema de conversación al que dedicar mucho tiempo.

Según el propio Mick Jagger, antes la música era lo principal porque era lo único o al menos era lo mejor. Pero hay algo más que esta variedad de la oferta. Está también la naturaleza de esta oferta, que antes se dirigía a una audiencia menos "audiovisual", sobre todo menos visual. Ahora los estímulos, si quieren captar la atención de los nuevos consumidores, han de ser rápidos, concretos, directos, abrumadores y fugaces para despertar su atención. Hay que recordar que la música electrónica de baile casi no tiene letras elaboradas, y por lo tanto no requiere ni ulterior reflexión ni asimilación, pues busca un estímulo inmediato, fuerte pero fugaz.

Este es un fenómeno que no es exclusivo de la música y que se está extendiendo a todos los órdenes de la vida. Está alterando la forma de hacer películas y la forma de dar información. Los programas de televisión son cada vez menos distinguibles en más de un aspecto de los anuncios que los interrumpen. Y uno de dichos aspectos es el modo de expresión escogido, más rápido y ágil, pero también más superficial. De hecho, no queda ya ningún programa nocturno de debate en ninguna cadena mayoritaria, que no sea una jaula de grillos que verse sobre cuestiones de la prensa rosa.

La industria del disco es uno de los principales responsables de esta transformación, ya sea éste un cambio para mejor o para peor para todos nosotros. Pero lo que en principio parece indudable es que para ella misma sí que es para peor, como si se hubiese disparado en su propio pie. La irrupción de la MTV y el video-clip masivamente en los años ochenta no supuso para la industria musical, como se pueda pensar, un cambio en COMO ésta vende el producto, sino en QUE vende en última instancia. El video clip y su contenido de imágenes, ha dejado hace ya mucho tiempo de ser el medio de vender algo, para convertirse en el fin en sí mismo considerado. La música ha dejado de ser la mercancía para pasar a ser parte del paquete completo, y poco a poco su importancia dentro del paquete es cada vez menor Pero la industria en principio no cobra por emitir los vídeos, sino que paga por emitirlos. Y la gente común con una rotación intensa durante 24 horas de estos mismos vídeos de modo gratuito realmente no necesita más, por lo que tampoco se va a comprar un disco completo para disfrutar de algo que no le va a dar: la imagen con el sonido, no éste en solitario.
La elección de un tipo de artista basado en la imagen como principal activo de la industria elimina la capacidad afectiva, ensoñadora y sugestiva de la música pop. Hoy por hoy las máximas estrellas son gente como Britney Spears. Una perfecta campaña de imagen desde el principio, que juega con un cruce de infantilismo puritano morboso, implantes mamarios de silicona, virginidad inverosímil con provocación casi-pedófila a los padres viejos-verdes de sus fans adolescentes y esa actitud de fiesta de pijamas femenina del Medio Oeste norteamericano que provoca la risa del menos cínico. Todo llevado con una soltura y precisión tal que demuestra que, con certeza, hay un plan secreto y maestro detrás de todo. Y a mayores, sosteniendo todo esta maquinaria sobre una única canción realmente decente en toda su carrera.

Pero es obvio que el clip fija en el oyente una visión determinada de la canción, que determina su empatía con el artista y que acorta el plazo de su afecto por la misma. Conozco gente de mi edad que con respecto a los juegos de ordenador de su infancia mantiene una relación nostálgica, y a otros que reivindican el Atari contra el Pentium III. Y sin embargo creo que en realidad esta gente posee una sensibilidad innata que hubiese hecho de ellos los perfectos "pop nerds" en el caso de haber sido expuestos a la música en el modo adecuado. Se habrían convertido en gentes como la redacción del FEEDBACK-ZINE, con un fanzine de música. Sin embargo creo (y si no fuese así no escribiría en un zine), que la música (o una buena serie de T.V) está dotada de una capacidad mayor para generar este tipo de adhesiones sentimentales que un video juego.

Pero en última instancia todo esto da igual. Porque Sony probablemente saca más beneficio marginal de la TV en la que ves los video-clips, o de cualquier juego de la Playstation 2 que de un disco de Michael Jackson. Pero, por si acaso y hasta nuevo aviso, te sigue vendiendo los tres a la vez.

LA GRAN MENTIRA DEL SONIDO.

