No hace mucho Javier colgó en estas mismas "páginas" un divertido artículo, más un bien un relato de relativa ficción, a propósito de la siempre difícil relación entre los fanzineros y los grupos que, por proximidad geográfica, les son más cercanos, sobre esas extrañas relaciones de buena vecindad. Esta lamentable rutina no es más que una plasmación, en escala pequeña, provinciana y cutre, de la siempre conflictiva relación entre los músicos y la crítica. Es decir, de la misma manera que nosotros no somos auténticos críticos, muchos de los retratados allí por Javi no llegan a ser verdaderos músicos. Sin embargo esto se convierte en una representación a escala de una lucha casi eterna entre el bien y el mal. O más bien entre el mal y el peor.

Más allá del hecho de que cada vez que una persona anónima introduce voluntariamente un C.D o equivalente en su equipo de música y pulsa "Play", está realizando un acto genuino de crítica musical, la idea de realizar crítica artística, reflexión o ensayo a propósito de lo que se he venido en llamar de una manera genérica música pop no ha contado siempre que una legitimidad sólida. Y ha resultado bastante mal considerada por sus principales víctimas, es decir los propios músicos. Porque, lejos de engañarnos, hay mucho de cierto también en aquella frase de Frank Zappa: que el periodismo musical no era más que un montón de gente que no sabe escribir, escribiendo sobre un montón de gente que no sabe tocar, para un montón de gente que no sabe leer.

De hecho siempre he estado convencido, mucho antes incluso de escribir sobre música pop, de que con certeza todos los esfuerzos que malgasto, tanto escuchando dicha música como discutiendo de ella con mis amigos, o escribiendo y colaborando en el Feedback, estarían mucho mejor aprovechados en otros menesteres. No me refiero a trabajar (¡válgame Dios!), o hacer deporte, o todo esas cosas que hacen mejores a las personas (porque yo no quiero ser una persona mejor, debe ser una sensación horrible). Más bien me refiero a adoptar esa misma actitud diligente, entregada y pasional a materias con una mayor calidad estética e intelectual. E incluso a la música y su crítica, pero a música con valores y cualidades más sólidos. Sin embargo a estas alturas me resulta imposible cambiar, toda vez que esto se ha convertido en una auténtica adicción para mí, en un vicio imposible de abandonar.

No dudo ni por un momento que la inmensa mayoría de la música pop carece de entidad suficiente en muchos aspectos, para merecer de verdad toda la atención que le prestamos. Tampoco dudo que la mayoría de los escritos que se centran en ella, en analizar sus cualidades, se contagian de esta ausencia de categoría, cuando no la elevan al infinito. Todos los que de un modo u otro, con ganancia o con pérdida, nos entregamos a estos dudosos menesteres estamos siendo terriblemente presuntuosos y excesivamente analíticos. Hay artes, ciencias y conocimientos que nos deberían interesar más, y en algunos casos casi lo hacen. Ponemos mucho, demasiado, empeño en tratar de desentrañar los secretos y arcanos de manifestaciones que, en realidad, poco ocultan más allá de lo que se ve a simple vista; y en muchas ocasiones incluso menos. Manejamos una manifestación, tal vez dudosamente artística, pero indudablemente popular, y probablemente incluso en mayor medida, vulgarmente populista. Por lo tanto más allá de meras cuestiones de pequeño matiz y gruesas obviedades que resultan insultantemente evidentes (como que Aretha Franklin es una gran cantante, cosa que percibe hasta un niño de teta), poco podemos sacar a la luz. Para acabar de fastidiarla, casi todos los que escribimos sobre música pop sabemos aún menos de teoría musical que los propios músicos pop.

Y esto también va por los mismos músicos que se indignan cuando reciben palos o creen ver malinterpretados sus trabajos. Realmente han sido muy pocos los que han trascendido de veras los estrechos límites de los diversos subgéneros. La mayoría de ellos han sido o son talentos puros e innatos, que en otros campos más amplios hubieran podido dar la verdadera medida de sus posibilidades. En otros casos, incluso en los mismos, jamás hubieran rozado esa excelencia sin la impagable colaboración de personas formadas dentro de los circuitos de la música académica, y que encuentran una manera de ganarse las lentejas en el mucho más lucrativo y comercial mundo del pop. Por ello tanta indignación no viene mucho a cuento cuando, al menos, nosotros les damos el privilegio de la duda y el derecho a intentarlo, misericordia que dudo mucho que tuvieran aquellos que están al otro lado de la barrera. Los críticos o pseudo-críticos de pop acabamos siempre justificando cosas como el cantar desafinado, el no saber tocar más de tres acordes y el repetirse más que las habas con chorizo, con eufemismos vacíos como "personalidad", "carisma", "estilo", "energía", "encanto", "originalidad", "ausencia de pretensiones", etc.

