Todos disfrutamos de algunos placeres culpables, vicios menores en ocasiones, pero siempre malsanos, rayanos en el sadismo. Todo el mundo se ha reído alguna vez de un compañero que se ha pegado un trompazo. De cosas aún peores, sin duda que también. Después de años y años, todavía me pregunto si ser indulgente con los placeres culpables, haciendo omisión de la censura que merecen, es peor a largo plazo que reprimirlos, en estricta aplicación de las normas morales. Me parece que es una de esas dudas eternas, que incluso cuando las resuelves, o crees hacerlo, nunca terminas de acertar.

Inmerso en esta eterna indecisión, procedo a realizar un ejercicio de indulgencia para con uno de mis vicios culpables favoritos. Éste consisten en dejar que sean el paso del tiempo y las circunstancias las que me den la razón, venciendo con efectos retroactivos algunas discusiones que no pude ganar en su momento. Y por supuesto, a continuación ensañarme con el sorprendido perdedor. Da gusto, verdadero y mezquino placer intelectual. Y ahora un acontecimiento se muestra ante mí con todo su esplendor de venganza potencial. Hablo de la no tan insospechada reunión de los Pixies.

Desde los comienzos de mi afición al rock, siempre tuve un aparente handicap que superar. Muchos, sino la mayoría, de mis discos y grupos favoritos eran de épocas pretéritas, anteriores a mi propio nacimiento y ya no digamos a mi adolescencia. Nunca tuve necesidad imperiosa de sentirme marginal protagonista o actor absolutamente secundario de un gran momento, nunca pretendí vivir el “espíritu del tiempo” si aquél me resultaba penoso. No era una actitud fundamentalista, y completamente reaccionaria, o al menos así me lo parecía a mi. Cuando algo contemporáneo me tocaba verdaderamente la fibra, me acercaba a ello con igual entusiasmo que a los mitos que reverenciaba, le prestaba la atención que creía necesaria y los situaba en el mismo altar. Por otro lado, me eduqué también en el respeto a las bandas de revival, siempre y cuando aportaran algo de cierta valía, ya fuera talento o un mínimo de personalidad. El análisis de la ironía que esto supone también hoy en día, repasando las actuales modas, lo dejo para mejor ocasión.

Aquella prematura compresión de la inevitable decadencia de toda obra humana y la aún más inevitable de sus autores, me situaba ante el problema de asumir el estado corriente de aquellos que, antaño, construyeran las grandes obras que poblaban mi imaginación. En ocasiones era verdaderamente lamentable su trayectoria contemporánea. En la mayoría de los casos su actividad, incluso cuando aún digna, se convertía en mero entretenimiento, en recreación más o menos profesional de glorias pasadas que nunca volverían. Mi actitud ante esto era de respeto y de resignado, pero feliz, disfrute. Sabía que aquello no era lo que había sido, tal vez sólo un pálido reflejo. Pero mientras me proporcionase una razonable dosis de entretenimiento realizado con una mínima dignidad, a mí me valía. Era consciente que la verdadera gloria de aquel tiempo correspondía a otros, y bien que disfrutaba de esa gloria cuando lo veía oportuno.

No lo ocultemos: mi caso no era el de otros. El de aquellos que, con otra condescendencia que rayaba en la soberbia, querían (y creían) vivir inmersos en lo que verdaderamente era lo vivo, lo vital e importante, los que creían haber desentrañado el arcano cifrado, que imposible para las masas, sí les mostraba con claridad meridiana que el suyo era un tiempo digno de ser vivido con tal intensidad, que no dejaba tiempo para disfrutar de espectáculos caducos de viejas glorias. Sí, aquellos fans de los Pixies y de otras bandas, de puritana ética anti-éxito, de calvinismo inquisidor, que gracias a una Reforma que con su fuego purificaría el dogma de toda contaminación posterior, se imaginaban un mundo en el que sus artistas favoritos siempre estarían dispuestos a arder sin desvanecerse, firmes frente a la tentación de estirar la goma más allá de lo imprescindible, sordos a los cantos de sirena del vil metal.

Es pureza impecable, esa perfecta encarnación de los postulados éticos del punk, no dejaba lugar para las operaciones de nostalgia. Los profetas de estas buenas nuevas brillaban con fulgor cegador, para abandonar la escena con la gloria casi intacta, al menos tanto como humanamente posible. Lo otro, la contaminación del ideal, la impureza, quedaba para los viejos. Si bien es cierto que algunos les fallaban, siempre les quedaría gente como los Pixies. Gente sabia, que sin alcanzar nunca el éxito masivo, “supieron” y “quisieron” dejarlo a tiempo, con la reputación intacta. Y sus fans durante todo el breve trayecto mirándote con ese mohín despectivo.

Siempre me dio pena no haber podido ver a los Pixies en directo en su momento. Un par de sus discos, un par de docenas de sus canciones son de lo verdaderamente relevante de su tiempo, y en realidad de éste también (y esa es su verdadera gloria). La clase de música que en un equilibrio perfecto entre originalidad y energía, convertía el futuro en la enésima falsa promesa de felicidad pop. Pero resulta demasiado tentador trazar ese paralelismo con todas aquellas caducas estrellas en gira por la pasta. Gordos, calvos, feos, con carreras en separados inexistentes o decadentes, artísticamente desacreditados, personalmente enfrentados. La verdad es que los Pixies son especiales porque ya en su esplendor eran gordos, calvos y feos, y se odiaban cordialmente los dos polos de atracción, la sobrevalorada Kim Deal y el verdadero pero tiránico genio creativo, Black Francis, Frank Black o como cojones quisiera llamarse. Lo cierto y no se oculta a nadie con dos dedos de frente, es que vuelven por la pasta, por el vil metal, de la manera más descarada y sin ninguna excusa, sin patético disco de reunión con el que amparar la sucesión de grandes éxitos. Como unos Beach Boys del indie.

Iré a verlos cuando toquen por aquí. Sin dudarlo. Si realmente consiguen actuar con dignidad, si todavía son capaces de transmitir placer en esa música gloriosa, disfrutaré como un cabrón. Si no, creo que también. Puede que más incluso, quien sabe. Es la venganza que en cierto modo algunos llevamos años madurando. El mito indie, no sólo el de los Pixies en concreto, se cae con todos los palos del sombrajo.

Y respecto a ellos mismo, no lo sé. Tal vez, como tantas veces ocurre con ciertos artistas, ellos mismos lo intuían y así lo cantaron. Ya sabes, en uno de los momentos cumbre del rock’n’roll de los últimos veinte años. Punteo de una sola nota escalofriante, tensión tangible de un hombre desesperado, con una voz femenina que lo acompañaba a su modo y manera. ¿Te acuerdas? Hablo de aquel estribillo de “Hey!”. Aquel que decía: “Estamos encadenados, estamos encadenados”. Tal vez lo estaban. Tal vez lo estén. Tal vez debería controlar mis placeres culpables.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Marzo 2004)