La otra gran mentira de la industria en los últimos años ha sido el CD, el disco compacto, el primer formato digital de sonido que hemos manejado con habitualidad. Me acuerdo perfectamente lo que nos contaron cuando salió: que no sólo sonaba mucho mejor y ocupaba menos espacio, sino que además era in-des-truc-ti-ble, frente a esos vinilos que sonaban a huevo frito. Vale, costaba exactamente el doble que el vinilo, aunque sus costes de producción fuesen casi la mitad, pero ya bajaría de precio cuando se estableciese como el formato único.
Pues eso: nunca ha bajado de precio, con lo que los márgenes de beneficio se multiplicaron para la industria estos últimos años, que para garantizarlos realizó una sibilina y no confesa cacería del vinilo jugando sucio contra él. En los últimos años de existencia de éste, cualquiera que fuese observador recordará que los prensajes de vinilo de los grandes sellos eran cada vez peores, como queriendo demostrar lo pésimo del formato. Además todos los artistas que trabajan en dichos sellos multinacionales sacaban discos de 70 minutos justos (antes vetados o mal vistos) Es decir, aprovechaban la capacidad máxima del CD y consecuentemente forzaban la aparición de un vinilo doble que igualaba en precio al CD. Y así todos nos pasamos al CD, para sufrimiento de nuestros castigados bolsillos.

Pero resultaba que el CD no era en absoluto tan indestructible. Empezando con su caja de plástico, que no sólo arruinó el arte del diseño de portadas y el fetichismo que esto conllevaba, sino que se rompía a la mínima. Tampoco era exactamente más portátil, porque si bien eran menos amplios en circunferencia, esas cajas eran más gruesas, por lo que tampoco ocupaban menos y además pesaban un montón, como cualquiera que se haya mudado de casa con sus vinilos y CDS puede atestiguar. Y respecto a la posibilidad de escuchar música andando, todos sabemos lo mal que responde un Disc-Man de precio asequible frente a aquellos Walk-Man todo terreno. Y finalmente el proyecto de sustito digital del cassette, el Mini-disc aún no se ha implantado del todo, porque es carísimo.

Y después lo del inmejorable sonido. Al final resulta que casi sonaba peor. O al menos cuando se transferían discos grabados analógicamente en los sesenta y setenta, o incluso antes, te parecía que "faltaba algo", que el sonido era más plano. Y al final aquello de las siglas "DDD" como perfección del sonido no debía ser verdad, porque nadie graba ya así. ADD a lo sumo. Y para mayor escándalo ahora nos reeditan todo en vinilo de 180 gramos (como eran todos hasta el año 87, compruébalo tu mismo). Pero eso sí: cuestan aún más que los CD.

Todo esta diferencia en el sonido tenía su explicación científica, casi metafísica, que nadie quería escuchar cuando el chalado de Neil Young la explicaba torpemente: el ser humano tiene una mente binaria-digital, pero una sinapsis analógica. Por ejemplo captamos física y directamente las ondas luz porque se reflejan e imprimen fugazmente en la hipersensible epidermis localizada en el ojo, aunque re-elaboremos después la imagen en la mente al codificarla en impulsos neuroeléctricos de naturaleza binaria. Así es como vemos, pero también como sentimos con las manos y como oímos

Pero claro, vino la grabación de CD a CD y recuperamos el cariño por estos trocitos de plástico, porque piratear sin pérdida de calidad de sonido y ahorrarte 2.500 Ptas. o más en cada disco era la bomba. Pero ahora viene la nueva revolución sonora digital: el DVD de sonido, chavales. Auténtico sonido cuadrafónico y tridimensional. El no va más.

Los primeros en grabar un disco con este formato, en verdad avasallador, son unos empleados socialistas de Sony Music International, los Super Furry Animals, que quieren hacer la revolución bolchevique y darle la independencia a Gales con sus discos en sonido cuadrafónico, y han comenzado con el estupendo "Rings Around The World". Pero aún hay más: si ya tiraste o regalaste tus viejos vinilos porque estaban pasados, vete quemando tus CD sin remordimientos ni angustias, porque los supervivientes de Grateful Dead, por ejemplo, ya están preparando una reedición de todo su catálogo en DVD, que ahora sí van a sonar de verdad como tenían que sonar.

Y yo me pregunto la cara que tendrán ahora todos aquellos incautos que comenzaron a coleccionar aquellos Láser-Disc de óperas de Verdi o de películas de Bruce Willis, del tamaño de ensaimadas mallorquinas, con la vana esperanza de que eran el futuro del vídeo.

Por supuesto por ahora piratear DVD´s de vídeo o audio no está al alcance de nadie por el precio de esos aparatos, pero todos comenzamos a tener lectores DVD´s para ver películas en TV´s de 22 pulgadas y para escuchar estos nuevos discos por los altavoces del tamaño de un melocotón que vienen con nuestros PC´s. Pero, tranquilos, que ya nos venderán grabadoras de DVD justo antes de sacar nuevos formatos de imagen y sonido directamente relacionados, por medio de realidad virtual, con nuestros genitales alcanzando así cotas de placer erótico-auditivo insospechadas para nuestros padres.