De hecho tal vez el mayor encanto del pop sea que ofrece una doble vía de expresión simultánea, es decir letra y música. Pero la mayoría de las letras de pop sabemos que son banales, mediocres, incluso pretenciosas. Y corre por ahí el bulo de que es más serio y respetable hacer música instrumental, sin saber tocar demasiado ni escribir música en absoluto. Tampoco nos pongamos a intentar discutir la conveniencia e interés de reflexionar sobre una música (todo el Dance en general) que aspira desde su origen a no trascender más allá de proporcionar un patrón rítmico sobre el que improvisar el baile sin mayor fundamento y complementar el consumo de drogas. Y no hablemos ya cuando se "innova". Llegan la atonalidad, la improvisación instrumental, la improvisación modal, etc., al rock y parece que se ha descubierto la pólvora, cuando hace décadas, más incluso, que esos conceptos han entrado en los circuitos académicos y todas esas polémicas están ya oxidadas.

En el fondo y llegado el mejor de los casos, nuestra misión debería ser la de aspirar a convertirnos en una especie de guía del consumidor que permita discernir al cliente entre tanta oferta mediocre y desmesurada, otorgarle un mínimo criterio ante la avalancha publicitaria. Y, por otro lado, recuperar para aquel que lo encuentre interesante un poco de la breve y frágil memoria histórica de este mundillo, más que nada para que, al menos, no se usurpen los escasos méritos de aquellos que hicieron lo mismo, pero al menos lo hicieron antes.

Sin embargo día a día me reconcilio aliviado con lo que hago y me vuelvo a autoengañar. Y lo hago mediante la lectura de algunos escritores que consiguen hacer parecer todos esto algo que merece la pena. Hablo de auténticos maestros para mí, y que para no incurrir en una apariencia de peloteo mencionaré tan sólo a los extranjeros: Greil Marcus (rey del sobreanálisis), Peter Guralnick, Lester Bangs (descanse en paz), Stanley Booth, Ben Edmonds, Rob Bowman, Barney Hoskyns, Nick Kent, David Fricke, Ian McDonald y un breve etcétera. Casi todos escriben, han escrito o son mencionados, en la mejor revista de pop que jamás se haya publicado, que es MOJO. Que probablemente lo sea porque ajena a los vaivenes de las modas es sobre todo un ejercicio mensual de revisionismo histórico, desde la privilegiada postura que conlleva mirar al pasado sin ira y con toda la perspectiva que esto otorga. Cada mes espero la publicación de esta maravilla con una devoción y un entusiasmo que no tuve nunca por revista alguna, y lamento profundamente no haberla descubierto desde su primer número, y así hacer que su acumulación ocupe todo el espacio del mundo en mi estantería.

Creo que resulta obvia su influencia y enseñanzas en casi todo lo que hago para el Feedback, aunque creo que su punto de vista no ha alterado el mío, pues viene a ser el que ya tenía, pero no veía reflejado en ninguna parte. La revista soñada sería una capaz de sintetizar sus logros con un mayor reflejo de la realidad actual, aunque esto tal vez no sea más que el deseo enfermizo de reconciliarme con la actual escena, cuando probablemente la proporción de atención que recibe sea la adecuada y la justa. No está el horno para bollos. Pero además existen otras cabeceras destacables, diferentes pero sugestivas siempre: The Wire, Magnet, Les Inrockuptibles, No Depression, Get Rythmn, incluso Uncut. Y algo hay por Internet, y no me refiero a nosotros mismos.

Y así una vez más la imposible relación ente músicos y críticos se pone de manifiesto: ahora que los buenos músicos escasean aún más que nunca, abundan sin embargo los críticos y la revistas de categoría. Aunque, en España, tal vez, la cosa esté algo más equilibrada.

ENRIQUE MARTÍNEZ