Y entonces empezaré a verle utilidad personal a todos esos implantes mamarios que veo en la MTV y a contemplar la posibilidad de comprar un disco interactivo de Britney Spears. Por supuesto, será la última reedición que haya entonces, con todos esas inéditas y caras B remasterizadas, y con esos vídeo-clips tan morbosos.

EN BUSCA DEL ARCA PERDIDA. LAS REEDICIONES.

Lo que también ha resultado difícil de asimilar en estos años ha sido la fiebre por las reediciones de discos antiguos, clásicos o más oscuros, con un trabajo de remasterización concienzudo y que siempre viene acompañados de una serie de inéditos o rarezas y unas líneas interiores que hacen del libreto un pequeño tratado sobre el artista en cuestión.

Cuando surgió el CD se procedió a transferir y publicar todo lo más tópico del catálogo de los diversos sellos en CD, y poco a poco fuimos cambiando nuestra colección. Pero en la primera oleada el rock era el hermano pobre. Si nos fijamos las reediciones de jazz eran mucho más cuidadas que las de rock, e incluían todos esos extras que ahora nos ofrecen siempre. La comparación resultaba odiosa: si observabas una reedición de Blue Note, con su límpido y vibrante sonido, esas informativas líneas interiores y los temas inéditos y contemplabas tu CD de Led Zeppelín con un art-work que ni siquiera respetaba el original y un sonido metálico y frío, te sentías estafado. Pero si comparabas dentro de un mismo sello el tratamiento que Capitol le daba al catálogo de Sinatra y lo que ha tardado en reeditar los discos de The Band en condiciones, te dabas cuenta de que existía la conciencia de una diferencia entre estos géneros que hoy ya no persiste.
Tal vez se creía que frente a aquellos melenudos que coleccionaban discos de los Stooges, el consumidor de jazz o clásica era una persona de cierta edad, cultura, buen gusto y nivel adquisitivo, con pocas ganas ya de ir hasta la tienda a comprar novedades y cuya lucrativa nostalgia tenías que despertar ofreciéndole algo que mejorase lo que ya tenía en casa. No le podías dar esos CD con una portada cutre y un sonido extraño e inferior. Y además convenía darle algo para leer mientras escuchaba un disco que, en realidad, ya se sabía de memoria.

Durante años la reedición en el rock era un caos, con unas majors que no sabían lo que tenían en el archivo. Por ello la recuperación de ciertos discos quedaba en manos de sellos como Edsel o Bomp, fundados por freaks que conocían el producto y sabían vender nostalgia. Mientras que las majors sólo sabían vender mal lo infalible: aún ahora los CD´s de los Beatles cuestan una fortuna y dan pena. Hoy por hoy sellos independientes especialistas en este tipo de trabajo continúan existiendo, encargándose de aquello que las majors no saben manejar. Ejemplo absolutamente brillante de esto sería Sundazed Records.
Pero en las centrales de los grandes sellos deben haber llegado a la conclusión de que la generación de los años sesenta ahora ya es adulta y tiene ese nivel de ingresos y exigencia que antes localizaron en el público jazz. Deben ver, no sin cierta razón, al rock como un género de museo, con la capacidad de tener ya una teoría generalizada de su propia historia, con hitos artísticos que todo el mundo debe conocer, y tal vez un futuro de género minoritario como el jazz. Y así todos los grandes sellos tienen en marcha concienzudos planes de reedición, encargados a susbsellos especializados pero integrados dentro de su estructura.
Así el coloso WEA compró Rhino, que comenzó siendo una tienda y después un pequeño y dinámico sello especializado y que ahora ha pasado a encargarse con brillantez de la reedición de los archivos de Atlantic, Warner y Elektra. El año pasado recuperaron de verdad para la historia el "Foreverchanges" de Love, que en su primera edición en CD sonaba horrible.

Sony confía en Legacy para que rentabilice su historia, y la verdad es que su trabajo con los Byrds resulta ejemplar. Lo que ocurre es que tiemblo al pensar que se aproxima una campaña similar con Bob Dylan que va a arruinarme definitivamente.

Y también está las "Deluxe Editions" de BMG para Island, Motowon y Polydor. El único disco del súper-grupo Blind Faith, el "Whats Goin´ On" o el Let´s Get It On" de Marvin Gaye, el "Catch A Fire" de Bob Marley, el "Live At The Apollo" de James Brown, incluso el "One More From The Road" de Lynyrd Skynyrd, para quien pueda pagar 5.000 pesetas por unos lujosos dobles CD, rellenos de inéditas hasta duplicar la longitud original de los discos.

Ya sabéis, si nos gusta el estado de la música actual, no os sintáis culpables porque aún tenéis maneras de contribuir al mantenimiento de nuestra adorada industria del disco. Industria con la que en algún momento debo haber firmado un pacto por mi alma, del que en verdad no recuerdo nada, pero que me temo que me va a costar muy caro.

ENRIQUE MARTINEZ